El pelón que quitaba el miedo

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Por Edgard E. Murillo

El sábado por la noche reacomodé los papeles de los archivos que tengo en casa, boté facturas viejas, encontré fotografías que ya no recordaba dónde las había guardado, hice carpetas desde la A hasta la Z; me detuve para leer una que otra anotación breve escrita en un cuaderno de apuntes: ideas fugaces, palabras desconocidas y fechas para hacer los pagos de los servicios; puse la radio (La programación a medianoche es mejor que la del día, talvez porque los locutores diurnos tienen buena voz pero pésimos gustos musicales); abrí las ventanas de par en par, revisé si los libros estaban en el orden establecido, los de derecho en medio, arriba los de literatura y a la izquierda los demás, todo perfecto; de pronto empezó a soplar un viento fresco del sureste que me obligó a poner pesas sobre los papeles; me fijé que había una retratera sin foto sobre el único librero que tiene vidrio, entonces saqué una fotografía de un álbum; no calzaba, saqué otra, esa sí; le había dicho a Jeanette meses atrás que me veía muy serio en esa toma, ella insistió que no, que también debería de mostrar de vez en cuando mi lado serio; le dije que mi lado serio era un poco risueño y ella estuvo de acuerdo. Encontré recortes de periódicos amarillísimos: un reportaje extenso sobre Rimbaud que El Nuevo Amanecer Cultural publicó en 1991; un artículo de marxismo antiestalinista escrito por Erick Aguirre de 1992 y el calendario de juegos del Mundial de Fútbol de 1994, entre otras perlas. Cogí un folder nuevo y los guardé todos allí. Algún día me servirán, me consolé.

Me asomé por las ventanas del segundo piso y el efecto doppler  de un camión quedó ahogado en una curva lejana. Del cielo guindaban las estrellas amenazando con desprenderse. Salí al balcón; abajo, en la casa donde nadie enciende la luz del patio, un perro aullaba de hambre; más allá de los árboles de chilamate, sobre la calle, estaba un carro estacionado. Tuve la corazonada que una pareja estaba adentro. Entonces recordé al pelón que quitaba el miedo.

Tenía doce años cuando un amigo de la familia murió atropellado por un camión militar. En contra de mi voluntad me llevaron a la vela; no entendía la razón de exponer a un cadáver, me parecía algo entre macabro y morboso. Ver al finado, sin embargo, no me asustó tanto como la idea de que al día siguiente iba a ser enterrado, porque ningún muerto tiene la mala educación de levantarse de un velorio, pero sí cuando les echan tierra encima; al menos esa era la leyenda que me habían hecho creer los cuentos de aparecidos.

Domingo, las diez de la noche. Ya el muerto estaba bajo tierra y de seguro estaba buscando cómo salir del ataúd. Cuando llegó la hora de dormir traté de pensar cosas agradables para abstraerme del miedo. Imposible. Un silencio denso y frío se cernía sobre mi cuarto. La televisión había cerrado la programación y mi radio de baterías se había dañado, así que no me quedaba más que aguantar la soledad y el pánico con la mayor sinceridad posible.

Algo movió unos platos de la cocina. Mi corazón se aceleró, tragué saliva y empezaron a sudarme las manos. Cayó un vaso  de plástico al suelo. Me cobijé de pies a cabeza. Recé un padrenuestro automático y tres avemarías en ráfaga. Miré el reloj. Las once y veinte. Un nuevo ruido se arrastró en alguna parte de la cocina. Son ratones, quise tranquilizarme. Pero un ratón no baja el cerrojo de la puerta ni hace que el grifo gotee. Respiraba con dificultad. Lograba salir del pánico cuando don Guillermo, el vigilante, hacía sonar el silbato y alumbraba las ventanas de nuestra casa. El problema era que don Guillermo pasaba cada hora y los ruidos reaparecían cuando él doblaba la esquina. Talvez me habría masturbado pero faltaban meses para esos menesteres. Logré conciliar el sueño cuando el cielo se tornó azul. Esa mañana me quedé dormido en el pupitre de la escuela.

La noche del lunes fue peor. Cerca de las dos de la madrugada escuché el rechinar de una puerta, igualito que en las películas de Boris Karloff. Sentí que alguien —o algo— estaba en la sala. No quise encender la luz porque tenía miedo que los fantasmas incrementaran sus fechorías. Tampoco se me ocurría despertar a mis padres puesto que me dirían que ya estaba grandecito para creer en espíritus chocarreros. De nada me servía incitar el sueño viendo hasta último programa de la tele porque los ruidos empezaban a los pocos minutos de haber apagado las luces. Como el baño quedaba en el corredor trasero de la casa, metí al cuarto una botella de litro de Coca-Cola para orinar dentro de ella. Tenía que sobrevivir de alguna manera.

