Lo que Keyla se llevó

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Por Edgard E. Murillo

Esa noche cayó la primera lluvia fuerte. La escorrentía había lengüeteado las calles tornándolas brillantes y acaso por esa razón podría decirse que el cielo no estaba del todo oscuro. En un callejón que daba a un estacionamiento, tras una valla metálica, sobresalía la casa donde Keyla había citado a Bruno con tres días de anticipación.

Bruno Castillo arribó a las seis menos diez en su Tercel del 98 y corrió hasta el porche porque aun lloviznaba. Después de secarse la cabeza con una toalla que le había pasado Keyla, el hombre deambuló unos minutos por la sala, viendo a través de las ventanas y anunciando que la noche prometía estar metida en agua y de otras cosas. Keyla lo besó.

Después del beso y de un par de rodeos sicalípticos, Keyla le dijo a Bruno que había heredado de sus padres una vasta colección de antiguos discos de vinilo, los que tenía ordenados por género y por fecha de aparición. Bruno levantó la tapa de la consola y puso un disco de larga duración.

La aguja cayó lentamente sobre el plato que giraba haciendo que subiera y bajara en suaves ondulaciones. Sonó un piano seguido de las notas de un ronco saxofón. La música perfecta para invocar las celebraciones de la carne.

Bruno se acostó sobre el tabloncillo de la sala para disfrutar la melodía. Keyla se sentó a su lado y le pasó una copa de vino tinto.

— Tenía muchos años de no escuchar música en un disco de acetato, tiene algo de romántico que no puedo explicar — dijo Bruno—. Y esa canción calza bien para esta noche lluviosa.

— Es una de mis preferidas. ¡Adoro a esa negra!

— Nunca he estado con una negra— dijo Bruno exhalando un suspiro.

— No te has perdido de mucho –– ironizó ella, mientras tomaba lugar en el tabloncillo junto a Bruno.

Era la tercera vez que los amantes compartían intimidad. En las dos ocasiones previas, Keyla había hecho las preguntas de rigor para que pudiera involucrarse con un hombre. O al menos eso había creído Bruno.

Keyla le había preguntado acerca de las diferencias entre Dios y Buda, de si creía en la estratificación de los ángeles, de si estaba de acuerdo con que el punto G era una falacia y de si en realidad tenía la certeza que el fútbol algún día sustituiría a la política. Todas las preguntas fueron contestadas a satisfacción de Keyla. Pero ella tenía algunas enrolladas en la lengua y esa noche era la ideal para soltarlas.

La mujer se levantó, escanció más vino y viendo a Bruno a los ojos, le preguntó:

— ¿Cuántas mujeres has tenido antes que yo?

Bruno cruzó los dedos por la nuca y cerró los ojos murmurando la cuenta.

— Setenta y cinco.

— ¡Setenta y cinco! — dijo ella.

— Bueno, sin incluir las prostitutas.

— ¡No me digás que has estado con putas!

— Solo con tres, cuando estaba chavalo.

— Ah, que sincero— ironizó Keyla.

— En realidad, técnicamente fueron dos, lo que pasa es que con una de ellas…

— Pero estás sano ¿Verdad?— interrumpió Keyla.

— Claro que sí.

— ¿Qué tipo de sangre tenés?

— “O” Positivo

— ¿Padecés de la presión?

— No que yo sepa

— ¿Sos alérgico a algo?

—  ¿Por qué?

— No importa, volvamos con la cifra — dijo ella —. Has dicho setenta y cinco… Si lo multiplicamos por seis, que es el promedio de novios que una mujer tiene antes de los treinta años, entonces… quiere decir que te has acostado con cuatrocientas cincuenta personas antes de mí. ¡Porque cuando uno se acuesta con alguien lleva a la cama las relaciones acumuladas de otras personas!

— Eso es ridículo, pero si eso te hace feliz…

— ¡Cómo que ridículo! — dijo ella echándose la cabellera hacia atrás.

— A ver, ¿cuántos hombres has tenido vos? — contraatacó Bruno.

— Ocho con mucho orgullo.

— ¿Ocho? Bueno, según mi teoría, que es más fiable que la tuya y a la cual llamo la Teoría de la Regla de Tres, vos te has acostado con veinticuatro hombres.

— ¿Y eso porqué? — dijo ella a tiempo que acomodaba sus piernas una encima de otra como en posición de meditación.

— Mirá, la Regla de Tres funciona así: Si le preguntás a una mujer que cuántos hombres ha tenido, la cantidad que diga la multipilcás por tres; en cambio, si le preguntás a un hombre que cuántas mujeres ha tenido, la cantidad que diga la dividís entre tres.

Keyla lanzó una carcajada.

