¡Por favor, señor cartero!

Por Edgard E. Murillo

Añoro el sobre cerrado, reconocer la letra del remitente, fijarme en la fecha de los sellos y en el diseño de las estampillas. Me gustaba darle vuelta al sobre, sentir su peso, buscar el lado preciso para romper cuidadosamente el borde. Extendida la página ante nuestros ojos, nos deleitábamos con el saludo, la caligrafía y la decoración de las páginas, si acaso la había. Es algo que ya no se disfruta en esta época donde las correspondencias epistolares dependen de la algoritmia, contraseña de por medio. Las cartas manuscritas, esas que estrujábamos por arrepentimiento de haberlas escrito, o para no dejar huellas, dicen adiós y ni tiempo nos ha dado para llorarlas como se merecen.
postman

Hace poco, después de muchos años de no escuchar sus voces ni medir sus rostros, me reuní con unos amigos de la secundaria. Fue muy divertido verlos con canas e interactuar otra vez con ellos, porque siempre creí que la gente cambia con los años, no solo en fisonomía, sino en la forma de conducirse, talvez por aquello de ser coherentes con los años, o bien porque quieren aparentar algo que supuestamente han dejado de ser. Pero no, mis amigos eran los mismos de siempre, separados tan solo por tres décadas que bien pudieron haber sido tres años. Esa noche, cada uno de ellos llevó “algo” alegórico o probatorio de los años del diversificado y del Everybody salsa.

Mientras la mayoría miraba entre risas fotografías amarillentas tratando de recordar nombres y anécdotas, Elvira me llamó aparte y sacó de su cartera un paquete de sobres prensados con hule. Ella me mostró orgullosa algunas cartas de amor que le escribió un enamorado del cual sabemos que existió precisamente por esas cartas plagadas de corazoncitos y declaraciones absolutas de pertenencia. Le dije que las enmarcara y las colgara en la pared su casa. Valen tanto como un título de licenciatura o un Honoris Causa. En seguida, empezamos a hablar sobre las cartas escritas y recibidas, guardadas o perdidas, anónimas o descaradas, sutiles o definitivas; de las cartas que quemamos para evitar celos fundados, de las que compartimos para presumir o hacer más largo el delirio. Las cartas son garantías de originalidad, dijo alguien una vez, pero olvidó decir que también son recordatorios de la realidad que reinventamos con el paso de los años para evitar, supuestamente, que la añoranza nos ponga en ridículo.

Por su misma naturaleza, las cartas no estaban exentas de superposiciones y plagios, como lo que me pasó una vez y que ahora paso a contarles.

En unos cortes de café en Jinotega, siendo yo adolescente, un domingo soleado recibí una carta de parte de una enamorada. Se trataba de una enamorada sin lugar a dudas porque el contenido era explícito y meloso. Hasta el nombre de ella era meloso: Dulce María. La carta estaba escrita en letra de molde bien dibujada y firmada con los dos nombres y los dos apellidos. Aparte de la insinuación de amor, que me resultaba insólita dada mi constitución enclenque, me gustó que la misiva intercalara de forma ingeniosa frases completas de la Canción desesperada de Pablo Neruda. “Oh la boca mordida, lengua estrujada, oh los besados miembros que en cascadas se mojan/ oh los hambrientos dientes, que alegrías clavan, oh los cuerpos trenzados en la dicha perpetua. / Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo/en que nos anudamos y nos desesperamos para retozar de nuevo.” Tenía una coherencia bellísima, incluso llegué a pensar que la desesperada canción había sido mejorada gracias a los fueros del amor juvenil.

Cuando comenté la carta a mis amigos uno de ellos me dijo muy serio que casi estaba seguro que René había recibido una carta idéntica de su enamorada, Carmen del Rosario. Busqué a René para que me mostrara su correspondencia, y, efectivamente, letra por letra, el remix del poema de Neruda había servido para encabezar dos cartas idénticas a dos destinatarios, uno flaco y desaliñado (yo) y otro chaparro y dicharachero (René); sin embargo fui yo quien padeció las risas burlonas de mis amigos por haber dado a conocer, con bombo y fiesta, mi singular carta poética.

Semanas después, tuve la oportunidad de increpar a Dulce María, quien airada me contestó que la plagiaria había sido Carmen del Rosario. Le creí porque Dulce María leía muchos poemas de Bécquer, por lo que no era del todo extraño que leyera también a Neruda.

