De inicios atrapantes

don quijote

Por: Edgard E. Murillo

En las artes que tienen tiempo de duración, los inicios tienen que ser buenos tanto o mejor que los finales. De eso depende que uno se prenda o enganche de la obra. Paul McCartney no tenía sosiego porque no podía dar con el intro de una canción que acababa de componer para el Álbum Blanco hasta que John Lennon se sentó al piano y, en uno de sus arrebatos de genialidad soberbia, ejecutó las notas precisas para que Ob-La-Di-Ob-La-Da no fuese olvidada nunca.

La primera impresión vale mucho.

Desde luego que en las artes audiovisuales las cosas se vuelven muy interesantes ¿Quién no recuerda, por ejemplo, el ruido de un helicóptero que se confunde con un ventilador que gira en el techo de un cuartucho mientras suena la canción The End de los Doors en la película de Francis Ford Coppola, Apocalypse Now (1979); o la muchacha que se lanza al mar en su tabla de surf en Tiburón, pieza maestra del debutante Steven Spielberg (1975)? Son inicios que nos atornillan a los asientos hasta que se encienden las luces.

Pero es en la literatura donde los esfuerzos para mantener al lector deben ser más vehementes desde el principio, más ahora que las lecturas de largo aliento parecen costumbres decimonónicas, de tal fortuna que debe ser un dilema crucial para un escritor concebir el arranque de su obra para que el público quede encandilado. Y vaya que hay inicios que no merecen menos que  la alabanza de lo espectacular.

Hace muchos años compré El extranjero de Albert Camus. Una apacible mañana de noviembre me senté en una banca de un parque y no pude ya apartarlo de mis manos:

“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.”

¿Cómo podía resistirme a su lectura? Y cada vez que lo veo en un rincón de mi librero y leo sus primeras líneas, no hay manera de devolverlo a su lugar. La sordidez de la existencia, el cinismo y la montaña rusa de lo superficial con lo profundo hace de esta novela una obra atrapante y envolvente.

Si haríamos un test para saber si conocen el inicio de esta obra, creo que no habría complicaciones para adivinar:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”

Igual que esta:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

Pero así como nosotros nos sabemos de memoria estos principios de libros célebres, las personas de lengua inglesa se saben al dedillo esta que Herman Melville escribió en su “Moby Dick”:

“Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en el bolsillo y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí.”

O la de Charles Dickens en Historia de dos ciudades:

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos directos al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.”

Hay inicios que dicen todo sin delatar nada, lo que los hace muy novedosos y brillantes. Por ejemplo en El túnel de Ernesto Sábato:

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.”

Y están los que ocultan todo de forma magistral, como lo hace J. D. Salinger en El Guardián en el Centeno:

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada.”

Hasta ahora he mencionado algunas novelas. Mi amigo Ariel me dirá que me hizo falta mencionar el inicio de Pedro Páramo de Rulfo, o La Metamorfosis de Kafka. Es verdad. También podríamos citar La Muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, pero me quedo con la de Scott Fitzgerald en El gran Gatsby:

“En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza. “Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”

Existe una obra que no es novela cuyo inicio atrapó la atención inmediata de intelectuales y obreros de todo el mundo al punto que la influencia ejercida por ella aún perdura. Fue escrita por dos jóvenes revolucionarios alemanes en 1848. Dice:

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Contra este fantasma se han conjurado en una santa cruzada todas las potencias de la Vieja Europa, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.”

También está el arranque quizás más conocido en el mundo occidental:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. “

La verdad, cada uno tiene sus propias preferencias y sentirá la seducción para continuar la lectura en dependencia de sus fibras emocionales o estéticas; por mi parte, cierro esta breve e incompleta reseña de los inicios más atrapantes, con lo escrito por Ítalo Calvino en Si una noche de invierno un viajero:

“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino, “Si una noche de invierno un viajero”. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida, a los demás: “¡No, no quiero ver la televisión!”. Alza la voz, si no te oyen: “¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!”

Y así debe ser.

Que tengan una feliz lectura.

 

 

 

 

 

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