— O sea que vos no te has acostado con setenta y cinco mujeres — dijo ella—, sino con solamente veinticinco; interesante esa regla —. Y de nuevo las risotadas.

— Algo así — respondió Bruno un poco confundido.

La noche seguía su curso. Bruno se levantó a llenar la cubeta de hielo.

— Bruno… — dijo Keyla con esa expresión que se entiende como quien dice quiero hacerte una pregunta impertinente.

— Diga

— ¿Cuáles han sido tus mejores amantes?

El hombre hizo una pausa.

— La número siete… la nueve y la setenta y dos.

— ¡Hey, que astuto!

— Solo digo la verdad.

— Okey, te voy a creer, pero decime ¿qué criterios empleás para diferenciar las mejores de las peores?

— Demasiadas preguntas, Keyla.

— ¡Bruno Castillo, ya empezaste el juego, ahora terminalo!

— ¿Yo lo empecé?

— ¡Pues claro!

El hombre suspiró y dio un beso en la rodilla que Keyla tenía recogida.

— Bueno—dijo después de varios segundos—, tengo dos criterios básicos: que bese bien, y que…

— ¿Y que qué?

— Y que no diga “te quiero”. Eso desmotiva a cualquiera. Una buena amante debe ser una mujer segura, que no conciba el sexo como rehén del amor.

— ¿Una amante sin sentimientos?

— No precisamente.

Keyla parecía divertirse; esbozaba una sonrisa amplia pero sus ademanes eran calculados.

— ¿Podrías darle vuelta al disco? –– pidió ella.

Bruno dio vuelta al disco y al regresar saboreó el Merlot en los labios de su amante.

— Ese beso me gustó — dijo Keyla.

Sus cuerpos rodaron por el piso, dándose mutuamente lo mejor de sí, porque el placer, bien se sabe, debe otorgarse con cinco estrellas como condición para que vuelva a repetirse.

El disco terminó y una copa rodó por el suelo.

Mientras las extremidades de ambos trataban de trenzarse de la mejor manera, Bruno empezó a sentir vértigo. Padeció de un ahogo que oprimió su pecho no obstante el placer que fluía en oleajes sobre su piel. Se apartó de Keyla y empezó a delirar hasta que perdió el conocimiento. A pesar que no estaba en sus cinco, le pareció percibir un dolor agudo e imprevisto que como un calambre arrancó de su ombligo y atravesó el abdomen. Luego, su mente quedó en blanco.

Cuando despertó estaba boca arriba sobre una camilla, levantó la cabeza y apenas pudo percatarse que ya era de mañana, talvez mediodía. Se sentía terriblemente mareado y con ganas de vomitar. Echó un vistazo alrededor y se dio cuenta que estaba en casa de Keyla. Al cabo de unos minutos logró sentarse y caminó hacia el baño. Pegado al espejo había una hoja de papel que contenía un mensaje en letras de marcador negro: NO ORINAR HASTA DENTRO DE VEINTICUATRO HORAS. TUYA, LA NÚMERO SETENTA Y SEIS.

Bruno quitó el papel y se vio con desgano en el espejo. Tenía la piel reseca y lucía demacrado. No se había dado cuenta que estaba desnudo hasta que dirigió la mirada hacia abajo; pero un susto lo sacudió de pies a cabeza: sobre sus partes había una gaza sujetada con varios esparadrapos.  Tiró de la tela adhesiva y lo que vio lo llenó de espanto indecible. Allí abajo, en la entrepierna, no estaba el pene ni tampoco los testículos. En su lugar había una herida cauterizada del tamaño de una pelota de beisbol. Bruno pegó el alarido más desgarrador que el que pudiera ocasionar cualquier dolor, aunque a decir verdad en esos momentos no sentía dolor alguno, quizás por los efectos de alguna anestesia.

Los gritos de pánico se repetían en tanto Bruno no dejaba de ver y tocar la herida negruzca y sanguinolenta que daba testimonio de lo que una vez tuvo.

Entonces volvió a desmayarse.

La policía no tuvo pistas de Keyla. Había rentado la casa sin identificarse pagando dos meses de depósito por adelantado. Los médicos dijeron que la  castración había sido limpia y perfecta, por lo que no se  descartó que la mujer pudiera ser miembro de una banda que traficara órganos.

Bruno confesó la triste historia para que desconfiemos de mujeres que hacen demasiadas preguntas y escuchan discos de Elle Fitzgerald. Talvez una de ellas sea Keyla, la número setenta y seis, que resultó ser su última mujer.

Si las cosas fueran como parecen, el margen de tragedias estaría definido por lo previsible. Bruno creyó que manejando la conversación saldría victorioso aquella noche tan llena de Keyla y sus preguntas.

Se equivocó.

 

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