Una tarde de cuidado

chorro

Por: Edgard E. Murillo

Ese viernes hizo un calor infernal, parecía que las emanaciones del centro de la Tierra habían subido por veredas endemoniadas. El plástico resentía las altas temperaturas, el hielo se derretía en cuestión de segundos, ni una hoja se movía por la ausencia de viento.

Desde el mediodía había asumido la idea de buscar un lugar donde las cervezas estuviesen bajo cero, y ¡Eureka!, recibí la llamada de mi amigo Chepe Chú adelantándose que quería contarme “lo más pronto posible” de las sospechas que tenía de su mujer, la cual según él, no andaba con otro, sino con otra, y de paso ofrecerme su casa en el mar para pasar un fin de semana.

— Es un lugar delicioso para descansar y reflexionar—me dijo sin ocultar su ironía, pues sabe que me encanta caminar descalzo por la playa para alejar las ideas de la resurrección de los muertos —. Es más, te daría la copia de la llave para que vayás con alguna conocida o un enemigo de confianza— concluyó con una carcajada.

Propuso mi amigo que nos viéramos a las tres de la tarde en el cafetín de siempre, cerca de la iglesia evangélica donde había conocido a su primera esposa. Llegué puntual y como el calor arreciaba, tuve por remedio pedir una Toña. A pesar de la sofocación térmica, las cervezas golpeaban el pecho con cada trago.

Chepe Chú llamó otra vez para avisar que llegaría media hora después, así que me enfrasqué en hacer dibujos de aviones y perfiles de mujeres desnudas en las servilletas.

La mesa más próxima estaba ocupada por una joven pareja y una bebé, que tendría unos trece meses de edad, a juzgar por el tamaño y la forma de expresarse. Cuando el mesero se acercó para ofrecerme el menú, la bebé me clavó la mirada sin pestañear; sus ojos eran grandes, de un negro intenso, lo que hacía juego con los rizos que caían juguetonamente sobre su espalda. Le sonreí pero no despegó la boca del biberón. Me desafiaba como si ella fuese la dueña del lugar, o pero aun, como si me dijese ¿Y vos quién jodido sos? Luego dejó de verme y se dedicó a entretenerse con figuritas de papel, en tanto sus padres (asumo que lo eran) hablaban de cualquier pendejada, pues con el calor que había no se podía hablar de nada serio.

En determinado momento, el papá de la bebé, hombre joven, calvo y lentes de culo de botella, consiguió una sonrisa de su mujer, quien era flaca y llevaba falda de algodón. Me dio la impresión que habían estado discutiendo, pues bien pronto ella regresó a su estado de indiferencia, ajena a los gritos de la pequeña que pedía más Hi-C. El hombre, impertérrito, chateaba diestramente con su celular Samsung Galaxy. Ante el descuido de su acompañante, así como quien no quiere la cosa, eché un vistazo a los pies de la mujer y me sorprendieron sus dedos grandes, algo demacrados, aunque bien pintados. Tenía pies de sicóloga o ingeniera.

Cerca de las cuatro de la tarde, el calor empezó a recular, no sé si por el poder de las burbujas o por el ventilador puesto en el techo. Le dije al mesero que había un juego del Manchester City en la tele pero no me hizo caso.

Bajo el redoble de los tambores de la Gigantona, un Enano Cabezón entró al local a pedir monedas; la bebé tiró el biberón al piso, soltó otro alarido justo en el instante que sonó en la radio Blue Bayou y un autobús pitó frenéticamente porque quería pasar de primero por la angosta calle frente al cafetín. ¿La reacción de los padres? Ninguna. Cada uno en su mundo. De repente se dieron cuenta del lugar donde estaban y pidieron hamburguesas con queso y papas fritas.

A las cuatro en punto mi celular vibró. Mensaje de Chepe Chú: Disculpa, no podré llegar, mi mujer quiere que la lleve al cine. Saludos. ¿Al cine? ¡Mejor la hubiese llevado a un motel para salir de dudas para siempre!, me dije contrariado.

Extendí los pies debajo de la mesa y me desabotoné la camisa. Cerré los ojos. Cuando los abrí la mujer mordía la hamburguesa de una manera desordenada y obscena, llenándose la boca de salsa de tomate; la niña, al verla se asustó y empezó a chillar.

La pequeña fue aquietada por una montaña de papas fritas. Su mamá se quitó las sandalias para estirar y encoger los dedos a su antojo, en tanto el marido veía las nalgas de Beyoncé en la pantalla de plasma de 50 pulgadas, sin dejar de chatear.

Siempre quise ser testigo de algo memorable, algo que pudiera contar a mis amigos acerca de situaciones aparentemente normales y cotidianas, como esta, pero nunca pensé que esa tarde tendría la suerte anhelada. Sucede que la niña embadurnó la camisa de su padre de salsa de tomate y éste tuvo que salir raudo a lavarse antes que el incidente fuese irreversible. Por salir disparado, dejó el Samsung Galaxy sobre la mesa, y la esposa, sin mediar escrúpulos, temor o consideración, tomó el aparato y deslizó sus dedos por la pantalla. Para provecho suyo, el hombre demoró lo suficiente para que ella fisgoneara a sus anchas y pusiera el aparato en el mismo ángulo en que lo había tomado.

— Una cerveza por favor — dijo la mujer al mesero apenas su marido regresó a la mesa.

— ¿Y eso? — exclamó él esbozando una sonrisa.

— Se me antojó — contestó ella.

El mesero puso la cerveza y un vaso pero la mujer le indicó con la mano que alejara el vaso.

El marido volvió a coger el teléfono pero su concentración fue interrumpida salvajemente por un chorro de cerveza que caía sobre su cabeza empapando su camisa y los pantalones. Allí estaba la mujer, de pie detrás del hombre, vaciando la botella lentamente sobre el infortunado mientras le decía:

— Vamos a ver ahora si vas a seguir chateando con esa zorra.

El marido tenía los ojos cerrados y los hombros encogidos, el agua chapoteaba a sus pies y la bebé reía sin parar como si aquello se tratase de un juego que tendría que repetirse una y otra vez.

La mujer cogió el bolso donde guardaba los pañales y biberones de su hija, y haciendo un rápido movimiento, sacó a ésta de la silleta, caminó hacia la puerta llevándose a su paso una escoba y se montó en un Yaris del año, arrancando como arrancaba Batman en la baticueva.

El hombre sacó un pañuelo y se limpió la cara y los lentes de culo de botella con parsimonia; quise hablarle y decirle que también secara su celular Samsung Galaxy, pero no lo consideré prudente ni oportuno. Era viernes, hacía calor y el Manchester City ganaba 1-0.

 

 

 

 

 

 

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