Cuarto de lavandería

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Por Edgard E. Murillo

Al Poniente de la ciudad, en un llano pedregoso donde parecía que nunca llegarían a crecer árboles de mediano tamaño, se encuentra el Convento de Santa Teresa. Construido a mediados del siglo pasado, fue uno de los referentes arquitectónicos más sobresalientes de la Vieja Managua. Además de las internas,  por allí pasaron más de cuatrocientos alumnos de ambos sexos. Durante lo que podríamos llamar la “edad de oro” del convento, todo el segundo piso y la sección de la planta baja que colindaba con la capilla lo ocupaban los dormitorios de las novicias; el tercero estaba destinado a los talleres de corte y confección, aunque después del terremoto quedó abandonado debido a fallas en el sistema de drenaje. La forma rectangular del edificio permitió que en su interior se levantara una fuente donde caimanes de cemento brotaban eternamente agua de sus narices. Arriba, en el último y cuarto piso, cortado por un balcón de madera, sobre el estrecho pasillo de mosaicos, se llegaba a una puerta doble con ventanas de vidrio. Allí estuvo, por muchos años, el cuarto de lavandería.

La encargada de lavar la ropa en el convento se llamaba Hilda; las internas le decían Hildita porque era baja en estatura y frágil como una sombrilla, pero también porque al llamarla así la cubrían de una especie de inconfesada compasión, por las razones que entraré a relatarles a continuación.

La lavandería ocupaba un amplio espacio con poca ventilación; del techo pendía un alambre torcido que sostenía un bombillo amarillento de veinticinco watts; el piso era áspero, de repello de cemento, y las paredes, que años atrás tenían un tono de verde intenso, mostraban un aspecto de sábanas desteñidas de hospital público. Para aprovechar la luz natural del sol, la lavada de la ropa tenía que hacerse temprano, porque hacia las diez de la mañana los árboles de madroño plantados frente al cuadro deportivo, en el lindero norte, impedían la clara visión de los colores de las prendas.

Lo primero que hacía Hilda al llegar al cuarto de lavandería era abrir las seis tapas de cristal de las máquinas para verificar si no había quedado algo del día anterior. Lo hacía por pura rutina, pues luego de cada jornada se aseguraba que no quedara ninguna prenda dentro, ni siquiera un botón o una hilacha de mezclilla. Después levantaba la palanca del breaker que alimentaba de electricidad a las máquinas y en seguida un áspero gorgoteo empezaba a sonar sobre los vientres de aquellos armatostes de aluminio.

Mientras los cilindros se llenaban de agua, Hilda seleccionaba la ropa, tarea que no era del todo fácil si tomamos en cuenta que lavaba entre seis y nueve docena de prendas de diferentes tamaños y texturas, prendas que seguidamente introducía en las máquinas que componían la lavandería.

Satisfechos los niveles de agua, la mujer oprimía el botón. Un ruido atronaba del piso de forma enloquecedora haciendo que las paredes y el techo se sacudieran como el pecho de un tigre durante un rugido. La ropa giraba en una sola dirección, revolviendo las sábanas y las mudadas en agua y espuma con tanta fuerza que parecía que se iban a despedazar.

Después de la primera lavada, la mujer abría las puertas de cristal, dejando los cilindros empotrados con la boca abierta, chorreando espuma; luego sacaba la ropa y la ponía en un cesto de plástico. A continuación repetía el proceso: recogía con parsimonia la ropa, sábanas y sobrecamas sucias que de previo había seleccionado y las metía desordenadas en cada una de las bocas hasta atragantarlas.

A Hilda le encantaba el funcionamiento de las máquinas de lavandería. Cuando todas estaban operando, la mujer fijaba los ojos en el centro de las circunferencias que giraban; ella aspiraba y sentía que perdía la noción de la compostura y la realidad. Eso fue lo que le sucedió el día que decidió darle un baño a Erick, su pequeño hijo de cuatro años.

Los días de lavado, el pequeño Erick acompañaba a su madre al convento; ella se las había arreglado para que le permitiesen llevarlo, siempre que el niño guardara la compostura y no saliera por nada del mundo de su sitio de trabajo. El jueves, poco antes de las siete de la mañana, Hilda subió las escaleras con un fardo de ropa sobre su cabeza; de su mano derecha colgaba una bolsa de jabón en polvo y con la otra sujetaba la manita de Erick, quien cantaba una alegre viñeta de radio.

Erick había empezado a hablar desde los dos años, pero no le gustaba gastar palabras de manera innecesaria, incluso con su madre. Por un tiempo creyeron que su retraimiento obedecía a la ausencia paterna, mas Erick siempre mostró seguridad y aplomo cuando de pedir o tomar decisiones se trataba.

Una mañana, apenas Hilda había puesto el cesto de ropa sucia para empezar sus labores, el niño se le acercó y le preguntó muy tranquilamente: “¿Me puedo bañar adentro?”. Hilda se asustó; vio en su mente a su hijo estrujado dando vueltas en agua y detergente. Pero en seguida apartó ese pensamiento de su cabeza como si apartase una cortina de baño.

— No hijo, no…

— ¿Por qué?

— Porque te podés ahogar.

El niño se paró enfrente de una de las máquinas y soñó bañarse con chorros de agua caliente que salían por todos lados.

