Los cuetes del progreso

San jerónimo

Por Edgard E. Murillo

Recién iniciado el presente siglo acompañé a tres inversionistas asiáticos al volcán Masaya. La gira no era propiamente turística; el propósito era visitar unas propiedades que estaban en venta cerca de Nindirí para instalar allí una empresa operadora de zonas francas de exportación, ese negocio donde el Estado concede mano de obra baratísima a cambio de estadísticas de sub empleo. Recuerdo que era sábado, así que no me importó servir de guía a los señores de ojos rasgados que soportaban la cruda causada por los desmanes de la noche anterior. A los inversionistas les encantó la vista al borde del cráter, decían que nunca habrían imaginado subir a un volcán, menos a uno que proporcionaba vértigo y humos salitrosos a la vuelta de la esquina.

Después los llevé a comer a un restaurante campestre, cerca del empalme de Tisma. Ellos pidieron carne de res para remojarla con whiskey; yo pedí cerveza para que hiciera liga con el ceviche de curvina que estaba en promoción. Como dije, era sábado y no había prisa.

De los tres extranjeros ninguno hablaba español, pero había uno, el más joven, que medio sabía inglés; esa situación sirvió de mucho para que nos entendiéramos, pues yo también medio hablo inglés. Siempre he dicho que si dos personas que no tienen una lengua en común medio dominan otra, la comunicación se torna más fluida de lo que parece, porque al conversar despacio y escoger las palabras de esa tercera lengua, ambos creen que la hablan a la perfección.

Estábamos terminando el almuerzo cuando a pocas cuadras de donde nos encontrábamos, muy alto en el cielo abierto, sonó un cuete; al ratito estalló otro que más bien parecía un mortero. El inversionista más joven se asustó y me preguntó:

— What´s that? (Por la cara que puso la traducción correcta sería: ¡Qué mierda fue eso?)

— Cuetes— Contesté. Ellos quedaron en silencio. Yo hice un ademán con las manos—. Fuegos artificiales.

“Ooh-oh, oh-oh”, dijeron todos.

Para ilustrarlos mejor acerca de nuestra idiosincrasia, sin que me lo estuvieran preguntando, le dije a mi amigo bilingüe:

— Aquí en Masaya todos los días hay fiesta, no hay un solo día que no se tire un cuete.

El inversionista más viejo preguntó en su idioma natal al inversionista más joven que qué era lo que yo había dicho. Este le tradujo mis palabras y el viejo masculló algo que les causó gracia a los tres. Pregunté de qué se reían. El inversionista más joven respondió:

— Dice que ahora ya sabe por qué son tan pobres.

Sentí un balde de agua con cubos de hielo sobre mi cabeza.

Haciendo gala de mi inglés de nivel intermedio, les dije o les di a entender que ningún país es pobre por ser alegre; que el suyo hace cincuenta años era un país miserable; que si ellos querían abrir negocios en estas tierras era porque en las suyas había leyes severas y que en nuestro país se respetaban los derechos laborales. ¿Quién diablos les había dado el derecho de meterse con nuestra pobreza?

Los tipos hicieron silencio, terminaron de comer y dejaron veinte córdobas de propina al mesero.

Al regresar a la capital, medité acerca de la pobreza de mi país más que otras veces. Años atrás ya había pensado en ella desde otra perspectiva, digamos, para exponerla como resultado de siglos de dominación colonial e imperialista (que sí la hubo y la sigue habiendo, de eso ni dudarlo), o para buscar consuelo comparándola con otras realidades peores que la nuestra. Pero lo dicho por el viejo asiático había sido un golpe bajo. ¿Somos pobres por pasar muchos días de fiesta? ¿Los cuetes no son más que una manera de celebrar nuestra pobreza? Esas preguntas me las iba haciendo durante el camino, sin encontrar sosiego.

Hace poco leí que Nicaragua es uno de los países que más días feriados tiene en su calendario. No hay un solo municipio que no tenga una fiesta patronal. ¡Ni uno solo! Es muy seguro que si mañana surge un nuevo municipio, antes de cualquier decisión importante las nuevas autoridades revisarán con lupa el santoral para determinar qué santo o santa custodiará la fe del naciente municipio.

