Los de afuera

jetsons

Por Edgard E. Murillo

A mediados de los años setenta una noticia fuera de lo común alborotó el país, y en especial el barrio donde este narrador vivía. Unos vecinos que estaban de paseo por Poneloya o Masachapa, no recuerdo el balneario, decidieron posar con el mar a sus espaldas para sacarse una foto familiar. Cuando revelaron las fotografías, arriba de sus cabezas felices, cruzando el cielo se veía una mancha difusa multicolor que todos, incluyendo un diario de circulación nacional, atribuyeron a un objeto volador no identificado. Ante el extraordinario hallazgo, mis vecinos se hicieron famosos, pues se trataba de una foto donde aparecía toda la familia sin excepción.

Pero como toda fama tiene su contrapartida, desde que se publicó la fotografía en el periódico, todos los que aparecían en ella le fueron sustituidos sus apellidos, de tal forma que Hermógenes ya no tenía el suyo propio, sino que en contra de su voluntad, pasó a llamarse y conocerse en el barrio como Hermógenes Ovni. Lo mismo le sucedió a Lupita, a doña Eulalia y los demás. Ni el perro se salvó: le decían, ya no Bobby, sino Bobby Ovni, o simplemente el perro ovni.

Los días pasaban y los ovnis ya no tuvieron paz ni sosiego. Una y otra vez mostraban la foto a los curiosos, quienes les preguntaban si sentían mareos o retortijones espontáneos. Otros, con afán de lucro, llevaban el recorte del periódico y solicitaban un autógrafo para venderlo en la esquina del parque.

Una vez fui a visitarlos y como me conocían perfectamente, no me dejaron entrar a la casa aduciendo que yo era uno de los propaladores de que media Managua les dijesen los ovnis. De nada valieron las explicaciones de un niño de diez años; doña Eulalia amenazó que le diría a mi mamá si continuaba llamándoles de esa manera, pero mi papá atenuaba el problema carcajeándose de lo lindo, como cuando le conté que la gente andaba con miedo que un día el perro ovni los mordiera porque podrían contraer alguna enfermedad más adictiva que el alcoholismo o la drogadicción.

Al cabo de tres o cuatro semanas, ya cuando estábamos casi convencidos de los poderes sobrenaturales de la familia ovni, se escuchó el pregón del chavalo del periódico: ¡Ultima hora, última hora: la fotografía del ovni es falsa! ¡Falsa! ¡Falsa!”

— ¡Qué! ¿Cómo?— se preguntaba la gente.

Aquello fue un escándalo mayúsculo. Mis recuerdos infantiles parecen percibir que un especialista en fotografía, italiano creo, había afirmado sin género de duda que la mancha multicolor que aparecía sobre la familia ovni, no era un ovni, sino una vulgar mancha producto de un pésimo revelado.

Los ovnis no dieron crédito inmediato al desmentido, siguieron afirmando que la mancha no era una mancha, que era, ¡por favor!, un ovni vivito y volando. El jefe de familia, bastante molesto, llegó a manifestar que el italiano era un agente de Moscú y que todo era una trama del comunismo internacional para que la población se enfocara en la lucha contra Somoza, pero nadie le creyó.

Si antes que fuese desmentida la noticia, la familia que nos ocupa detestaba que le llamasen los ovnis, cuando todo se descubrió entraron en una especie de odio contra todo el mundo. Cerraron las puertas y las ventanas. Se aislaron.

Un día de semana, a las once de la mañana, los ovnis abandonaron el barrio con más pena que gloria.

El incidente de los ovnis avivó mi interés por el tema. Más que avistar algún platillo volador, yo quería por todos los medios conocer a seres procedentes de otras galaxias para responder a serias inquietudes filosóficas: ¿Serán iguales a nosotros? ¿Cómo se comunicarán? ¿Por dónde orinarán?

