El pueblo que sigo conociendo

dios-dados (1)

Por Edgard E. Murillo

Cierto día, en los lejanos años setenta, cuando las tardes tenían color naranja y las lluvias eran lluvias y nunca ejes de vaguada, iba rumbo a Juigalpa en una camioneta destartalada. Los hijos de unos vecinos eran niños exploradores y me habían invitado a un convivio scout en esa ciudad. Cerca de la entrada a Comalapa la camioneta corcoveó y se detuvo. Todos bajamos para estirar las piernas y buscar sombra, pero yo me quedé viendo el motor expuesto con el capó levantado, lo que para mí parecía la boca de un dinosaurio bostezando.

Como los mecánicos trabajaban a la orilla de la carretera, me fui al otro lado, casi al centro del asfaltado. El motor goteaba aceite y los hombres no daban esperanzas inmediatas, así que me agarró el aburrimiento; inhalé aire y di un paso atrás. Cuando me disponía a dar el siguiente alguien me tiró del brazo hacia adelante en el preciso instante que un vehículo rozaba mis talones. El bólido iba a más de cien kilómetros por hora y ni siquiera aminoró la velocidad. Me puse helado y supongo que verde. Si no me hubieran halado del brazo yo no hubiese cumplido los doce años.

Durante la adolescencia tuve un disco de etiqueta azul que decía solamente “The Beatles”. Se trataba de un disco sin carátula, cuya única información, además del nombre de las canciones, era que había sido hecho en Cuba. Eso me extrañó. ¿En Cuba oyen a los Beatles? Varias de las canciones nunca las había escuchado, por lo que empecé a sospechar que se trataba de un LP recopilatorio de los cuatro músicos en solitario.

Una tarde de sábado me encontraba solo en casa. Mis padres habían salido y no regresarían sino hasta pasada la medianoche. Llamé a un par de amigos y pusimos música en el equipo de sonido. Yo tenía solo tres discos: uno de Joe Cocker, otro de Poder del Alma y el mimado, el vinilo raro de los Beatles. Sin embargo esa noche no pusimos discos, la pasamos escuchando radio Tiempo y La Voz de Nicaragua. Uno de mis amigos, Pancho, dijo que andaba ochenta córdobas y se fue hacer un mandado. Se apareció a los veinte minutos con una botella de ron Extra Seco y dos Coca-Colas. Saqué unas copitas, hielo y vasos de vidrio. Nos sentíamos adultos. Creo que hasta fumamos cigarrillos Casino.

A las diez de la noche mis amigos se fueron zigzagueando por la calle. Limpié todo vestigio de fiesta y pasé por el piso el lampazo empapado de Pine Sol. Mi perra, Linda, empezó a ladrar con inquietud. “Esta perra no ha comido”. Fui a la fritanga más cercana a buscar tajadas de plátano verde con queso frito y comimos, la Linda y yo, en el piso. Luego puse el disco de los Beatles en el tornamesa y me tumbé a la orilla del parlante. Sonaba Savoy Truffle cuando me dieron ganas de vomitar. El queso frito y la Coca-Cola parece que no se entendieron. Abrí la puerta y arrojé lo que llevaba adentro sobre una macetera de trinitarias. Luego vomité una vez más. Y otra.  Como me dolía el estómago, me quedé dormido en el porche.

Pasarían unos treinta minutos cuando llegó un muchacho preguntando por mi nombre. Yo soy, le dije desde el suelo. Me levanté y me quedó viendo asustado. Talvez tendría un año más que yo, o dos años menos, quién sabe. ¿Hay otro Edgard Murillo?, preguntó. Sí, mi papá. ¿Y cuántos años tiene él? Treinta y seis. No, entonces sos vos.

El muchacho me dijo que andaba haciendo un plan de aviso porque el batallón de reserva al que pertenecía partía a la montaña esa misma noche. Te voy a esperar, alistá tus cosas. Le dije que estaba solo pero insistió que tenía que irme con él. Bueno, dame unos minutos, balbuceé. En ese momento me vino otro ataque de vómito. La Linda y el visitante me miraban perplejos, sin saber qué hacer. Mirá hermano, dijo el muchacho. Voy a decir que no estabas en tu casa, que no había nadie, ¿Okey? Gracias, le dije, y me dejó tendido en el suelo, a merced de mi primera borrachera.

Dos meses después el batallón tuvo un terrible combate y varios compañeros de mi pelotón murieron. Si aquél comprensivo muchacho hubiese insistido en que lo acompañara, quizás yo no habría cumplido los diecisiete.

