El juicio de la belleza

“Ya surja del mar o de su lecho, ya se llame Venus o Niní, jamás se inventará nada mejor que la mujer desnuda”  Renoir.

El pintor tenía toda la razón del mundo; terminé de convencerme la tarde que vi andar por primera vez a una mujer desnuda. No era lo mismo ver una fotografía de la revista Playboy que apreciar un cuerpo erguido en movimiento; la diferencia era escalofriantemente abismal. Ella  apareció del fondo de un vestidor de junco, caminaba despacio y me miraba sin asomo de vergüenza. Intenté decirle algo pero estaba seguro que no podía escucharme; como fue algo repentino, no sabía dónde dirigir mi atención. El conjunto de su cuerpo, equilibrado y perfecto, era asaz hermoso para ser verdad; sentí una opresión en el pecho que estalló en miles de partículas, como las que se desprenden de los fuegos artificiales. Ella se llamaba Sylvia, era actriz y en esa ocasión hacía llamarse Emmanuelle.

Supongo que una impresión parecida a lo que experimenté esa tarde fue lo que sintieron los jueces del areópago cuando vieron despojada de sus ropas a Friné, la hetaira más bella de la Grecia Antigua.

Las hetairas eran cortesanas de gran influencia en el mundo heleno. Contrario a la realidad de la casi totalidad de las mujeres de la época, ellas recibían educación desde niñas y acudían a los simposios y reuniones de la alta sociedad, donde hacían gala de sus talentos en las artes, la filosofía y la danza, al punto que los hombres no llevaban a sus esposas e hijas a los banquetes porque las conversaciones de éstas eran inferiores a las que podían ofrecer las cortesanas de alta cultura. Aparte de su gran belleza física, las hetairas eran mujeres independientes, condición que sólo se conseguiría en términos de género veinticuatro siglos después.

Era tal la belleza de Friné que Praxíteles la tomaba de modelo y musa para sus esculturas. Se asegura que la Afrodita de Cnido fue esculpida siguiendo las líneas de su cuerpo, hecho que a la postre reforzó el grave señalamiento que le hiciera un despechado en su contra.

Sucedió que un fulano, dolido por no haber conseguido los favores de la guapa cortesana, la acusó de impiedad (blasfemia) ante los jueces de la ley, dizque porque había revelado los secretos eleusinos y porque había comparado su belleza con la de la propia Afrodita. Para librarse de la acusación, Praxíteles sugirió a Friné que el famoso orador Hipérides asumiera su defensa; ella estuvo de acuerdo pero Hipérides tenía sus reservas: años atrás Sócrates había sido juzgado y condenado a muerte por el mismo delito. No constituía poca cosa lidiar contra un tribunal tan celoso e implacable en asuntos de creencias. Friné hizo súplicas vehementes al orador (en esos tiempos les decían oradores a los abogados) y bajó el cielo y las estrellas para que éste aceptara el cargo.

El día del juicio, tanto Hipérides como Friné, llegaron al tribunal en literas cargadas por sus esclavos; toda Atenas se congregó en espera del debate y veredicto. El abogado se anunció al hacer su entrada y dio paso a la acusada, quien acudió engalanada de sus mejores prendas.

Hipérides hizo una defensa brillante; dicen que modulaba la voz como un cantante consumado, rebatiendo todos y cada uno de los puntos de la acusación. En determinado momento creyó que sus argumentos estaban doblegando la voluntad de los magistrados, sin embargo, hacia el final del alegato observó que éstos tenían la cara dura e impertérrita, propia de la desaprobación. Vio la agitación en el pecho de Friné, vio sus ojos hermosos y acuosos, vio su cuerpo esbelto transparentado por una túnica azul cerúlea; y sintiendo perdida la causa, se le ocurrió una estratagema arriesgada, de esas que hay que ejecutar antes que sobrevenga el arrepentimiento. Se acercó a la mujer y tiró de su túnica con fuerza. Los pechos de Friné quedaron descubiertos; entonces, el abogado, sosteniendo el resto de la vestimenta, hizo girar a la acusada, como deshilando un ovillo, hasta dejarla completamente desnuda. Exclamaciones y murmullos cundieron el recinto. Friné se tapó los ojos con su antebrazo pero no ocultó sus gracias de diosa. Entonces, la voz de Hipérides retumbó:

“¿Cómo puede ser impía una mujer que tiene formas de diosa? El verdadero crimen sería despojar al mundo de semejante belleza ¡Piedad para la belleza!”

Los magistrados, como buenos griegos, amaban la perfección del cuerpo (Sócrates mismo había dicho que la belleza era la única Verdad), por lo que no demoraron en deliberar. Por unanimidad la acusada fue declarada inocente. La belleza había triunfado.

Después del juicio, Friné vivió un tiempo con Hipérides, pero volvió a los brazos de Praxíteles, el escultor, quien nunca dejó de amarla y de seguir utilizando el mármol para hacerla imperecedera.

La hermosura de Friné ha inspirado a poetas, pintores, escultores y músicos a través de los siglos. Nuestro Rubén Darío no pudo escapar de sus encantos, pues la menciona en una estrofa de su precioso Poema del otoño:

Aún Anadiódema en sus lidias

nos da su ayuda;

aún resurge en la obra de Fidias

Friné desnuda

 

La historia del juicio de Friné debe entenderse dentro de su marco histórico concreto. Quien escribe estas líneas, en su oficio de abogado, jamás podría tener la osadía de desnudar a una clienta en el estrado. Al menos eso sería improbable mientras la belleza esté alejada de todo juzgamiento.

Por: Edgard E. Murillo

Frine

Obra de Jean-Léon Gérôme, Friné ante el Areópago, 1861. Kunsthalle Hamburg.

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Versión latina de Afrodita de Cnido, conocida como Venus Colonna. Museo Pio-Clementino, El Vaticano.

 

 

 

 

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