Entre abogados te veas

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Por Edgard E. Murillo

Arribo al Juzgado media hora antes de la hora indicada para escuchar la lectura de sentencia. Presento al guarda de seguridad mi carnet, subo los escalones y me identifico de nuevo con la muchacha que coordina las salas de audiencias. Me hacen pasar por un pasillo mientras busco la sala número cuatro. Entro y tomo asiento. Examino el lugar con atención (Siempre hago eso, me gusta que todo esté limpio y en orden), estiro mis pies bajo el escritorio que han dispuesto para el demandante y husmeo en facebook si hay algún chiste. No encuentro ninguno, solamente fotos de platos de comidas y jaculatorias. Apago el celular. El secretario del despacho me pide también el carnet; lo mismo hace con mi contrario, que acaba de llegar. A los pocos minutos abre la puerta el titular del juzgado, quien va envuelto en una capa negra brillante. El juez echa una mirada rápida al recinto, susurra buenos días y pregunta si están las partes presentes.  Al ver que asentimos, da un golpe seco con un mazo de madera gastado en uno de sus bordes. Entonces da inicio a la lectura de la sentencia que pone fin a una demanda interpuesta por mi cliente. Hay expectación. Mucha expectación.

Tal escena sucede con más frecuencia en mi actividad laboral (Tengamos presente que los juicios escritos cada día son menos, dando paso a la oralidad concentrada en pocas audiencias). Cuando el juez está leyendo la sentencia, es decir, cuando lee su producto después de varias horas de debates e interrogatorios, el mundo se detiene para mí. Escucho atento hasta las inflexiones de la voz y de reojo observo los tics nerviosos del abogado de la contraparte. Con un lápiz de grafito de punta afilada voy haciendo palomitas que marcan las pretensiones que me han otorgado y con una equis las que no, procurando mantener una ligera sonrisa para despistar.

Así visto, cualquiera diría que nací para abogado. Pero la realidad es otra. Pienso que nadie nace para algo, pues uno mismo se va haciendo el camino, no importa si tus padres también se dedicaron a lo mismo. Es verdad que el oficio de tus progenitores influye, sin embargo no es lo determinante a fin de cuentas.

Debo aclarar que no tuve referencias abogadiles en mi niñez. No hay jueces ni defensores de estrado que acompañen mis recuerdos más remotos. En el espectro intrafamiliar ha habido de todo: peluqueros, albañiles, dibujantes –sobre todo dibujantes–, rimadores, arquitectos, ajedrecistas, ingenieros, telegrafistas, pero ni un solo abogado. Por esa razón todos se sorprendieron cuando anuncié que iba a estudiar derecho. ¿Edgard abogado? ¡No te lo puedo creer!

La causa del asombro no era solamente por la ausencia de “alcurnia jurídica” sino porque mi temperamento retraído chocaba con la imagen charlatana con que, erróneamente, suele estigmatizarse a los abogados: Entre más tapudo, más “bueno” es el abogado. O sea, que como yo no tenía semblante de pleitisto no iba a dar bola ni como alguacil judicial.

De adolescente no tenía carrera a la vista, sin embargo, ya en el diversificado, estaba seguro que escogería alguna relacionada con las ciencias sociales, descollando entre ellas la economía política, no por el componente económico, sino por el otro, pues por alguna insensata razón me parecía que yo tenía madera para político, al menos para político teórico, tipo Antonio Gramsci cuando estuvo en la cárcel, o León Trotsky, pero sin puñaladas por la espalda.

Me fui al servicio militar llevándome la idea que al regresar estudiaría sociología para luego cursar un posgrado en urbanismo, siguiendo la sugerencia de mi padre. Imaginar que me convertiría en el primer y único sociólogo urbanista me daba un poco de temor porque dudaba si lograría tener éxito en mi empeño de trasladar la capital de la República a Jinotepe, o a Sébaco (Alguien había sugerido ya esta última ciudad, así que me hubiese tocado seguir insistiendo).

Pero algo tendría que pasar para que me decantara por el derecho. Sucedió en junio del 86, en la Unidad Disciplinaria del Ejército. Me habían enviado ahí, sin fecha de retorno, supuestamente para castigarme por haber pasado más tiempo de lo autorizado en el último “pase” o permiso, como si la guerra se iba a perder por mi pequeña ausencia.

La Unidad Disciplinaria consistía en una prisión donde se permitía de todo a los militares, menos salir. Un martes a las ocho de la mañana nos llamaron a formación. Los internos estaban más alegre que de costumbre.

— ¿Qué pasa?— pregunté.

— Vienen los abogados— contestó un amigo, quien mostraba una satisfacción facial arrebatadora, como la que tienen los enamorados cuando conciertan la primera noche de pasión.

El oficial de guardia llamó uno a uno a los internos mientras sus abogados, todos con maletín, los recibían con una gran sonrisa y palmaditas en las espaldas. Los letrados abrían sus maletines de cuero (crop, crop)  y mis amigos se convertían en creyentes fervorosos de aquellos hombres de guayabera.

Al ver a los abogados, tan serios e importantes, casi sublimes, mis inclinaciones profesionales empezaron a variar.

— Está bonito eso de ser abogado— me dije, más en broma que en serio.

Con un pie todavía puesto en el ejército, entré a la facultad de derecho brincando de alegría, con la seguridad que algún día llegaría a ser presidente de la Corte Suprema de Justicia. La certeza me la daban mis amigos (“Vos serás magistrado o embajador”), aunque no sé si lo decían para que les diera trabajo cuando estuviera en las alturas.  Comoquiera, les agradezco los ánimos brindados y desde ya me disculpo si todavía me revisan los cepeefes para entrar a las oficinas del más Alto Tribunal.

Ahora que llevo ya bastantes años de ejercicio, me enorgullece haberme decidido por esta carrera. No me imagino haciendo otra cosa, salvo escribir una novela corta en mis días de retiro o tocar la batería de forma ocasional con mis amigos de La Calle.

A mis cincuenta septiembres tengo mucho por hacer. Y el barco Azul me lo recuerda todos los días.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6 comentarios en “Entre abogados te veas

  1. Edgard, creí que te habías visto influenciado por la Serie de televisión “Petrocelli” en donde su actor Barry Newman, interpreta a Anthony Petrocelli, un abogado en un drama criminalístico, por el cual fue nominado a los premios Golden Globe y Emmy. Primer episodio: 11 de septiembre de 1974; Último episodio: 31 de marzo de 1976; Número De Episodios: 45; Número De Temporadas: 2; Red: NBC.

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  2. Sí que tendemos a encajonar a la gente y las profesiones (pasa igual en el periodismo). Me parece que el mundo de la abogacía tiene tanta responsabilidad en un país, que me da cuchi cuchi. Si te fijas bien, las leyes, las sentencias, contratos, matrimonios, divorcios, custodias de hijas e hijos y mil cosas más. El Derecho atraviesa de costado a costado la vida de los simples mortales. Ojalá todos los abogados y abogadas fueran como como vos y tuvieran tu misma sensibilidad.
    Salud por el día del abogado.
    Mirna

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  3. ÁNIMO, ADELANTE ESTIMADO QUE LA SABIDURÍA DE LOS AÑOS BUSCAMOS EL ÉXITO EN LA VIDA Y DE LA MANO CON EL SEÑOR MEJORES BENDICIONES. SIGA NAVEGANDO EN ESE BARCO SIEMPRE SIN DETENERSE.

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