Los cuetes del progreso

San jerónimo

Por Edgard E. Murillo

Recién iniciado el presente siglo acompañé a tres inversionistas asiáticos al volcán Masaya. La gira no era propiamente turística; el propósito era visitar unas propiedades que estaban en venta cerca de Nindirí para instalar allí una empresa operadora de zonas francas de exportación, ese negocio donde el Estado concede mano de obra baratísima a cambio de estadísticas de sub empleo. Recuerdo que era sábado, así que no me importó servir de guía a los señores de ojos rasgados que soportaban la cruda causada por los desmanes de la noche anterior. A los inversionistas les encantó la vista al borde del cráter, decían que nunca habrían imaginado subir a un volcán, menos a uno que proporcionaba vértigo y humos salitrosos a la vuelta de la esquina. Sigue leyendo

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Cuarto de lavandería

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Por Edgard E. Murillo

Al Poniente de la ciudad, en un llano pedregoso donde parecía que nunca llegarían a crecer árboles de mediano tamaño, se encuentra el Convento de Santa Teresa. Construido a mediados del siglo pasado, fue uno de los referentes arquitectónicos más sobresalientes de la Vieja Managua. Además de las internas,  por allí pasaron más de cuatrocientos alumnos de ambos sexos. Durante lo que podríamos llamar la “edad de oro” del convento, todo el segundo piso y la sección de la planta baja que colindaba con la capilla lo ocupaban los dormitorios de las novicias; el tercero estaba destinado a los talleres de corte y confección, aunque después del terremoto quedó abandonado debido a fallas en el sistema de drenaje. La forma rectangular del edificio permitió que en su interior se levantara una fuente donde caimanes de cemento brotaban eternamente agua de sus narices. Arriba, en el último y cuarto piso, cortado por un balcón de madera, sobre el estrecho pasillo de mosaicos, se llegaba a una puerta doble con ventanas de vidrio. Allí estuvo, por muchos años, el cuarto de lavandería. Sigue leyendo

La joven y antigua catedral

catedral1960

Por Edgard E. Murillo

Como muchos capitalinos nacidos en la segunda mitad de los años sesentas, fui bautizado en la antigua catedral por el párroco de la misma. Mi madre conserva la fotografía que capturó aquél dulce momento: ella, en sus veinte exactos, observa con carita asustada; mi madrina Conchita parece querer decir algo mientras el cura, un señor regordete que nadie ha podido decirme su nombre, pronuncia el rito dejando caer agua bendecida sobre mi lampiña cabecita; al fondo, a la derecha, sobresale la frente de mi padre, el que, a juzgar por la expresión de sus ojos, pareciera estar sonriendo. Sigue leyendo