El arte que nos dejó la Guerra Fría

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Por Edgard E. Murillo

En la Nicaragua provinciana, allá por la Semana Santa de 1962, la orquesta Los Solistas del Terraza lanzó a las hertzianas una canción que tenía por título Gagarin. Supe de la tonada por medio de mi padre, quien la tarareaba cuando el cielo nocturno se prendía de estrellas.

Por muchos años creí que se trataba de alguna broma de mi progenitor, pues ninguna persona me confirmaba la existencia de la cancioncita, hasta que un buen día, para tranquilidad mía, la encontré en Youtube. Al fin pude escuchar una de las primeras participaciones artísticas pinoleras acerca de una guerra que recién arrimaba a este lado del Atlántico, y nada mejor que hacerlo diciéndole a los rusos que la hazaña de su mimado cabía mejor en un danzón que en una revista científica.   

Yo no le creo a Gagarin

Que estuvo cerca de la luna

Que estuvo cerca de Marte

Yo no le creo a Gagarin.

Quien no se trae una lunática

Quien no se trae una marciana

Para que todas las mañanas

Venga a bailar el chachachá…

La canción, escrita por Rafael Gastón Pérez, jamás la he escuchado por la radio, lo que contraviene la ley que obliga a las emisoras nacionales de poner música nicaragüense en la programación diaria, como tampoco hacen referencia de ella los pocos peritos musicales regionalistas o folcloristas, acaso porque haya perdido “vigencia coyuntural”.

Debió ser divertido decir, cantando y bailando, unas cuantas cosas en contra de un hecho esperado por siglos, como era el primer hombre en el espacio, aunque fuese en son de broma. Porque no creo que la gente haya dudado que Gagarin haya orbitado la Tierra, solo que, como buenos nicas, hicimos gala de poner en entredicho los asuntos del poder, en este caso, del poder tecnológico de una de las superpotencias. Ténganse en cuenta que la canción no tuvo ningún problema por asuntos ideológicos, porque para entonces Nicaragua se encontraba matriculada en el bando norteamericano, es decir, en el bando de Míster Shepard.

Afortunadamente, tanto los EE.UU como la Unión Soviética se las arreglaron para no volarse tiros ni bombas en el casi medio siglo que duró la Guerra Fría (Menos mal que no sucedió pues ni usted ni yo estaríamos frente a un monitor en estos momentos). Pero alguien tenía que pelear por ellos, o en nombre de la agenda que decían representar; de ahí que la famosa carrera espacial no tuviera más virtud que servir de telón de fondo para que, en condiciones recíprocas, la mitad de los países industrializados conspirara contra la otra mitad, en tanto los países del llamado Tercer Mundo cavaban trincheras sacrificando sus economías y recursos humanos.

A nuestro país le tocó vivir el tramo final de aquella guerra de intrigas internacionales en condiciones muy particulares, pues la revolución sandinista llegó en un momento ineluctablemente inoportuno. Si hubiese triunfado en 1970 o en 1994, las cosas hubiesen sido harto diferentes.

Pero no había de otra: los acontecimientos criollos destinados a derrocar una dictadura habían hecho sprint junto con el desenlace del “socialismo real”, por lo que de pronto nos vimos jugando en las ligas mayores con escaso entrenamiento. ¿Destino kármico? Quién sabe; el punto es que la pugna imperialismo yanqui versus comunismo la vivimos en tecnicolor y nos marcó hasta el alma.

Es posible que nuestra incursión en esa guerra, concebida en países donde cae nieve (talvez por eso le pusieron guerra fría), la matizáramos con burlas alegres, como la canción de Los Solistas, sin percatarnos que bien pronto escucharíamos a hurtadillas Radio Moscú, en la faena para convertirnos en soldados de una bienintencionada causa planetaria de redención social. ¡Salada nuestra revolución popular por coincidir con una debacle de alcances internacionales!

Sin embargo, como en toda experiencia traumática, sea una guerra fría o caliente, existen productos que merecen ser tenidos como positivos tanto porque pusieron en movimiento la inventiva de una o varias generaciones cuanto porque reflejaron las actitudes y estilos de vida de la posguerra. Me refiero a la literatura y el arte en general.

Desde que terminó la Guerra Fría como que hubo un aletargamiento de las pasiones creativas. Se terminaron los relatos de encanto revolucionario, muy a lo de Benedetti en Geografías, las historias de espías de inspiración comunista, tipo La caza del zorro del checoeslovaco Jirí Procházka, y los thrillers militares de las primeras novelas de Tom Clancy. Todo el glamur artístico conspirativo se vino abajo junto con los pedazos del Muro de Berlín. En otras palabras, ante la suspensión de los paradigmas ideológicos, o el desplazamiento de las ideas políticas hacia los extremos, los referentes racionales para ser confrontados entre sí fueron perdiendo atractivo intelectual y artístico.

La narrativa, películas y series de televisión actuales, donde los “malos” son narcotraficantes o terroristas desquiciados, presentan a enemigos de tan poca monta que hasta el Superagente 86 rehusaría enfrentarlos. Es cierto que también constituyen materia prima para la ficción literaria o la música, pero no la suficiente como para que logren seducir multitudes. Al menos no por el momento.

Soy de los que opinan que el arte enseña tanto de una época como los libros de Historia. Por ello es preciso hurgar en el cine, las letras y la música pasados, aquellos testimonios del conflicto Este-Oeste para entender el presente, puesto nada surge en estado puro, ni siquiera los dislates de Donald Trump.

La Guerra Fría terminó oficialmente hace un cuarto de siglo pero aún no la hemos superado. Y si todos ahora estamos de acuerdo con las palabras que Gagarin dijera de nuestro planeta desde el espacio— que la Tierra es “azul, bonita e increíble”—, persistimos en creer que los malos siempre pierden y que los buenos siempre ganan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un comentario en “El arte que nos dejó la Guerra Fría

  1. Definitivamente pienso mi hermano que esta podria ser tu actividad tipo pasatiempo que podes desarrollar cuando te jubiles. Es interesante que consideres dejar plasmado en papel tus pensamientos, ideas, criterios y sobre todo, tus experiencias en esta vida tan convulsionada que nos ha tocado vivir y
    por que no decirlo, SOBREVIVIR. Este
    año 2016, estamos cumpliendo
    50AÑOS…medio siglo y aunque no me
    lo podas creer, aun con tremenda
    brecha de silencio que hay entre todos
    nosotros los que te conocemos, no te
    imaginas lo contento y orgulloso de
    envejeser a la par tuya, hermano de
    luchas y anecdotas pasadas. Que
    papachu este siempre a tu lado
    colmandote de muchas bendiciones y
    animandote para continuar en este
    camino hasta el final de nuestros
    dias…hasta siempre mi hermano…

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