Rebobinando la revolución

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Por Edgard E. Murillo

Un escritor mexicano dijo (no digo su nombre porque no me consta que lo haya dicho) que en América Latina no ha habido revoluciones; sólo revueltas. Mentira. Aún tiemblo de emoción al leer el Estatuto Fundamental: “… Deróganse la actual Constitución Política y las Leyes Constitucionales… Declárase disuelta la Guardia Nacional de Nicaragua, la Oficina de Seguridad Nacional y el Servicio de Inteligencia Militar, y, en consecuencia, derogadas todas las leyes, reglamentos y ordenanzas que la gobiernan”. Eso sin mencionar la nacionalización de la banca, las minas y el comercio exterior, por citar la parte formal.

II

Lo mejor de la revolución fue la alfabetización, y en segundo lugar, la reforma agraria. Tanto la una como la otra preconfiguraron el  cambio del estado de cosas.

III

La urgencia por derrocar a Somoza y la fe de la mayoría de los combatientes, hizo del sandinismo un híbrido de nacionalismo, cristianismo comprometido y buscadores de la igualdad utópica. A otro con el cuento que este país fue comunista en el sentido marxista o peyorativo de la palabra. Sigue leyendo

El arte que nos dejó la Guerra Fría

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Por Edgard E. Murillo

En la Nicaragua provinciana, allá por la Semana Santa de 1962, la orquesta Los Solistas del Terraza lanzó a las hertzianas una canción que tenía por título Gagarin. Supe de la tonada por medio de mi padre, quien la tarareaba cuando el cielo nocturno se prendía de estrellas.

Por muchos años creí que se trataba de alguna broma de mi progenitor, pues ninguna persona me confirmaba la existencia de la cancioncita, hasta que un buen día, para tranquilidad mía, la encontré en Youtube. Al fin pude escuchar una de las primeras participaciones artísticas pinoleras acerca de una guerra que recién arrimaba a este lado del Atlántico, y nada mejor que hacerlo diciéndole a los rusos que la hazaña de su mimado cabía mejor en un danzón que en una revista científica.    Sigue leyendo

Lo que Keyla se llevó

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Por Edgard E. Murillo

Esa noche cayó la primera lluvia fuerte. La escorrentía había lengüeteado las calles tornándolas brillantes y acaso por esa razón podría decirse que el cielo no estaba del todo oscuro. En un callejón que daba a un estacionamiento, tras una valla metálica, sobresalía la casa donde Keyla había citado a Bruno con tres días de anticipación.

Bruno Castillo arribó a las seis menos diez en su Tercel del 98 y corrió hasta el porche porque aun lloviznaba. Después de secarse la cabeza con una toalla que le había pasado Keyla, el hombre deambuló unos minutos por la sala, viendo a través de las ventanas y anunciando que la noche prometía estar metida en agua y de otras cosas. Keyla lo besó. Sigue leyendo