— ¿Qué es ahogar, mami?

— Que te podés morir, mi amor.

Hilda esperó que las máquinas dieran la señal para empezar a meter la ropa. Mientras lo hacía pensaba en la pregunta de su hijo. Le había causado curiosidad más que preocupación. “No, no lo meteré allí”.

Pero Erick era obstinado y ella consentidora.

Al siguiente día la  petición de Erick fue más insistente.

— Mamá, yo me quiero bañar adentro.— Y al rato: — Mamá yo me quiero bañar adentro.

Su madre, que en esos momentos desnudaba fundas, echó un vistazo hacia la puerta y tomó a Erick por los hombros.

— Te voy a meter un ratito, pero portate bien ¿oíste?

Hilda quitó la ropa al niño, lo levantó de la cintura y pidió que metiera la cabeza despacio en la boca vacía del cilindro. Por precaución, la madre apretujó a su hijo con un poco de ropa para que no se golpeara con los bordes metálicos. La mujer dio un paso atrás y buscó el botón de encendido; pero un pensamiento cruzó por su mente para hacerle comprender que estaba cometiendo un error. Entonces sacó al niño y lo introdujo nuevamente, pidiéndole esta vez que metiera primero los pies, con la cabeza frente al cristal, para ver sus expresiones al momento de la rotación.

El tambor empezó a llenarse de agua.

“¡No tragués agua, Erick!”.

La mujer apretó el botón rojo de encendido y la máquina empezó a girar. El niño reía de satisfacción; puso sus manitas sobre el cristal mientras daba vueltas como un pez en una noria.

Hilda calculó treinta segundos y apagó la máquina, sacó a Erick empapado, lo secó con ternura y le dijo que si quería volverse a bañar allí, tendría que portarse bien, y sobre todo que no se lo dijera a nadie. El niño asintió.

Con el paso de los días, la madre fue aumentando el tiempo que Erick permanecía dentro de los cilindros en movimiento. Probó con un minuto y al ver que el niño ni siquiera tosía cuando terminaba el ciclo, aumentó a cincuenta segundos; luego probó con dos minutos exactos. A la tercera semana Erick permanecía dando vueltas hasta media hora, lo que alegraba mucho a su madre, porque, al no estar pendiente de él, avanzaba más rápido en la selección y lavado de la ropa.

La tarde anterior al día de Santa Teresa, Hilda introdujo al niño en la máquina número seis. Como siempre, ella se cercioró que no hubiesen gacillas, prensadores o trozos de perchas en el tambor; metió un edredón color azul y dos sábanas. Puso a Erick en medio, cerró la escotilla, llenó de agua el tanque y oprimió el botón.

Erick llevaba cuarenta minutos girando cuando a Hilda le pareció que ya era suficiente. Oprimió el botón rojo de apagado. Nada. La máquina seguía girando. La mujer corrió hacia el breaker y lo haló para cortar la corriente. Todas las máquinas empezaron a desacelerar, menos la número seis. Hilda gritó de angustia; entonces la máquina número seis empezó a girar más rápido. La mujer golpeaba con ambas manos la escotilla de cristal. Erick giraba y reía, reía y giraba. La máquina se sacudía como locomotora endiablada, bufando y chirriando. Erick ya no se veía; solamente aparecía tras el cristal una forma de agua espumosa y retorcida. “¡Erick, Erick!” gritaba Hilda con desgarros vocales agónicos “¡Erick!”.

Algunas internas al escuchar los gritos de Hilda subieron corriendo las escalares hasta el cuarto de lavandería. Allí vieron a la pobre mujer golpeando desesperadamente  el cristal de la máquina número seis. Las internas preguntaban a Hilda la razón de sus gritos, pero ella solamente lloraba y gritaba el nombre de su hijo. Fue hasta que subió la madre superiora cuando la mujer pudo decir:

— ¡Erick! ¡Erick está dentro de la lavadora!

La máquina continuaba su pavorosa rotación y el llanto de Hilda había contagiado a las demás mujeres. Gritos y llantos flotaban por todo el cuarto piso del convento. De pronto se oyó un ruido seco seguido de burbujeos que parecían más bien eructos acuosos; la máquina brincó dos veces y luego se apagó. La desaceleración de la rotación le pareció a Hilda infinita. Cuando el tanque dejó de girar la escotilla se abrió. Hilda, cuyo corazón le rebotaba en las costillas, hurgó entre el edredón y demás prendas.

Erick no estaba.

— Hilda— dijo la Madre Superiora— ¿Dónde está tu hijo?

Hilda abría y cerraba la tapa de la máquina número seis mientras dejaba escapar su vida por las lágrimas.

— No lo sé, Madre… Estaba aquí…

Buscaron a Erick por todo el convento, pero Hilda sabía que su hijo era demasiado obediente como para salir del cuarto de lavandería, tal como estaban instituidas las reglas.

Erick no apareció, ni ese ni ningún día posterior.

Y jamás se volvió a saber de él.

Si usted quiere asegurarse de la veracidad de esta historia, puede visitar el convento de Santa Teresa. Allí verá todos los años, un día antes de la celebración de la santa, a una mujer poniendo veladoras e incienso frente a la máquina que se llevó a su pequeño hijo.

Ella cree que así como se fue, regresará.

 

(Fotografía de Yvette Meltzer)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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