Prebiografía

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Por Edgard E. Murillo

Un hombre lloraba bajo la luna de febrero. Lloraba como suelen hacerlo los que han perdido algo, sin sosiego ni paz. Estaba frente al mar, íngrimo y desolado. Una sirena que se escamaba la línea del bikini, al oír los lamentos, subió a las olas para condolerse del infortunado. Ella empezó a cantar y su canto diluyó la congoja de aquél. El hombre siguió la lírica, y si aún lloraba, sus lágrimas ya no eran de infelicidad. Los cantos se fundieron, constituyéndose uno solo, con el ímpetu que únicamente la nostalgia y el placer pueden proporcionar. Sin que se diesen cuenta, la melodía de los anhelos enamorados fue acogida por una concha marina. Tiempo después, una mujer que caminaba por la playa recogió la concha, se la pegó al oído y escuchó aquella canción. No pudo resistir la tentación de compartirla con su pareja, y como ésta también se conmovió, se amaron sobre la playa con reiterada pasión. Y de esa unión nací yo.

 

 

 

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