Los invito a leer

Por Edgard E. Murillo

Hace unos días intenté recordar el primer libro que leí de cabo a rabo. Descontando los textos ilustrados de la escuela y el libro de la Segunda Guerra Mundial que me regalaron por obtener las mejores calificaciones en el primer grado (hazaña que jamás repetiría), me parece que el primer libro “de verdad” que leí fue el pesado y aburrido Robinson Crusoe. Pesado y aburrido para un niño de nueve años, debo aclarar. Si de algo me sirvió fue para ponerle Viernes a Juan Pablo, un cantinero tuerto que conocí en los noventa, al cual solamente le faltaba el loro en el hombro.

Mi padre, al ver que la lectura del libro de Defoe no me había deslumbrado en absoluto, me regaló otro. “Este te va a gustar porque lo escribió un poeta”, me dijo, sin comprender yo qué demonios significaba poeta. La obra: Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Error. Lo aborrecí porque al final el burrito muere. ¿Cómo puede morir un animalito peludo, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón? No, aquello era terrible. En los dibujos animados al Pato Lucas le estallaban balas de cañón en el pico, pero nunca moría, en cambio Platero agonizó en su cama de paja sin más ni más.

Fue en la pre-adolescencia que decidí no seguir leyendo ficción (para eso estaba la televisión), dedicándome a leer cosas serias, por ejemplo, las reglas del fútbol, las misiones del programa Apolo y las desapariciones en el triángulo de las Bermudas. Era mucho más divertido que seguir las penurias de un náufrago o las aventuras de un burrito juguetón, mas nunca sospeché que algún día tendría que vérmelas cara a cara con los libros que llegaría a leer y con los que me esperarían en los estantes de la biblioteca.

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Apartando mi experiencia personal, soy de la opinión que deberíamos preguntarnos y responder con franqueza acerca de los libros que hemos anunciado su lectura cuando nunca hemos pasado de la primera página. En más de una ocasión hemos mentido al respecto. “Ah sí, lo leí en la secundaria”. “Lo leí de un solo tirón” “Lo he leído dos veces”. Si existiera un tipo penal que castigara estas mentirillas, bien pudiera llamarse: Faltas contra la sinceridad de la lectura.

También deberíamos indagar por aquellos libros que compramos hace muchos años y que envejecen apolillándose en algún rincón de nuestras casas, en espera de algún asomo de compasión. Ni qué decir de los que interrumpimos su lectura para darle paso a otras lecturas o actividades “urgentes” (La eterna manía de sacrificar lo importante por lo urgente).

¿Y qué me dicen de los libros que compramos “para leerlos después”? Yo me pregunto: ¿Después de qué? ¿Y los que compramos para presumir de tenerlos? La acumulación de todas estas obras son las que incitan a que nos convirtamos, más pronto que tarde, en mentirosos intelectuales.

Para inclinar la balanza pensemos en los libros que sí hemos leído. En los que más nos han impactado, gustado o influenciado. Me parece que estos son los que leímos durante nuestra primera juventud. Pensemos en que no sería malo volverlos a leer (Sí, está bien: releeré Robinson Crusoe). A lo mejor nos sorprenderíamos encontrar la fuente de muchas de nuestras pasiones, prejuicios y maneras de entender el mundo.

Marilyn-Joyce

No hay que creerse el cuento que la información de nuestros días, por ser instantánea, breve, somera y cargada de imágenes es el mejor tipo de información de que podamos disponer. ¿Qué sociedad podrá sostenerse si no hay reflexión que solo proporciona la profundidad de la lectura?

Tuvo que ocurrírsele a Mark Zuckerberg la creación de un club de lectores para que la gente abandonara la pereza y se pusiera a leer. El magnate propuso el año pasado leer un libro cada semana y sugiere discutirlo en su página de Facebook (Sí, tiene una página, aunque todo Facebook sea suyo). Como primer libro a desmenuzar escogió El fin del poder, escrito por un economista venezolano. Al día siguiente del anuncio el libro se había agotado en Amazon y en las librerías de muchos países.

Algunos libros se vuelven más famosos y vendidos que cuando salieron de la imprenta por vez primera, no importa que hayan transcurrido décadas desde entonces; basta que un famoso los nombren o que se encuentren en un momento crucial para que regresen con ímpetus desconocidos por la mercadotecnia. El asesino de John Lennon hizo tiempo a su víctima en los escalones del edificio Dakota leyendo la única novela de Salinger, The Catcher in the Rye (Mal traducida — no había otra manera — como El Guardián en el Centeno). Las editoriales tuvieron que relanzar la obra para dar abasto a la demanda después de ese fatídico 8 de diciembre. Fenómeno parecido ocurrió hace varios años cuando el presidente Hugo Chávez regaló públicamente el libro Las venas abiertas de América Latina al presidente Obama. El libro, considerado por muchos, falto de datos empíricos  (incluso por Eduardo Galeano, su autor), tuvo un éxito rotundo en ventas.

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Sin duda, no hay mejor campaña que la publicidad hecha por las grandes figuras. Pero no seamos como Vicente, ese amigo que va donde va la gente. Sepamos escoger nuestras lecturas sin necesidad que nos seduzcan los acontecimientos. No vaya a ser que creamos que Salinger no merece ser leído o que Eduardo Galeano estaba totalmente equivocado.

Pero ¿Cuánto leemos? La UNESCO ha dicho que una persona medianamente culta debería de leer 25 libros al año. Pocos países superan esa cifra. Los países donde más se lee son: Japón, Islandia, Noruega y Canadá, a razón de 47 libros al año. En España se leen como promedio 7.5 libros al año; 5.4 en Chile; 4.6 en Argentina y 2.8 en México. ¿Cómo andaremos en Centroamérica?

Se dice, no sin razón, que ninguna nación subdesarrollada puede salir de su condición de pobreza sin no logra un crecimiento superior al 10 % anual del PIB. La cuestión es que tampoco un país podrá salir de pobre si sus habitantes solamente leen tres o cuatro libros al año. Porque leer es más que un placer.

Y hablando de placeres, quiero cerrar estas notas refiriéndome a un acontecimiento que causó revuelo en Nueva York hace algunos años, el cual se ha extendido a otros estados y países. Un grupo de mujeres se dispusieron leer en público a Dickens, Wilde, Poe y Shakespeare… ¡Completamente desnudas! Se trata de las Naked Girls Reading (Las Chicas que leen desnudas), que tienen como propósito dinamizar los hábitos de lectura tan escasos en estos tiempos, presumiendo la buena dicción y el dominio escénico. Quizás alguien por Managua, Estelí o León se avienta y emula esta idea para fomentar la lectura que bastante falta nos hace. Todo se vale para salir de la pobreza. Así talvez la juventud de ahora pueda escuchar Platero y yo sin que les salgan las lágrimas.

NGR

 

(En la segunda imagen: Marilyn Monroe leyendo Ulysses, de Joyce, durante el descanso en una filmación)

 

 

 

 

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