Ni con el pétalo de una rosa

Por Edgard E. Murillo

Hubo un tiempo que estuve tentado de organizar un comando especial para darle caza y castigo físico a los hombres que golpeaban a las mujeres. Pensé utilizar las mismas técnicas empleadas por el Mossad para capturar nazis en Argentina. La idea era localizar a los desgraciados y verguearlos con bates de beisbol del extranjero hasta dejarlos más para allá que para acá; sin embargo, después me pareció que estaría utilizando otro tipo de violencia, así que dejé de insistir en el proyecto con cierta añoranza. Busqué entonces otra forma de enfrentar el problema, pero nada podía sustituir un buen batazo en las costillas. ¿Qué hacer?

La violencia física hacia las mujeres estuvo ausente en mi infancia y en toda la vida posterior. Que yo sepa ningún pariente del sexo masculino ha golpeado a su esposa, novia, hermana o vecina. Tampoco tengo registro que se le haya humillado, gritado u ofendido verbalmente a una mujer solo por el hecho de ser mujer; talvez por eso el tema de la violencia de género me parezca ajeno y en ocasiones inconcebible, y que por la misma razón me indigne sobremanera hasta el punto de regresar a la tentativa de conformar el comando punitivo.

Soy del criterio que hay mucha cobardía en el hecho de golpear a una mujer. Cobardía encima de cualquier otra razón, incluso más que una derivación de lo que llaman “relaciones desiguales de poder”. El hombre que maltrata a una mujer sabe que no obtendrá respuesta física que lo ponga en riesgo. De ahí que es un cobarde. Un perfecto mal nacido. Porque estoy seguro que si supiera que la mujer le va a devolver el golpe con una patada voladora, el miserable la pensaría dos veces.

Pero el drama no se trata solamente de devoluciones. Detrás del asunto de la violencia hacia la mujer subyace un tejido cultural nauseabundo y vergonzante. Un ciclo que urge interrumpir.

Cierta tarde salía yo del cine Margot con mi amigo Pancho. Eran casi las seis. Para 1983 el tráfico en la dupla Norte era más bien escaso. Cruzábamos la calle cuando vimos a un hombre que golpeaba a una mujer que lloraba cubriéndose el rostro ensangrentado. Ella llevaba un vestido verde, corto y ajustado, digno para carearlo en una fiesta, pero estrujado a causa de la animalada del trompón y la patada. El maldito gritaba y jalaba los cabellos de la infortunada como si tuviera licencia para ello. Recuerdo que grité: “Vos hijueputa, dejá a la mujer”, pero el agresor ni siquiera se inmutó. Un golpe de hándbol tumbó a la víctima sobre el asfalto, sus rodillas mostraron destellos púrpuras y parecía incapaz de levantarse. El hombre, si es que pudiera llamarse así, le pateó el costado derecho con la punta del zapato obligándola que besara el pavimento. Pancho y yo recogimos piedras y amenazamos al canalla, mas éste se hizo el desentendido. Cuando vi que iba a propinar otro golpe sobre aquella desconocida, lancé una piedra en strike directo a la rodilla del  cobarde y di en el blanco. No sé si dijo ay, pero el caso es que recogió la misma piedra y me la devolvió. Afortunadamente, cuando uno tiene dieciséis los reflejos salvan el día. Pancho cogió otra piedra y la lanzó sobre la cabeza del miserable. ¡Falló!. La mujer ya se había levantado y miraba aturdida el espectáculo. El tipo vociferaba bailoteando como si estuviera sobre arena movediza. En esos momentos yo quería solamente estar invadido por la puntería de Andrés Castro.

El intercambio de piedras fue estrechándose hasta el punto que al maldito lo tenía a seis metros de distancia. Todavía recuerdo su mirada de odio inyectada de pavor ante la embestida de dos adolescentes que querían quebrarle la vida con toda la buena intención del mundo. Piedra lanzada, piedra que regresaba. Fue entonces que se me ocurrió amagar para lograr confundir al adversario. Hice como si tiraba al suelo y descolgué una recta a la altura del pecho. La piedra zarandeó el viento como una espoleta de granada; el puto pendejo la quiso cachar con la mano izquierda, pero esa tarde el horóscopo no estaba de su lado. La piedra se estrelló contundente en sus cobardes dedos.

