Esperar por siempre

Por Edgard E. Murillo

Hace unos años en la ciudad de Monterrey falleció Rebeca Méndez. La historia de esta mujer hubiese pasado un tanto desapercibida si no ha sido porque el grupo Maná contó su penar en la preciosa canción En el Muelle de San Blas.

En 1971 Rebeca estaba enamorada de Manuel, un joven que se ganaba la vida pescando en el Golfo de California con quien se había comprometido en matrimonio. Una mañana de miércoles Manuel y otros pescadores subieron a un pequeño bote y se hicieron a la mar. Ni él ni sus compañeros de oficio quisieron respetar las bravuconadas de una tormenta con nombre de mujer que azotaba las costillas de México desde hacía varios días. Jamás regresaron.

Entonces empezó el martirio de Rebeca. Todas las tardes, vestida de novia y con un ramo de flores, la sufrida mujer deambulaba por el muelle en espera de  su amado; al caer la noche regresaba a su casa enjugándose las lágrimas y al siguiente día volvía a sus pasos. Y sus ojos se le llenaron de amaneceres y del mar se enamoró. Eso lo hizo por más de cuarenta años.

Siglos atrás Homero relató que una bella mujer llamada Penélope dejó partir a su esposo Odiseo a las guerras troyanas. Como no faltaron pretendientes (más de cien), Penélope urdió un plan: dijo que aceptaría la desaparición de Odiseo y se casaría con uno de ellos toda vez que terminara de tejer un sudario. Para dar tiempo al regreso de su marido ella deshacía por la noche lo que había tejido durante el día. Veinte años tejió y destejió Penélope hasta el retorno triunfal de Odiseo.

PenelopeWaterhouse

Pero la vida, la vida normal, esa que escapa de la literatura y de los frenéticos idilios, es harto diferente. Para muestra, tres botones:

Alejandro y Carolina.

Cuando yo tenía nueve años, Alejandro, amigo de mis tíos, se fue para los Estados Unidos. Un año antes se había casado con Carolina, muchacha de carnes generosas y sonrisa fácil. A los siete meses de su partida Alejandro envió la primera carta. A los dos meses otra. ¡Qué bonitas eran las fotos que enviaba desde Washington D.C.! Recuerdo una en que posaba sentado sobre la capota de un Buick color azul celeste. El carro estaba ligeramente sombreado por una fila de árboles cuyas hojas insinuaban el otoño. “Este es mi carro”, escribió en la parte de atrás de la foto. Carolina leía orgullosa algunas líneas de las cartas, poniendo énfasis donde prometía enviarle dinero “para el pasaje”. La esposa ilusionada empezó a hacer maletas. En marzo me voy, avisó un día. Luego dijo que en Septiembre. Después para Navidad. Su sonrisa empezó a hacérsele difícil. Seis años después Carolina recibió una carta por la cual Alejandro le decía que no le enviaría el pasaje porque había “abierto los ojos”. Luego supimos que se los había abierto otra mujer, una gringa desnalgada y tetona. Alejandro olvidó el español, se hizo ciudadano americano y Carolina fue una de las primeras que se divorció cuando entró en vigencia la ley de divorcio unilateral a finales de los años ochenta.

Mónica y Raúl.

Bella era Mónica cuando tenía diecisiete, pero cansaba y aburría verla en arrumacos con Raúl, su enclenque y peludo novio. No podíamos darnos una idea aproximada de Mónica sin la presencia de Raúl; todos los días, a toda hora, o se estaban besuqueando en las gradas de la cancha de básquet (Mónica estudiaba conmigo en el mismo colegio) o estaban hincándose los costados para provocarse más cosquillas de las que seguramente ya tenían. Pero los dioses suelen hacer pagar caro los placeres desenfrenados. Un día los padres de Raúl decidieron enviar al muchacho al extranjero hasta tanto no pasara la situación de guerra que imperaba en el país. Raúl le dijo a su amada que a su regreso se casarían. En garantía de ello Mónica se dejó embarazar. Fueron varios años de espera hasta que un buen día encontró a un fulano que le alborotó el espíritu y su barriga floreció nuevamente. Como Odiseo, veinte años después regresó Raúl. Fue interesante ver sentados en una misma mesa a Mónica, a Raúl, al hijo de ambos, al marido de Mónica, a una hija pequeña de Raúl y al otro hijo de Mónica. La guapa Mónica se divorció hace unos años, se conserva delgada y alegre pero dice que no quiere ayuntarse de nuevo, que mejor espera a los nietos mientras aprende pastelería. Raúl se casó con una mujer mayor que él, es hipertenso y cultiva olivos en Toledo, España. Mónica dice que él fue el amor de su vida. Y le cero.

Melina y Juan Carlos.

Melina tenía treinta años cuando Juan Carlos cruzó la frontera mexicana para establecerse en Houston, Texas. Había dicho que trabajaría en los EEUU un par de años, justo lo necesario para conseguir dinero que ocuparía en la ampliación de la casa. Melina trabajaba en un banco de auxiliar de contabilidad y con su salario y los trescientos dólares que mensualmente le enviaba Juan Carlos bastaba y sobraba para la manutención de sus tres hijos (Estoy hablando de inicio de los años noventa). Melina llegaba por la noche a su casa, cocinaba, revisaba las tareas de los niños y se acostaba inventariando su soledad. Dos meses después que Juan Carlos le había hablado por teléfono diciéndole que se quedaría un par de años más, Melina, ni corta ni perezosa, se agenció un amante. Un siete de diciembre “el otro” llevó sus motetes a la casa de la decidida mujer y pasaron retozando toda la noche hasta que el alba les avisó que tenían que descansar. Cinco años pasaron sin que Juan Carlos se diera cuenta que su cama estaba siendo entibiada por Alfredo (tal es el nombre del “otro”) hasta que un tapita premiada llevó el chisme a su domicilio en Houston. Juan Carlos Jamás regresó. Ahora solamente envía cincuenta dólares mensuales. A veces veinte.

Está bien que nos guste la fidelidad de Penélope y nos conmueva la locura de la mujer del Muelle de San Blas. Pero ¿Se puede esperar por siempre? Creo que todo depende de lo que entendamos por la palabra “siempre”.

Pintura “Penélope y los pretendientes”, óleo sobre lienzo de William Waterhouse (1849-1917)

 

 

 

 

 

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