Para no desesperar en el cielo

Por Edgard E. Murillo

Hace un año fui a la Corte Suprema de Justicia a entregar el reporte de las escrituras que como notario había autorizado el año anterior. A las nueve de la mañana ya había más de cien personas sentadas y otras tantas de pie. Le hice un lugar a mi colega Patricia quien se incorporó a la fila después de realizar unas gestiones en Secretaría. Detrás de varias mesas pegaditas cubiertas de manteles blancos que aparentaban ser una sola mesa, seis guapas funcionarias recibían los documentos con esmero y lupa, como debe ser.

Mientras la fila avanzaba con lentitud recordé mis temores acerca del ingreso al cielo, o en su defecto el infierno, dependiendo de criterios que no vienen al caso mencionar. Le dije a Patricia que seguramente la entrada al cielo debe ser muy bulliciosa e incómoda debido a la cantidad de personas que se disponen penetrar por una única puerta. Y aun habiendo seis recepciones — como en la Corte Suprema — o diez o cien, siempre habría atraso e inconformidad. ¿Cuántas personas mueren cada día? Durante la Segunda Guerra Mundial la cantidad diaria de muertes a causa de las bombas, los balazos y el hambre, superaban los 22,000. Eso sin contar las muertes naturales. Supongo que todas las personas muertas en una guerra, por el hecho de morir prematuramente y de forma violenta, tienen visa segura al cielo. Si es así entonces hay más gente (o almas) en el cielo que en el infierno. Patricia me dijo que en caso que la fila en el cielo estuviere muy larga, ella me guardaría un lugar con mucho gusto, en el entendido que tomara ella la delantera. Yo también, le respondí con agradecimiento.

No sé cómo voy a soportar hacer una fila por mucho tiempo. Me gustaría saber si habrá un kiosco donde pueda prestar un libro, o ya por último una revista de Vanidades que tenga un relato adaptado de Corín Tellado. Si ya la Corte Suprema puso sillas para descansar un poco los pies, espero de corazón que allá arriba haya sillas acojinadas para esperar con decencia.

Pero solo la idea de esperar por mucho tiempo me desespera. Con acertada oportunidad vino a mi cabeza aquella escena de la película Beetlejuice donde el malandrín Beetlejuice intenta hacerle trampa a un chamán caraseria que tiene un número menor para ser atendido en la clínica del cielo. Beetlejuice distrae por un segundo al chamán y logra cambiarle el papelito por otro que tiene una cifra infinitamente superior; el engañado se da cuenta y sin mediar palabra echa un polvito encima del arribista Beetlejuice, a quien se le encoge la cabeza como sacrificado por los Jíbaros del Ecuador. Tendré mucho cuidado de no hacerle bromas a ningún chamán.

Si me toca esperar en una sala atestada de gente desconocida, se me figura que en ese lugar el tiempo podría estar alterado, o peor aún, que no exista tal y se conviva con personas de diferentes épocas y distinciones. Si se da el caso, aprovecharía para conversar animadamente con Epafrodito, el liberto que asistió la muerte de Nerón; o con Bob Kennedy, a quien le preguntaría, no de la crisis de los misiles en Cuba, sino que si él también anduvo con Norma Baker. Sería una experiencia interesante y de seguro ahuyentadora del aburrimiento que produce la espera. Pero todo tiene su límite, por lo que pronto me envolvería la impaciencia y el hastío que conducen a la desesperación.

Para prepararme ante las posibles aglomeraciones en el cielo, he comenzado a elaborar alternativas para no aburrirme en la cola del ingreso. Y no solo dejar de aburrirme, sino conseguir ganancias. Cuando estuve en el ejército le sacaba provecho a los días que servían pescado. En la fila preguntaba a los que iban adelante y atrás de mí si les gustaba el pescado; si contestaban que no, entonces les pedía que me dieran su ración, así comía entre cuatro y cinco pescados fritos con arroz y tostones hasta quedar más que saciado. En el caso de la fila en el cielo, yo vendería mi lugar a los que vayan llegando, de esa forma  obtendría el dinero suficiente para comprar arpas que revendería una vez dentro. Pienso que el negocio de las arpas sería bastante redituable, si tomamos en cuenta su popularidad. Ya he pensado en poner un rótulo que diga:

“CUERDAS MURILLO. SE VENDEN Y REPARAN ARPAS. NO CERRAMOS AL MEDIODÍA.”

Entonces sí que sería eternamente feliz.

claudia-en-el-cielo

 

 

 

 

 

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