Cuando el hombre gritó de dolor yo quise rematarlo tirándome encima de él pero Pancho, que lo tenía a tiro con un tenamaste,  me hizo de seña que era más fuerte que nosotros dos juntos, así que me quedé viendo cómo se retorcía de dolor. La mujer, que se había apartado a causa de la lluvia de piedras, puso cara de susto y quiso ayudarle. Era nuestra oportunidad. Teníamos delante de nosotros a un cobarde con los dedos quebrados incapaz de recoger una canica y a una mujer a quien salvar. Pero la vida siempre nos da sorpresas. En algún momento ciego ,el mal nacido recogió una piedra que había quedado cerca de la cuneta y trató de emplearla; yo me agaché y agarré una bastante grande. El fulano lanzó el bólido y rozó la camisa de Pancho pero no pudo evitar el proyectil de dos libras que iba de camino en dirección a su rabadilla.

¡Plosh! Así sonó. El hombre cayó y yo salté de felicidad. Pero el maldito era un tipo fuerte y quiso arremeter. Yo tomé otra piedra y le dije: “Si te movés te mato hijueputa”. Sólo estábamos los dos, yo con una piedra y él con sus casi seis pies de estatura. El tipo intentó mover una ceja y yo descargué una pedrada a quemarropa. Le acarició el hombro derecho.

— ¡No! — gritó la mujer — ¡Déjen a mi hombre, chavalos desgraciados!

Vimos cómo la agredida cubría al patán como una madre protegiendo a un hijo desvalido. La escena me dejó sin argumentos. Pancho le dijo pendeja y otras cosas que ni me acuerdo. Ella se limitaba a sobar la rabadilla de su “hombre”. Alcanzaron la dupla Sur y se envolvieron en un tierno abrazo, de esos que no dejan duda de un supuesto amor.

Cada vez que evoco la escena de la pareja adentrándose en el parque Luis Alfonso Velásquez me embarga un sentimiento de perplejidad y tristeza. Es cuando el drama de la violencia hacia la mujer enseña los dientes ocultos, en descarada disposición de perpetuar el aberrante ciclo. No creo que el endurecimiento de las penas ni la tipificación de nuevos delitos sea la cura para que los cobardes dejen de golpear a las mujeres, pues el problema tiene raíces tan profundas y enmarañadas que superan los mecanismos tradicionales de control social.

Soy de la idea que el cambio tiene que venir a partir de la sustitución de valores o criterios tenidos como válidamente aceptados por pautas de comportamiento de respeto, consideración y entereza. Pero para mientras ese momento llega, no dejo de resaborear la idea de reclutar a voluntarios que quieran deschincacar a quienes osan por cobardía ponerle un dedo encima a la creación más bella de Dios. ¿Quieren llenar la ficha de alistamiento? Ya tengo cinco bates de beisbol a disposición, tres de ellos de aluminio. Ustedes mandan.

alicia

La actriz Kristen Stewart, maquillada, se unió a la campaña de un mundo sin violencia contra la mujer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4 comentarios en “Ni con el pétalo de una rosa

  1. Uno de esos tres bates es mío, apuntalo.
    Es una gran historia Edgard, todos hemos querido hacer lo que contás. Y todos nos hemos enfrentado al mismo aturdimiento cuando vemos que la cosa nos desarma. Cierto, esto tiene raíces muy profundas, tenemos que seguir haciendo lo que hacemos, condenar esa violencia y no reproducirla.
    Aprecio muchísimo que un escritor como vos cuente su perspectiva sobre el tema, además con tus conocimientos de leyes.

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  2. Muy interesante tu artículo Edgard y si, tengo que admitir los cienes de años de tradición y cultura machista en la familia nicaragüense es un miasma que venimos arrastrando y que muchas veces es enseñada por nuestras propias madres. También yo me apunto…. pero yo le daría también a esas mujeres que les pegan a sus hijas para desquitarse lo que el marido les hace, porque es allí donde empieza la violencia contra la mujer….

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    • Sí, Rosa Angélica, es una suerte perversa que a veces las madres se encarguen de acelerar ese ciclo; ojalá pronto superemos esa aberración y consigamos una sociedad libre de violencia y de miedos. Saludos y gracias por leer y opinar.

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