Mis palabras desconocidas

Por Edgard E. Murillo

¿Alguien recuerda cuál fue la primera palabra que buscó en el diccionario? ¿Habrá sido pastizal, dintel, augurio, neumonía? Imposible saberlo. Cuando me encuentro con una palabra que por más que quiera no logro entender, antes que descienda la curiosidad por su significado, entro a Google, la escribo en la barra de búsqueda, hago click y tres segundos más tarde aparecen las opciones de respuesta. Si la palabra satisfecha es de las que engancha, es muy posible que no la olvide. ¡Bendito Google y demás buscadores! ¡Cuántas angustias me hubiese ahorrado el internet de haber existido cuando mis huesos no habían dejado de crecer!

El primer diccionario que tuve me lo regaló mi papá el día que nací. “Ya tengo el regalo para el niño” le dijo a mi madre. Acto seguido le entregó los tres tomos de pasta dura color verde del Diccionario Universal Ilustrado Larousse. Solamente conservo uno de ellos, el que comprende las letras de la E a la M, pues los otros se perdieron en el terremoto. En dichos libros balbuceé mis primeras lecturas, hasta podría decirse que allí aprendí a leer de corrido. Las ilustraciones eran en blanco y negro pero también había páginas satinadas con fotografías a colores intercaladas de forma sorpresiva y en la contraportada estaban las banderas y los nombres de todos los países, muchos de ellos que ya no existen o cambiaron de nombre, como Alta Volta, Yugoslavia, Formosa y la Unión de República Socialistas Soviéticas.

Cuando cumplí doce años mis padres encargaron los doce tomos del Diccionario Enciclopédico Salvat. Excelente presentación, páginas full color y, lo mejor, actualizado con las estadísticas de la carrera espacial. Los tomos llegaban de uno en uno cada dos o tres meses, lo que hacía de la espera todo un acontecimiento. Hace poco leí que esa monumental obra fue prohibida por la dictadura de Videla en la Argentina debido a que no hablaba mal de los comunistas, sin embargo aquí no fue prohibido por Somoza, talvez porque el dictador no supo (porque no leía) que en el tomo X decía que su padre había mandado a matar a Sandino.

Así pintado el panorama, creerán ustedes que lidié bonito con las palabras desconocidas, sin embargo, el destino también me jugó trampas, cuando en la pre-adolescencia y adolescencia, edades de mis primeras lecturas, me encontré con dos palabras exóticas que me causaron dolores de cabeza. La primera fue clítoris, y la otra, diversionismo.

Tenía trece años cuando una mañana de viernes fui a cazar garrobos y probar las aguas de la laguna de Tiscapa en compañía de cuatro amigos de mi colegio. Para entonces la laguna no estaba contaminada, o si lo estaba no nos dábamos cuenta. Después de chapotear un rato, nos sentamos sobre unas piedras a platicar con un hombre que pasaba por ahí, el cual se había detenido para advertirnos que ese lugar era peligroso. En algún punto de la conversación mis amigos, que eran dos o tres años mayores que yo, empezaron a hablar de mujeres, y claro, de sexo. El hombre tenía semblante de contador público, se mostraba condescendiente e ilustrativo, al punto que nos desveló algunos misterios de volumen y pigmentación que corroboramos después en las revistas Playboy, Oui Penthouse.

William, el más hablantín de mis acompañantes, para no quedarse rezagado en aquella exposición, le dijo al desconocido:

— Yo tuve una novia bien tranquila, pero lo único que alcancé a tocarle fue el clítoris.

¿El qué? Volví a ver a los demás, pero nadie dijo nada. ¿El qué? dije otra vez. El hombre hizo silencio, acaso porque talvez él tampoco sabía qué significaba esa palabra ajena al vocabulario usual. William bajó la cabeza, como apenado y todos hicimos lo mismo.

La plática descarrió en otros asuntos, nos vestimos y empezamos a subir el cráter haciendo bromas, pensando en la coartada que diríamos a nuestros padres y profesores, en caso que éstos hayan notado nuestra ausencia. Mientras caminaba hacia la parada de buses del cine México, yo me repetía “clítoris, clítoris, qué jodido será eso”. La parada estaba atestada de estudiantes porque ya era mediodía (olvidé decir que nos habíamos escapado del colegio porque ese día era de Pista y Campo), así que opté por cruzar el mercado para tomar el autobús a una cuadra de La Casa de Los Encajes.

