La fuga de Agnette

Por Edgard E. Murillo

Sobre el pasillo lúgubre presurosa camina Agnette. Lleva a flor de labios avemarías, jaculatorias y carmín. Sudorosa, tiembla de ansiedad, como si fuese a presenciar el estreno de una película donde ella debuta como actriz estelar. Vuelve la mirada hacia el zócalo cubierto de hojas que se desparraman sobre los escalones que bajan a un rellano empedrado, donde se detiene a tomar aire y reprimir los sollozos. ¡Qué bello este lugar! Entra a la habitación y termina de empacar; se da cuenta que lleva cosas de más pero apremian las horas. Se ve al espejo para apreciar el rostro cuya cabellera oculta por última vez. Seducida por la pasión que le reclama el mundo, empuja la puerta y baja los rojizos peldaños que dan a la calle, mientras la noche fría se entrega a la palidez de la luna que la penetra. Camina más aprisa, se detiene un instante para estimar lo que está dejando y pondera lo que intenta aventurar. Una tenue luz apenas define el contorno interno de la capilla. Oye voces tras de sí. Reanuda la carrera haciendo bambolear la maleta que carga los recuerdos de una inmerecida soledad. ¡Es hoy o nunca! Junto a un cartel de carretera espera un automóvil, al cual llega a zancadas; arroja sus pertenencias al asiento trasero y aparta mis preguntas con sus labios que entredientan una sonrisa nerviosa. Me dice que un poeta dijo que los verdaderos amores son aquellos que caminan desafiantes ante las tribulaciones, sin más escudo que la voluntad misma. Salimos de la ciudad, tomamos la carretera panamericana con rumbo sur; reduzco la velocidad y orillo el auto bajo un enorme árbol de chilamate cuyas hojas superiores se muestran argentadas, como lamidas por la luna que se agacha en el horizonte. Agnette se arrellana en el sillón, se descalza y deja la silueta húmeda de sus pies en el parabrisas; en la radio suena una canción de Roberto Carlos, una que está de moda y que habla de detalles tan pequeños de los dos. El cantar apresurado de las caricias desplaza cualquier recato impertinente. La frágil burbuja que marca distancia entre la prudencia y la impetuosidad se rompe, se hace lágrimas, saliva y sudor. Ella se abandona a sí misma, en una danza donde las mudas plegarias y los suspiros debaten la prevalencia. Luego, el remanso. Nuestros pechos empiezan a encontrar el ritmo de los mortales en tanto adivino la sonrisa de Agnette en la penumbra. Ella es iniciada en la vida que siempre quiso y que a pesar suyo no había podido ser. Gracias por haber llegado a mi vida, me dice, tomándome de las manos. No fui yo, le digo, ha sido Dios quien nos ha tentado de felicidad. Y desde esa noche,  sor Agnette, o como se llame, ha vivido conmigo con todo y maleta, en mis fervorosas y católicas ensoñaciones.

edvardmunchmadonna

Edvard Munch, La Madonna (1895)

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