El martes y miércoles no hubo actividad paranormal, talvez porque, según dicen los entendidos, esos días los muertos los ocupan para arreglar sus propios asuntos o descansar.

El jueves los ruidos empezaron a las nueve y media de la noche. Dejé pasar los primeros sin expresar alarma, mas no tardaron en manifestarse otros que me pusieron la piel de gallina. Rodó una cacerola y sacudieron cuchillos y tenedores. Estaba aterrado. En eso, un carro aparcó frente a la casa. Era el viejo pelón. El amante de Silvia Eugenia, la vecina.

Suspiré aliviado y me asomé entre las celosías. El viejo pelón encendió un cigarrillo y esperó. Al ratito salió Silvia Eugenia, llevaba una falda tipo güipil y blusa tubo, abrió la puerta del copiloto y besó al hombre en la boca. Estuvieron un rato platicando, riéndose y fumando. Como a las diez y veinte se pasaron al asiento de atrás. Se oyó una carcajada de Silvia Eugenia y un resoplido del viejo pelón. Yo solo miraba la cabeza brillante del viejo encima de ella. El miedo a los fantasmas estaba siendo difuminado.

De jueves a sábado el viejo pelón recibía en su carro a Silvia Eugenia hasta pasada la medianoche; eso me ayudaba a conciliar el sueño porque me sentía acompañado. Cuando ellos se pasaban al asiento trasero yo buscaba el mejor ángulo para no perderme la película. Copulaban los tres días a la misma hora siguiendo los mismos ritos. No podría decirse que hacían el amor puesto que para ello es preciso quitarse toda la ropa, no obstante parecía que se tenían mucho cariño a juzgar por el zarandeo. Mi mente pronto empezó a ocuparse de otros asuntos que no fueran muertos y fantasmas. El pelón empezó a quitarme el miedo.

Además de la compañía del viejo pelón estaba la música que acarreaba el viento desde una cantina llamada El lagarto Juancho que quedaba a un kilómetro de mi casa. Coincidentemente la cantina ponía música a todo volumen los jueves, viernes y sábados, de tal forma que los encuentros de mi vecina siempre estaban amenizados de canciones de Oliva Newton-John.  Todavía en los años noventa cada vez que escuchaba A Little more love me daba un poco de miedo porque la asociaba con las noches de terror y la cabeza del viejo pelón alborotando el güipil de Silvia Eugenia.

Una noche de sábado mi vecina subió al carro vistiendo pantalón. Escuche regaños recíprocos aunque sin ofensas. Fumaron por una hora mientras llegaban intermitentes las canciones del lagarto Juancho. Como estaban juiciosos en los asientos delanteros intenté dormir. De pronto escuché un portazo. Silvia Eugenia había salido del carro y entraba a hurtadillas a su casa. Regresó en tres minutos con el güpil puesto y subió al asiento trasero donde ya lo esperaba su compañero. Al cabo de un minuto el carro empezó a mecerse de un lado a otro. Esa noche entendí el valor auténtico de las reconciliaciones.

Poco a poco fui venciendo el miedo gracias a las visitas del viejo pelón; es verdad que solamente llegaba tres días a la semana pero eran suficientes para mantenerme a la expectativa y olvidarme a ratos de los ruidos metafísicos.

El país entró en insurrección y tuvimos que emigrar hacia la parte occidental de la capital. Cuando regresamos un par de meses después los ruidos habían desaparecido. Parece que los fantasmas se sintieron solos y optaron por marcharse.

También Silvia Eugenia se fue sin avisar, dicen que partió hacia Ecuador o Perú, no me acuerdo. Lo que sí sé es que perdimos a la mujer más hermosa del vecindario.

Creí que el viejo pelón había muerto hasta que en agosto pasado me lo topé en un centro comercial. Quizás ronde ya los setenta años. Lo saludé y él gentilmente me devolvió el saludo. Le pregunté por Silvia Eugenia y me dijo que ella había hecho su vida en Sudamérica.

— ¿Cómo te acordaste de mí? — me dijo intrigado.

— ¡Ah!— contesté con una sonrisa. — Es que usted me quitaba el miedo.

— ¿Cómo es eso, hijo?

Esperó la respuesta unos instantes.

— Otro día se lo cuento — le dije haciendo un guiño.

Entonces me dio una palmadita en el hombro y se alejó fumando un cigarrillo.

Uno nunca sabe lo que puede provocar el amor en las demás personas.

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