Por amor al arte

Por Edgard E. Murillo

Como una forma de salir del hastío que me produce la política en su versión más chabacana, que gracias a la opinión mediática ocupa un lugar inmerecidamente preponderante en la vida social del país, como si no hubiese otra cosa sobre qué prestar atención o hacia dónde dirigir los esfuerzos intelectuales, de vez en cuando evoco la historia del sitio del Partenón durante la guerra de la independencia de Grecia del Imperio Otomano. Había leído la anécdota en una entrevista que le hicieron a Melina Mercouri hace veintitantos años y me pareció digna de recordarla y contarla cuando tuviese la oportunidad de hacerlo.  

Acontecía que los patriotas griegos habían arrinconado a los invasores turcos en la Acrópolis de Atenas, incomunicándolos sin que pudiesen recibir auxilio. A pesar del cerco y la desventaja numérica, los invasores batallaban sin mostrar señales de rendición. Disparo que hacían los independentistas, disparo que respondían los turcos parapetados tras las ruinas más famosas del mundo occidental.

Cuando los otomanos se dieron cuenta que contaban con pocas municiones, enviaron un mensaje a los atenienses: “Si no nos envían municiones, empezaremos a extraer el plomo de las columnas del Partenón para fundirlas y hacer balas con ellas”. Los sitiadores entraron en pánico y enviaron al enemigo una remesa de balas. Era preferible recibir fuego, incluso morir, que permitir que el templo de Atenea Partenos fuese destruido.

Años después me topé con otra historia también digna de reproducirse.

El inmigrante austriaco Frederick Loewe pasaba lo que decimos el Niágara en un taburete en los Estados Unidos del período de entreguerras. Había visitado bares y hoteles pero nadie estaba interesado en un músico indocumentado germanohablante.

Un frío lunes de otoño Loewe esperaba alicaído que los cargadores de una compañía de mudanzas se llevaran el piano que había empeñado para sufragar sus gastos, pues a pesar de su talento, no había podido conseguir un empleo de pianista. Como los empleados no llegaban, el infortunado se sentó frente al piano y empezó a tocar.

Esa mañana, con la angustia que le oprimía el corazón, el maestro tocó como nunca y no levantó la cabeza sino hasta que hubo terminado. Cuando lo hizo, vio a tres cargadores de la compañía de mudanzas sentados en el suelo. Susurraron entre ellos, se metieron la mano a los bolsillos y entre los tres reunieron suficiente dinero para pagar la cuenta atrasada y evitar de esa manera que el piano empeñado fuese llevado a un insensible acreedor, que de seguro lo vendería bajo parámetros estúpidamente mercantiles.

Pero mi historia preferida, la que me gusta contar cada vez que alguien afloja su ritmo y se vuelve autocomplaciente, es la que me permito relatar a continuación.

En el año de 1508 el Papa Julio II encargó a Miguel Ángel pintar el techo de la Capilla Sixtina. Por alguna razón el Pontifex Maximus estaba urgido por terminar la obra, de hecho en más de una ocasión había amenazado al artista con tirarlo de los andamios si no concluía la bóveda a la mayor brevedad. Miguel Ángel contestaba que la terminaría “cuando fuera satisfactoria para él y para el arte”.

El toscano trabajó la bóveda en condiciones muy difíciles, pasaba muchas horas de pie sobre un andamio móvil construido por él mismo, con el rostro lleno de pintura y amasando yeso para utilizarlo, húmedo y sin grumos, como base para las acuarelas.

El artista llevaba casi cinco años de trabajo extenuante, cuando una mañana Giuliano della Rovere (así se llamaba Julio II) recorrió la capilla para apresurar una vez más a Miguel Ángel.  Encontró a éste tendido de espaldas pintando con medio cuerpo adentro de un recoveco. El Papa gritó desde abajo:

— ¡Pero qué hace usted! ¡Desde aquí abajo es imposible que alguna persona vea lo que usted está pintando! ¡Nadie puede verlo!

Entonces Miguel Ángel se deslizó sobre su espalda y agitando el pincel respondió a todo pulmón:

— ¡Pero Dios sí!

Ante estas historias ¿Cómo no conmoverse y apreciar el arte en todas sus manifestaciones, sabiendo y sintiendo que constituye un ingrediente necesario para propiciar la felicidad?

Por algo Hipócrates decía: Ars longa, vita brevis. El arte y la ciencia son duraderos, pero la vida no.

Gocemos entonces de lo bello mientras podamos.

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