Cuando me fui al servicio militar mi alma estaba henchida de fervor patriótico, pero sobre todo del más ingenuo idealismo. Si bien tenía conciencia del peligro que corría, la idea de la muerte para mí era difusa, impertinente y hasta cercana a la imposibilidad. Todo era cuestión de cuidarse un poco.

Estaba en las instalaciones de retaguardia de la Sexta Región Militar en espera del transporte que me llevaría a Waslala, previa escala en La Dalia, y de allí a una base montaña adentro. Mientras cargaban el camión de provisiones hice breve amistad con unos soldados que también se dirigían a Waslala. Todos eran campesinos, miembros permanentes del ejército. Uno de ellos, el más hablantín, llevaba un escapulario negro que sobresalía de su uniforme y otro, el más viejo, ostentaba los grados de teniente primero sobre los hombros. El camión estuvo listo a las dos de la tarde; subimos a toda prisa con las mochilas repletas de tiros nuevecitos y objetos personales.

Poco antes de las cuatro ya estábamos en la brigada de La Dalia. Me presenté ante el teniente Amador, mi jefe inmediato, quien me informó que habían reportado actividad enemiga en la zona pero que ya había sido despejado el peligro. Al despedirse me dio un apretón de manos y un seco cuídese. Salí de las oficinas del teniente y encendí mi radio de transistores. Lo apagué en seguida porque andaba bajo de baterías. No quedaba más remedio que husmear por ahí o leer el periódico del día anterior.

¡Los que van a Waslala, arriba, arriba!, se oyó el grito del Oficial de Guardia. El camión encendió motores y yo me subí de segundo. Un muchacho, el del escapulario, se persignó y los demás empezaron a darse bromas imitando la voz de Chiquetete. No se da ni cuenta, que cuando la miro, por no delatarme me guardo un suspiro… Reí y verifiqué si los cordones de las botas están bien ajustados. Pregunté cuántos kilómetros faltaban para llegar a Waslala y me dijeron que bastantes. El camión IFA arrancó lentamente. En eso un soldado que corría hacia el camión grita que me baje, que el teniente quiere entregarme unas cosas. Los muchachos riéndose me cantan: Esta cobardía de mi amor por ella, hace que la vea igual que una estrella… Brinqué al suelo y dije adiós con la mano a mis compañeros de viaje. El teniente Amador me tranquiliza. Te vas mañana temprano ¿Querés conocer el pueblo? Sí, claro, dije confundido. Waslala no se va a ir. Y me ofreció un cigarrillo.

Una hora después advierto movimientos apresurados, gritos y ruidos metálicos. Los soldados corrían de un lado a otro. Logro escuchar una palabra, macabra a partir de entonces: emboscada. El jefe de operaciones de la brigada sube a un jeep waz y ordena a dos vehículos que lo sigan. ¿Puedo ir?, pregunto al teniente Amador. ¡No!, me grita. A los minutos llega una camioneta con varios muertos apilados en la tina. Muchos de ellos están parcialmente quemados porque el enemigo, después de herirlos mortalmente en la emboscada, intentó prenderle fuego al camión. Los cadáveres tenían los dedos de las manos derretidos, como cuando se quema un lapicero, sobresaliéndoles los huesos. Olían a gasolina, a pólvora, a sangre, a muerte. Eran los siete que iban en el camión rumbo a Waslala.

Esa noche no pude dormir. Fue mi bienvenida a la realidad de la guerra, una guerra donde hasta los buenos morían. Si no ha sido por el teniente Amador yo hubiese muerto con dieciocho años cumplidos.

Nunca supe el nombre de la persona que me salvó de la muerte en la carretera hacia Juigalpa cuando yo era un niño. Me gustaría encontrármela hoy y decirle con un abrazo todo mi agradecimiento. Igual desconozco la identidad del muchacho que dejó amablemente que superara los embates de la cruda la noche previa a la movilización del batallón, cuando aún no me había dado cuenta que el disco cubano se trataba del Álbum Blanco. ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Me lo habré encontrado alguna vez en esta danza del azar que llamamos vida?

Del teniente Amador, el que dio la orden para que bajara del fatídico camión, supe que después de la guerra se suicidó a causa de una decepción amorosa. El día que le dije que le agradecía por haberme salvado la vida, solo atinó decir: Es que no podías irte sin conocer el pueblo.

 

 

 

 

 

 

 

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