Bastantes años después encontré a Carmen del Rosario en la fila de un banco; después de darle un abrazo le pregunté lo que por veinte años quise saber. Me dijo: “Ya no me acuerdo, pero yo era quien hacía las cartas de amor para las demás”. Decidí dar por cerrado el caso por falta de pruebas. Sea como fuere, me gustaría leer esa carta nuevamente y contestarla también por escrito, parafraseando el bendito poema, aunque éste sea el último dolor que ella me cause y éstas sean las últimas líneas que yo le escriba.

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Es preciso mencionar la sabrosa ansiedad que padecíamos al recibir correspondencia de manos de una persona desconocida cuya voz anunciadora (“¡Correo!”) constituía singular pieza de nuestra estabilidad emocional. Los carteros, a quienes nunca invitábamos a nuestras fiestas familiares, cargaban pesados sacos o bolsos repletos de sobres durante todo el día, en ocasiones perdiendo varias horas en ubicar una dirección mal proporcionada, ganando un sueldo miserable y sin gozar de ningún derecho laboral ¿Alguien se acuerda del nombre de alguno de ellos que no sea Juanito el cartero?

Pero estaba hablando de la alegría de recibir una carta, emoción que se acrecentaba si uno estaba en condiciones especiales, como en un país extranjero, en alguna finca cafetalera o en el servicio militar. Ariel me contó la tarea de algunos soldados que redactaban las cartas en favor de aquellos que no sabían leer y escribir o de quienes no tenían tanta habilidad para hacerlo. “Yo era el redactor oficial en mi pelotón, eso me daba mucho placer” me dijo con orgullo. A lo mejor eso sintió Carmen del Rosario, en caso ser verdad que ella haya sido la escribana de sus amigas de secundaria.

En una ocasión alguien escribió en una carta romántica: “Amor mío: Si ves unas gotitas que diluyeron la tinta en algunos párrafos, no te enojés por ello: se trata de las lágrimas que derramé cuando escribía esta carta”. Siempre me río de semejante ocurrencia.

¡Ah, también los sobres podían ocultar cosas! A las muchachas les gustaba estampar la silueta labial de carmín junto con la firma; otras enviaban pétalos de rosas y varias esparcieron sobre el papel su perfume preferido, incluso hubo atrevidas que enviaban alguna hebra de pelo como muestra de autenticidad.

La satisfacción de atesorar cartas se acrecentaba con el paso del tiempo, pues las cartas eran como el vino, mejor aún, como el whiskey. Cada relectura aportaba nuevas sensaciones en virtud que las interpretaciones ya habían sido agotadas, lo que daba paso a otros niveles de entendimiento. Existía además un placer añadido: guardar las cartas para mostrarlas a los amigos (como lo hizo mi amiga Elvira) o para que años después poder decirle al remitente “¿Sabes qué?: Tengo una carta que me mandaste donde me juraste amor eterno”.

Los tiempos nos van dando en la cabeza. En un principio los dioses se servían de Mercurio para hacer llegar las noticias a los mortales, luego en la Europa medieval se instituyeron los Servicios de Postas que fueron replicados por los paunanis o corredores ligeros en tierras americanas durante la Colonia. Ahora los dioses y seres humanos han sido sustituidos por complejidades binarias y señales satelitales. Ya las cartas no viajan en trenes, barcos, coches y ferrocarriles: solo basta pulsar una tecla para pronto estar leyendo lo que otra persona nos anuncia, reclama o profesa. No hay huellas, ni olores, ni rosas, ni cigarrillos apachurrados, ni fotografías autografiadas, ni tampoco pelos de dudosa procedencia. Solo la frialdad frente a una pantalla.

En la actualidad el sistema de correo no es utilizado por nadie salvo las instituciones financieras para dejar constancia de los cobros extrajudiciales, y más recientemente, por la policía que pretende enviar las licencias de conducir multadas.

¿Cuándo fue la última vez que le vimos la cara a un cartero que traía una carta esperada, o desesperada, como el poema de Neruda?

Tengo que admitir que no me acuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “¡Por favor, señor cartero!

  1. NO me canso de leerte primo, y aunque no siempre te comento debo confesar que esta vez me hiciste reír y recordar mucho pues yo viví creo la ultima etapa de enamorarse por medio de cartas y recuerdo que tuve un enamorado que también me enviaba postales pues estaba fuera del país y cada mes yo esperaba ansiosa al famoso cartero.. jajaajaja

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