Libros perdidos, cosas guardadas

libros perdidos

Por Edgard E. Murillo

¿Cuántos de nosotros aprovechamos los descuentos que ofrecen Hispamer y Literato, las librerías más grandes del país? No vamos a negar que los precios de algunos libros sean excesivamente caros, pues según la lógica de la ley del mercado, esto es un asunto íntimo y matemático entre doña oferta y su compinche, la temperamental demanda. Es decir, entre más libros se vendan, los precios de los mismos tienden a  la baja. Sin embargo, no sé realmente cómo funciona la cosa porque a veces la dinámica oferta-demanda se pone patas arriba. Para alguien que gana el salario mínimo, comprar una novela de Rosa Montero o Murakami cuesta cinco o seis días de trabajo, pero La Historia del Tiempo de Stephen Hawking vale por dos días laborados. Me pregunto: siendo este un país donde se lee poquísima literatura científica ¿Por qué cuesta más una novela que un libro de Hawking? Que alguien me explique.

Para no angustiarme tanto por los libros que no compraré quién sabe hasta cuándo por lo estratosférico de sus precios, en ocasiones me doy una  vuelta por los estantes de libros usados del mercado Roberto Huembes; de repente uno se encuentra con sorpresas agradables y, sobre todo, baratas; allí he comprado algunas joyas, por ejemplo el Diccionario Ilustrado de Rarezas, Inverosimilitudes y Curiosidades, El Anatomista de Federico Andahazi y la autobiografía de Von Papen. Son las cosas buenas del subdesarrollo: los perfumes caros y los libros usados a precios de regalo. Así es cómo he armado una biblioteca de piezas extrañas de conseguir, para presumirlas o para leer o releer algún pasaje que sirva para atizar las ansias de curiosidad o de conocimiento.

Pero no todo ha sido color de rosa, también he sufrido pérdidas que duelen. Sin contar los libros que dejé extraviados en el comando de Waslala hace ya bastantes años, he sido víctima del pillaje de gente que sabía lo que hacía. Del librero de mi primera oficina me sustrajeron el precioso y único tomo de Historia de la Filosofía de Julián Marías. Apenas si pude leer algo de la patrística  y Francisco Suárez. Nadie supo darme señas de su paradero. Poco tiempo después desapareció La Gran Guerra Patria de la Unión Soviética que leía en mis noches de insomnio durante la adolescencia. Sin embargo, el libro cuya pérdida más lamenté fue Cosmos del astrofísico norteamericano Carl Sagan. Captó mi atención porque en sus primeras páginas hablaba del griego Eratóstenes y de cómo doscientos años antes de Cristo había calculado la circunferencia de la Tierra clavando una estaca en el suelo. Cuando advertí que el libro se había hecho humo pegué rótulos en la oficina ofreciendo recompensa pero nadie habló. Es más, de vez en cuando inquiero a quemarropa pero solo obtengo expresiones de hastío y amenazas con demandarme “por las insinuaciones”. Creo que lo buscaré en los libros usados, a lo mejor ahí aparece un día.

Los libros, además de leerse pueden servir para guardar y esconder cosas. Yo no sé ahora pero antes era usual ver entre las páginas de los libros, principalmente los libros de poesía, alguna flor marchita y apachurrada que la dueña del libro había recibido de su novio o que ella había cortado de un rosal el día que el mismo novio, u otro sustituto, le había declarado su admiración eterna; de tal suerte que hay libros que guardan listones, hebras de pelo, boletos de cine, fotografías indiscretas y otras cosas que ni se me ocurren. Ha sucedido que uno puede olvidar lo que escondió. Hará unos cinco años estaba hurgando en la biblioteca en casa de mis padres cuando vi un libro oculto tras varias carpetas y papeles que nadie se atrevía a echar a la basura; una inusitada corazonada me arrebató y abaniqué sin demora sus amarillentas páginas. Allí encontré, nítidamente conservada, el recorte de una revista que guardé cuando yo tenía unos catorce o quince años. Mostrando un impecable perfil sobre la arena blanca de una playa, sosteniendo un paraguas con actitud lúdica, como una versión remasterizada del Nacimiento de Venus de Botticelli, estaba aquella ninfa que también me había acompañado en mis solitarias lecturas de la Gran Guerra Patria de la Unión Soviética. Quizás guardé la fotografía para encontrarla muchos años después como en efecto sucedió, lo cierto es que me alegré mucho recordar mis gustos estéticos de cuando era un inquieto muchacho imberbe.

Ahora que lo pienso, son pocos los amigos que me han regalado un libro. El año antepasado avisé vía facebook que aceptaría gustosamente como regalo de cumpleaños el libro La Riqueza de las Naciones de Adam Smith; dije hasta el lugar donde lo estaban vendiendo a precios módicos. Me quedé esperando. Supongo que a lo mejor ya se había agotado.

Amigos míos: si piensan regalarme el libro de Smith en mi próximo cumpleaños y no lo encuentran, no importa, acepto libros usados de cualquier temática, de mayor importancia aquellos que guarden secretos en sus páginas, como pétalos, hebras de pelo y fotos de mujeres de perfil con paraguas. Les estaré literariamente agradecido.

 

 

 

 

 

 

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