Cuando vi la película Encuentros cercanos del tercer tipo me identifiqué plenamente con Richard Dreyfuss, quien interpreta al personaje que decide irse con los extraterrestres. ¡Eso sí que es valentía!— me decía–. ¡Lo demás es para principiantes!

Durante la Guerra Fría, que en Nicaragua se sintió caliente, los gringos decían que los soviéticos tenían aeropuertos intergalácticos en Siberia y los rusos que aquellos estudiaban a los alienígenas en el Área 51. Entendí que las superpotencias  se acusaban mutuamente para burlarse de nosotros.

Años después tuve una amiga que me contaba que había sido abducida. Me lo repetía cada vez que salíamos a correr en la clase de educación física.

— Vi una intensa luz detrás de unos árboles de Chilamate que quedaban al fondo de la finca de mi papá. Sufrí un leve desvanecimiento; cuando recuperé la conciencia tenía roces en mi cuerpo.

— ¿Roces?

— Sí, roces. Es lo que te puedo decir.

Una tarde fui hacer una tarea a su casa y se puso un short verde diminuto y ajustado. Como ella leía la lección sentada en el piso frente a mí, tuve el tiempo suficiente para fijarme bien que todos sus detalles terrícolas estaban puestos en el lugar donde debían estar, por lo que empecé a sospechar que lo que quiso decirme es que había seducida, no abducida.

lunasex

 

Con la caída del Muro de Berlín por arte de magia se terminaron los cuentos acerca de extraterrestres. Todo volvió a ser aburrido y predecible: guerras por aquí y por allá, los malos y los buenos, el cielo y el infierno, los muertos de siempre…

Pero mi imaginación retomó su verdor el día que supe que un escritor argentino había dicho que los extraterrestres éramos nosotros mismos, los habitantes del planeta Tierra; es decir, somos nosotros, pero en el futuro. Su teoría es la siguiente: Dentro de unos siglos en el futuro, la humanidad habrá descubierto viajar en el tiempo; entonces, esos platillos voladores que vemos surcando los cielos de la Patagonia, son nuestros descendientes del futuro que andan dando su vueltecita por el pasado, de lo que resulta que por esa razón son quisquillosos. Ellos tienen prohibido incidir en los acontecimientos de su pasado (nuestro presente) porque podrían modificarlo, provocando quizás la paradoja de que ellos mismos no llegarían nunca a existir. Eso me recuerda la película The final countdown, donde el portaviones Nimitz regresa al pasado y evita entrar en combate con la flota japonesa que se dirigía atacar Pearl Harbor en 1941, o lo catastrófico que podría ser alterar el pasado, tal como lo cuenta con lujo de detalle Stephen King en “23/11/63”.

El anhelo que exista vida extraterrestre es compartido por millones en nuestra querida y maltratada esfera azul. Hasta los científicos más connotados han sucumbido a la tentación de creer en seres de otras civilizaciones intergalácticas. El astrofísico Carl Sagan insistió que el Pioneer 10 llevara consigo una placa con un mensaje dirigido a posibles civilizaciones extraterrestres. En la placa aparece la ubicación de nuestro planeta en el Sistema Solar y la trayectoria inicial de la sonda espacial, destacándose el dibujo de dos seres humanos, hombre y mujer, habitantes pensantes del planeta.

Pioneer10-plaque

La sonda Pioneer dejó de emitir señales hace diez años y errante avanza hacia los confines del universo. Ojalá una nave espacial de otra galaxia la encuentre y sepa de nosotros, pero me resisto a creerlo porque comparto la idea de que los extraterrestres somos nosotros mismos.

Mientras llega el día en que descubramos si hay otros seres inteligentes fuera de nuestro mundo conocido, seguiremos creyendo en avistamientos, roces siderales y familias que comparten fotografías de naves espaciales envueltas en luces multicolores, en orden de burlar con genuina fantasía las tribulaciones que nos persiguen desde que nacemos hasta que nos vamos. Algún día lo sabremos.

 

 

 

 

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