Prebiografía

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Por Edgard E. Murillo

Un hombre lloraba bajo la luna de febrero. Lloraba como suelen hacerlo los que han perdido algo, sin sosiego ni paz. Estaba frente al mar, íngrimo y desolado. Una sirena que se escamaba la línea del bikini, al oír los lamentos, subió a las olas para condolerse del infortunado. Ella empezó a cantar y su canto diluyó la congoja de aquél. El hombre siguió la lírica, y si aún lloraba, sus lágrimas ya no eran de infelicidad. Los cantos se fundieron, constituyéndose uno solo, con el ímpetu que únicamente la nostalgia y el placer pueden proporcionar. Sin que se diesen cuenta, la melodía de los anhelos enamorados fue acogida por una concha marina. Tiempo después, una mujer que caminaba por la playa recogió la concha, se la pegó al oído y escuchó aquella canción. No pudo resistir la tentación de compartirla con su pareja, y como ésta también se conmovió, se amaron sobre la playa con reiterada pasión. Y de esa unión nací yo.

 

 

 

Los de afuera

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Por Edgard E. Murillo

A mediados de los años setenta una noticia fuera de lo común alborotó el país, y en especial el barrio donde este narrador vivía. Unos vecinos que estaban de paseo por Poneloya o Masachapa, no recuerdo el balneario, decidieron posar con el mar a sus espaldas para sacarse una foto familiar. Cuando revelaron las fotografías, arriba de sus cabezas felices, cruzando el cielo se veía una mancha difusa multicolor que todos, incluyendo un diario de circulación nacional, atribuyeron a un objeto volador no identificado. Ante el extraordinario hallazgo, mis vecinos se hicieron famosos, pues se trataba de una foto donde aparecía toda la familia sin excepción. Sigue leyendo

Una tarde de cuidado

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Por: Edgard E. Murillo

Ese viernes hizo un calor infernal, parecía que las emanaciones del centro de la Tierra habían subido por veredas endemoniadas. El plástico resentía las altas temperaturas, el hielo se derretía en cuestión de segundos, ni una hoja se movía por la ausencia de viento.

Desde el mediodía había asumido la idea de buscar un lugar donde las cervezas estuviesen bajo cero, y ¡Eureka!, recibí la llamada de mi amigo Chepe Chú adelantándose que quería contarme “lo más pronto posible” de las sospechas que tenía de su mujer, la cual según él, no andaba con otro, sino con otra, y de paso ofrecerme su casa en el mar para pasar un fin de semana. Sigue leyendo

De inicios atrapantes

don quijote

Por: Edgard E. Murillo

En las artes que tienen tiempo de duración, los inicios tienen que ser buenos tanto o mejor que los finales. De eso depende que uno se prenda o enganche de la obra. Paul McCartney no tenía sosiego porque no podía dar con el intro de una canción que acababa de componer para el Álbum Blanco hasta que John Lennon se sentó al piano y, en uno de sus arrebatos de genialidad soberbia, ejecutó las notas precisas para que Ob-La-Di-Ob-La-Da no fuese olvidada nunca. Sigue leyendo