No se imaginan la angustia que pasé; tuve que sobreponerme al calor y la incertidumbre de no saber no sólo qué significaba la palabra clítoris, sino que dónde demonios quedaba. Yo intuía que quedaba debajo de la falda, pero ¿Y si no quedaba allí?

Cuando llegué a la casa ni buenas tardes dije, abrí el tomo III del diccionario Salvat y busqué la susodicha palabra. Esto fue lo que encontré:

“Clítoris: (Del gr. Kleitorís, de Kleíeis, cerrar) m. Órgano pequeño, eréctil, alargado, situado en el ángulo anterior de la vulva.”

¿Órgano? ¿Eréctil? ¿Anterior? ¿Vulva? Como ven, no era una explicación del todo descriptiva para un niño, aunque la palabra “anterior” me daba ciertas referencias en cuanto a su posible posición geográfica. Esto se resolverá si encuentro el significado de vulva, me dije. Pero cuando revisé los tomos advertí que aún no había llegado el número XII, donde se encontraría seguramente la letra uve, de tal suerte que no pude saber lo que era clítoris sino hasta el lunes o martes que presté un libro de anatomía en la biblioteca de la escuela.

Tres años después de haber sufrido la penitente búsqueda del significado de la palabra clítoris, llegó otra palabra aún más confusa.

Durante las vacaciones de diciembre del ochenta y dos alisté mochila y me fui a cortar café a la finca Santa Martha, ubicada sobre un filo montañoso cerca de La Dalia, Matagalpa. Todo el país se estremecía de fiesta revolucionaria; los lugares cambiaban de nombres, y cómo no, empezaron a ingresar palabras de origen desconocido, por ejemplo “compartimentación”, y otras compuestas, tales como “internacionalismo proletario” y “centralismo democrático”.

Una tarde que estábamos en una reunión recibiendo orientaciones, no recuerdo quién de los mandamases del regional del Partido subió a la capota de un jeep y pronunció una arenga bastante peculiar.

“Compañeros: Hay que organizarnos y estar alertas, hemos tenido conocimiento que bandas armadas andan merodeando la zona, así que pedimos su disposición de no dar ni un paso atrás, pero también no caer en el juego del diversionismo ideológico”.

Cuando el orador se bajó del jeep, le pregunté a Silvia Elena que estaba a mi lado si sabía lo que era diversionismo.

— Ni idea, pipe. A mí no me preguntés babosadas que no entiendo — me contestó sin volver a verme.

— ¿A qué te suena?

— Pues me suena… Me suena a diversión.

— A mí también — le dije. Y nos fuimos a hacer fila para la cena.

Pregunté a los bachilleres y ninguno pudo decirme qué diablos era diversionismo, y menos diversionismo ideológico. El orador, el único que sabía el secreto, se había ido. No había ningún diccionario a disposición. Era una lucha entre la fonética de la palabra y el significado adecuado que le queríamos endosar.

Para cuando bajamos a Managua no tuve la molestia de buscar en el Salvat que qué era diversionismo porque ya había asumido que significaba algo relacionado a la diversión, en este caso, a la diversión ideológica, la que no era otra cosa más que reírse a costa de las desventuras y peripecias malogradas del enemigo. No me convencía mucho la definición pero era la que más se ajustaba a mi lógica y a la lógica de Silvia Elena, quien no se atrasaba en babosadas que no entendía.

Entonces, en virtud de las advertencias de aquél orador, durante un tiempo no me reí de las burlas que se hacía de la “reacción animal”, ni siquiera cuando escuchaba el programa radial satírico El Tren de las Seis. ¡No debía caer en el juego del diversionismo ideológico! Tuvo que pasar un par de años para que entendiera que diversionismo ideológico era una especie de engatusamiento velado, pues ni siquiera el Salvat tenía esa palabra en sus preciosas páginas.

Como ven, ahora todo es más fácil, ya uno no pasa las vergüenzas ni las tribulaciones al pretender buscar palabras tan escondidas como clítoris o diversionismo.

Dichosa la juventud de hoy, que encara lo desconocido tan solo oprimiendo una tecla. Sin embargo, hay algo de magia perdida. Ahora ya no tenemos el derecho a equivocarnos o cargar con la duda demasiado tiempo. Las palabras extrañas dejaron de ser divertidas, lo que me pone aciago, contrito, mustio, expugnable, inapetente, desvaído y arredrado.

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