La risa y el encogimiento de la cola

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Por Edgard E. Murillo

Ayer por la tarde mientras estaba rellenando un agujero ocasionado por las lluvias resbalé y caí sentado de sopetón. Pensé: “Si he tenido cola me la jodo”. Entonces imaginé cómo seríamos con cola, cómo la llevaríamos en nuestro andar, en fin, cómo sería la cola de Perla o de Elizabeth ¿La andaríamos enrollada o la mostraríamos a través de una bragueta trasera de nuestros pantalones o faldas? La aventura imaginativa me llevó a los adornos de la cola en épocas de verano o de navidad. Dudé si nuestras colas serían completamente lampiñas o con un pequeño mechón de pelo en la punta, como la de los leones. Recordé que en la escuela nos dijeron que nuestros ancestros perdieron la cola al bajar de los árboles ya que no la utilizarían más para columpiarse de rama en rama. Esa explicación jamás me convenció.

Los tibetanos dicen que el mono Chenrosi, encarnación de la piedad, se encontró con un demonio hembra que se le ofreció. De aquella unión nacieron seis hijos, que fueron alimentados con grano sagrado, con los que les desapareció el pelo y se les acortó la cola. (Herbert Tichy, Hacia el trono de los dioses, Editorial Labor, 1937). Otras culturas tienen explicaciones más extravagantes, mas no me detendré en ellas porque también es lícito exponer las mías.

Aceptando a Darwin, la cola quizás fue una tendencia útil en alguna etapa de nuestro proceso evolutivo. Fue lo primero que perdimos al desprendernos de los primates. De hecho somos la especie del reino animal que más ha perdido. Perdimos el vello que nos cubría, los dientes afilados, el cráneo grande, los pies prensiles y, por supuesto, la cola. (El Dodo, ave extinta y de la que solo recuerdo la serie de dibujos animados, perdió su capacidad de volar y eso sí que ha de haber sido muy triste). Pero así es la evolución, se trata de ganar y de perder.

Hay muchas objeciones a las razones de la pérdida de la cola del ser humano. Creo que la existencia de ese apéndice trasero nos haría más un bien que un mal. Nos serviría para equilibrarnos, para darnos a entender mejor, para señalar, incluso para expresar sentimientos (como los perritos que agitan su cola de un lado a otro). Pero quedamos descolados. Definitivamente la evolución es tan caprichosa que ni los mismos científicos evolucionistas han podido ponerse de acuerdo para explicar asuntos aparentemente tan sencillos como este.

Pensando en la cola perdida llegué a la risa como elemento sustituto y justificativo. Risa y cola deben tener alguna relación. O más bien, una relación inversamente proporcional. Si la risa tiene unos 30 o 60 millones de años, por ahí debe de andar la fecha en que empezamos a descolarnos. Si bien algunos animales reaccionan ante las cosquillas, no todos ellos pueden reírse espontáneamente, mucho menos carcajearse como lo hace mi amiga María José, porque la risa es un producto evolutivo de humana exclusividad. Ha de haber sido difícil empezar a reírnos porque los mamíferos ven en los dientes pelados una verdadera amenaza, así que me parece que la risa debió empezar “de a poquito”, hasta que, con el paso de los siglos, se asentó como una expresión connatural de nuestros hermosos antepasados mientras se erguían y perdían la cola. Entre más nos reíamos más rápido perdíamos el anexo.

Sin embargo todas estas disquisiciones acerca de la pérdida de la cola y su relación evolutiva con la risa (teoría que patentaré en las próximas semanas) no dejan de tener contrariedades. Conozco gente que no ríe y que seguramente no tiene cola ¿Estarán involucionando genéticamente? Eso me llevó de la mano a entender la naturaleza e importancia de la risa.

La risa para los seres humanos es indispensable, pero no siempre fue bienvenida. Por muchos siglos estuvo reprimida. En la Edad Media era considerada como algo no sólo pecaminoso sino hasta maléfico. En la novela de Umberto Eco El nombre de la Rosa aparece un monje que por todos los medios, incluyendo el asesinato, trata de esconder la afinidad que Aristóteles– el filósofo preferido de los Padres de la Iglesia– tenía por la Comedia, todo con el propósito de cuestionar la risa a la que considera muecas que afean el rostro. Un ejemplo reminiscente del oscurantismo medieval son los cuentos de hadas, en ellos la bruja se ríe a carcajadas, mientras que las princesas apenas sonríen. Menos mal que la risa y la carcajada ahora son expresiones indispensables para la convivencia. El mismo Umberto Eco en alguna parte escribió que “necesitamos la risa porque antes y después de ella, tal vez haya que llorar”.

Hace 4000 años en la China había templos donde la gente acudía a reírse para lograr equilibrio emocional. En el Japón existe un mito popular que asocia la risa y la bufonería sexual con la creación del mundo, y una tribu australiana agradece a la risa por la abundancia de lluvias: “Un día, todas las aguas fueron tragadas por una rana monstruosa, Dak. En vano los animales sedientos intentaron hacerle reír. Sólo cuando la serpiente se puso a enrollarse y contonearse, Dak se echó a reír y las aguas, surgieron de nuevo.”

Los fisiólogos dicen que la risa consiste en “contracciones espasmódicas de los músculos zigomáticos y relajamiento súbito del diafragma, acompañadas por contracciones de la laringe y epiglostis”. Para Kant, mi amigo abstemio de juventud, es “una emoción nacida de la súbita transformación de la espera por algo indefinido en un final sorprendente y contradictorio”. Para un niño es la existencia misma.

Yo no puedo comprender a la gente enemiga de la risa o que no tenga sentido del humor. Dicen que lo contento se pierde con la edad pero eso no es verdad: yo mismo soy más risueño que hace diez años. Es más, me atrevo a decir que existen proyecciones fehacientes de que yo muera de risa.

Los invito a reír con más frecuencia e intensidad. Eso nos hace más humanos. Porque reírnos, amigos míos, nos dejó sin cola, y de esa forma quedó despejada la estética de las nalgas.

 

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