Cuando la laguna ardió

Por Edgard E. Murillo

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El 16 de marzo de 1772 el volcán Masaya tuvo una violenta erupción; un torrente rojiamarillo fue regurgitado a velocidad alarmante en dirección a los poblados de Nindirí y Masaya. Los nindiriseños sacaron en procesión al Señor de la Misericordia clamando que cesara aquel infierno ocasionado, según ellos, por los pecados amontonados sin mediar confesión, mientras que los monimboseños hacían lo suyo con la Virgen de la Asunción. El cielo estaba oscuro debido a la lluvia incesante de ceniza, el suelo retumbaba y había incendios por doquier. Pocos pudieron huir hacia Granada (dicen que el alcalde de esa ciudad cerró las puertas a los damnificados). Un brazo de mar de lava bajó hasta las profundidades de la laguna cuya ebullición dio valor agregado al pánico existente. La multitud rezaba y se arrepentía de los pecados propios y ajenos. De pronto, el magma aniquilador que se dirigía hacia Nindirí se detuvo y cambió de curso. Ni este poblado ni tampoco Masaya fueron afectados directamente. Masaya estaba protegida por la laguna, pero esta fue reducida en su extensión por la avalancha de lava que fue petrificándose con lentitud, elevando considerablemente el nivel de sus verdosas aguas. A partir de entonces el Señor de la Misericordia pasó a llamarse El Señor de los Milagros y la Virgen de la Asunción fue erigida protectora favorita de los masayas (A poco fue llamada La Virgen del dedito quemado porque según la leyenda una gota incandescente cayó sobre el dedo gordo del pie derecho de la imagen y, debido a ello, el avance del fuego remontó hacia el Este), pero por alguna razón posterior, el santo culto, San Jerónimo, alcanzó tales ribetes de popularidad y festejo que se convirtió de facto en el santo patrono de los masayas; algo parecido sucedería décadas después con Santo Domingo, quien arrebataría la titularidad santoral de los managuas al apóstol Santiago (Recordemos que Managua se llamó por muchos años Real Villa Santiago de Managua).

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¡Qué bella debió ser la laguna de Masaya antes que la lava se metiera en sus entrañas!; anterior a ese ígneo suceso era más grande que la laguna de Apoyo distante a pocos kilómetros hacia el sureste. Gracias al inmenso volumen acuífero de la laguna y los desfiladeros que la circundan, la gente de Masaya no emigró definitivamente cuando el magma empezó a penetrar por la ladera Norte. Como dije, el vómito de la tierra fue asimilado por las aguas, comiéndose más de la mitad del tamaño original del ojo lacustre, quedando una rampa pedregosa que le da un aspecto siniestro y sublime a la vez.

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Situada en una depresión geográfica que produce sensación de eternidad desde cualquier lugar de donde se aprecie, la laguna de Masaya dio paz y vida a las comunidades indígenas que se asentaron en torno a ella antes de la Conquista. Pareciera que Dios la puso allí como un suvenir del Paraíso. Si uno se posa en el Malecón de Masaya con la frente hacia la negritud de la explanada que sube hasta el cráter del Santiago, puede que llegue a los oídos algún sonar de marimbas ancestrales o un repique lejano de campanas, cuando no el murmullo de los pasos que levantan polvo en el recorrido de una procesión. Y si uno gira en torno a toda la panorámica, no tarda en advertir hilachas de humo que se enganchan en las nubes bajas que desaparecen tímidas en el Poniente.

Lo indígena pervive en las orillas cortadas de la laguna, negándose al tiempo y al olvido, entre el cantar de los cenzontles y la tupida floresta; porque la laguna es lugar sacrosanto donde todo converge, desde leyendas de extraterrestres y venados que echan fuego por los ojos, hasta los escondrijos de brujos enmascarados y mujeres de paridas infinitas. De pronto uno se queda sin palabras ante el verdor que se  hunde en picado sobre las aguas mansas; aguas que hace más de dos siglos se tornaron hirvientes y agitadas, y que hoy solo son espejos mudos del fervor y el talante de unas comunidades que ya habían acogido, entre atabales de nostalgia, el cristianismo como consuelo existencial.

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Fotografías de Edgard E. Murillo, salvo la de la imagen de la Virgen de la Asunción.

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