Sin embargo, me resisto a creer que las fiestas sean causa o reflejo de nuestra pobreza. Hay otras cosas que sí lo son. Pongo un ejemplo: Entre usted a las diez de la mañana a un callejón de cualquier barrio de Managua, Rivas o Matagalpa. Encontrará charcos cada diez metros y basura desparramada cerca de los alcantarillados. Usted también verá, tras las puertas abiertas de las casas, a hombres descamisados sentados viendo televisión o echados en una hamaca durmiendo la mona. Esos hombres no ayudan a sus mujeres o madres, no tapan los baches de las calles, no limpian el techo. Simplemente están haciendo pobreza, porque son su reflejo y a la vez su causa.

¿Son los políticos culpables de que nuestra economía sea deficitaria? Hombre, si esto fuera así, ningún país los tuviera; y Nicaragua no tiene ni más ni menos políticos sinvergüenzas que en el resto de los países. Dios repartió parejo gente buena y gente canalla, gente bruta y gente inteligente.

Es verdad que nuestra posición geográfica nos ha traído más codicias dañinas que ventajas; que nuestros índices de desarrollo son modestos; que necesitamos varias generaciones para alcanzar el paso de otros países del área; que las guerras azuzadas desde afuera y desde adentro no han permitido que se asiente la confianza en las instituciones y que el sentido de nación prospere; que los presupuestos de varios ejercicios fiscales han sido sangrados por pagos indemnizatorios que no deberían haberse efectuado; que la justicia a veces nos parece injusta, aunque se vista de seda, y que necesitamos de la cooperación internacional para hacer el mate que pagamos las deudas, cuando sabemos que son impagables.

Todo eso es cierto, pero también es verdad que compartimos destino con todo un sub continente cuyas desventuras y sueños se arman y desarman en un juego que parece de nunca acabar, donde argentinos, ticos, venezolanos, nicas y mexicanos le damos más importancia a la suma de las cosas que nos separan que a las que nos unen; que diseñamos democracias de llamarada de tuza para después echarle la culpa al gobierno anterior; que acarreamos en la mochila un tipo de odio acomplejado hacia los europeos por haber impuesto el cristianismo más por las malas que por las buenas; que repetimos como si fuera verdad que aquí nos conquistaron delincuentes, ignorantes e hijos de puta en el sentido consanguíneo de la palabra; en pocas líneas, nos lamentamos más de lo que aportamos para fundar una identidad latinoamericana y empujar todos la palanca que nos encauce al desarrollo sostenible.

Puestos en este punto considero que debemos responder a la siguiente pregunta: ¿Qué hacemos como ciudadanos para sacar a nuestro país de la pobreza? Si creemos que nuestra incidencia personal es insignificante, estamos equivocados, pues en el recurso humano, consciente y en sintonía, reside la fortaleza de una nación.

Todos los días debemos hacernos esa pregunta. Si no estamos seguros de qué es lo que deberíamos hacer, al menos aventurémonos a pensar en lo que no deberíamos hacer. Por ejemplo, a mí me parece que no contribuyo al desarrollo de mi país hablando mal de él. Es el primer pensamiento perverso que debo eliminar. No aporto en nada a mi país si lo disminuyo o lo comparo con otros países con el único propósito de ningunearlo o reírme de él. Tampoco avanzo en la construcción de una moralidad cívica si vulgareo las instituciones, por mucho que me parezcan burocráticas, predecibles y terriblemente ineficientes. Pensando en positivo las cosas empiezan a mejorar.

¿Damos lo suficiente de nosotros a nuestro país? ¿Practicamos los buenos modales? ¿Cuidamos el medio ambiente? ¿Estudiamos nuestra historia? ¿Respetamos a los héroes y su legado? ¿Amamos los símbolos patrios?

Nicaragua es hermosa; no la afeemos con nuestro comportamiento, sea por acción, prejuicio, pesimismo u omisión. Hagamos de ella el orgullo de nuestro diario vivir, sin patrioterismo ni autocomplacencia, de manera tal que nuestro cielo siga acogiendo la alegría, cuetes incluidos, con la certeza y el orgullo que el progreso depende de todos.

 

(Detalle de la obra del artista chontañelo Ricardo Gómez dedicada a San Jerónimo, en la ciudad de Masaya, Nicaragua)

 

 

 

 

 

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