Por una América Central unida, otra vez

(foto de archivo) Filibusteros, durante la guerra civil de Nicaragua,  magazin 17,18.  LA PRENSA

Filibusteros, durante la Guerra Nacional de Nicaragua.

Por Edgard E. Murillo

Nuestras fiestas patrias tienen la característica que se celebran por partida doble. El 14 de septiembre por la Batalla de San Jacinto y el 15 del mismo mes por la independencia de la Corona de España. Este último evento no me emociona por dos motivos: porque no debimos disolver la Federación Centroamericana y porque de una dependencia pasamos a otra. Además, la independencia fue un suceso de escritorio, diferente a las luchas libertarias de Jefferson, Morelos, San Martin o Bolívar, por lo que el resultado pérdida-ganancia no alteró en lo sustancial las estructuras sociales coloniales. ¿Quiénes ganaron con la independencia de Centroamérica? Solamente los criollos hacendados.

Los criollos, sacando ventaja del desgaste de España producido por las guerras napoleónicas, un buen día decidieron reunirse en Guatemala y romper sin más con la “Madre Patria”, fundando a continuación países como una extensión de sus propias haciendas. Lo único bueno de la independencia fue que dejamos de ser provincia y tomamos una bandera. Nada más. Sin embargo, años después, en 1856, escribimos páginas de gloria al derrotar a los filibusteros en la hacienda San Jacinto.

Apenas dejamos de ser un país federado empezamos hacernos la guerra. Leoneses y granadinos se disputaban el dominio del país, algo que aprovecharon los ingleses y, como no, los gringos. En 1850 los EE.UU y el Reino Unido suscribieron el Tratado Clayton-Bulwer, un entendimiento entre amigos imperialistas. Sir Henry Bulwer, ministro británico en Washington dijo con desparpajo: “Nuestras naciones hablan la misma lengua: proceden de la misma raza, y parecen igualmente encargadas por la Providencia de la misma misión gloriosa de ilustrar el nombre anglosajón, extendiendo los mejores intereses de la civilización en las dos grandes divisiones del mundo.” Dicho tratado hería la soberanía de Nicaragua, pero nosotros, los nicaragüenses, en vez de protestar por tal abuso nos enfrascamos en una guerra sin sentido (Bueno, casi todas las guerras carecen de sentido): El 12 de Mayo de 1854 los “democráticos” comandados por Máximo Jerez replegaron a los “legitimistas” hasta la ciudad de Granada. Como no pudieron apoderarse de la plaza granadina, los democráticos contrataron los servicios de mercenarios norteamericanos. Al año siguiente, el 16 de junio, William Walker desembarcó en El Realejo. Cuatro meses después Walker se imponía como Jefe del Ejército. Pronto Nicaragua tendría como idioma oficial el inglés y el restablecimiento de la esclavitud (Había sido abolida en 1823).

La Guerra Nacional en realidad fue una guerra centroamericana porque las naciones vecinas se unieron con Nicaragua para expulsar a Walker. Nada que ver lo que sucedería más de un siglo después cuando Honduras y Costa Rica prestaron su suelo para hacerle la guerra a la Nicaragua revolucionaria. Cosas de la Historia.

No se crea que los filibusteros eran forajidos proscritos en su país. Contaban con la simpatía de muchos políticos. El mismo embajador norteamericano en Nicaragua, John Hill Wheeler, escribió a su Secretario de Estado: “Estoy seguro de que las influencias de los Americanos tenderán a purificar sus principios (de los nicaragüenses) y mejorar su comportamiento. En aras de este ideal, será una bendición si toda América Central se americaniza gracias a los industriosos y emprendedores hombres del Norte.” El influyente político Lewis Cass dijo: “Me tomo la libertad de expresar que el heroico esfuerzo de nuestros compatriotas en Nicaragua excita mi admiración, a la vez que compromete toda mi solidaridad.” El mismo presidente Pierce fue dual en su discurso, lo que alentó a Walker a proclamarse Presidente de Nicaragua.

Hubo un hombre, español de origen, quien desde su cargo como diplomático les dijo a los gringos sus verdades (Nicaragua lo había contratado como Ministro Plenipotenciario en varios países de Europa). Dijo que el derecho de los EE.UU era el derecho de la piratería y de la doble moral. El nombre de ese bravo e ilustre hombre fue José de Marcoleta. En una extensa carta dirigida al Secretario de Estado, Marcoleta reclama la alcahuetería de los EE.UU respecto a los filibusteros, por permitir el embarque y custodia de hombres armados para invadir un país soberano. Entre paréntesis les cuento que en 1986 el gobierno de Nicaragua creó la Orden José de Marcoleta para honrar aquellas personas extranjeras que hayan prestado servicios valiosos a la Patria.

Sucedió pues que tropas hondureñas, salvadoreñas y guatemaltecas empezaron a concentrarse en León mientras que Costa Rica bloqueaba el Río San Juan para evitar la entrada de más mercenarios. Y como todos sabemos, el 14 de septiembre de 1856 las tropas nacionales (ya unificadas) derrotaron a los filibusteros en San Jacinto. Destacaron en dicha batalla los indios flecheros de Matagalpa, incluso más que la célebre pedrada de Andrés Castro.

Pero somos incorregibles. Una vez expulsado Walker seguimos con los pleitos internos. Los legitimistas granadinos llegaron al extremo de proponer la anexión de Granada y Rivas a Costa Rica. Si no ha sido por la dictadura bipartita de Tomás Martínez y Máximo Jerez, tuviésemos dos departamentos menos. Pero los ticos, bandidos como siempre, no se fueron sin nada de la Guerra Nacional: el 6 de julio de 1857 consiguieron que Nicaragua les cediera Nicoya y el derecho a la libre navegación por el río San Juan en gratitud por su apoyo en la lucha contra los mercenarios de Walker. La Guerra Nacional sacó a la luz la voracidad de los gobiernos costarricenses de entonces, pero también evidenció nuestras fragilidades.

Aquí insertamos la pregunta: ¿Debemos de celebrar? Sí, claro que sí. Más que la fiesta de la Independencia, la Guerra Nacional debe ser un referente para lograr la reunificación de nuestros países. Si Europa se ha unido a pesar de sus diferencias ¿Por qué no nosotros si tenemos la misma historia, hablamos la misma lengua, profesamos la misma fe, padecemos idénticas necesidades y nos enorgullece la misma raza mestiza?

De nosotros depende.

 

 

 

 

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