¡Arriba, que son las cuatro y media!

 

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Por Edgard E. Murillo

Entreabro los ojos y según la disposición de ánimo me faltan dos o tres horas adicionales de sueño para enfrentar el nuevo día. El frío se cuela por las frazadas. Cierro los ojos con fuerza como si añadiendo más oscuridad se pudiese retrasar el canto de los gallos. Del fondo de la covacha se oye un ligero movimiento ocasionado por alguna mochila o el rozar de un edredón, seguido de una cantarina voz de mujer. Es María, la que todos los días, a la misma hora, anuncia en tono enérgico: ¡Arriba muchachos, que son las cuatro y media!

María solamente avisa una vez. Se escuchan chasqueos de labios y murmullos incoherentes. Cerca de la puerta trasera, la llama de un fósforo rompe la oscuridad y se posa sobre una candela puesta en una repisa de madera. Más de cuarenta personas empiezan el ritual de desperezarse. Cinco segundos después que la planta eléctrica inicia su rugido entrecortado, las luces se encienden, pero son apagadas de inmediato porque hay quienes duermen con pijamas. A duras penas encuentro mis botas, meto mis pies en ellas y sin amarrar cordones salgo hacia al sereno. Con los fusiles colgados en el hombro, cual zombis madrugadores, avanzamos hacia la cocina que parece un barco fantasma proyectando haces de luz por ventanas y rendijas. A medio camino nos entrecruzamos con otros zombis que salen de las covachas de Periodismo, Psicología y Zootecnia. Buenos días… Buenos días… Buenos días. En la cocina todo es ajetreo. Los fogones lanzan vivísimas bocanadas de fuego y las mujeres campesinas palmean tortillas rítmicamente, en forma similar a los aplausos matemáticos de algunas consignas que coreamos y que están pasando de moda. Hay una fila para el café negro y otra para la comida. El café es servido en vasos de aluminio, por lo que hay que descansar el vaso entre cada sorbo para no quemarse los dedos, esfuerzo que no dura mucho porque la mitad del contenido es chingaste o payán. Como no me gusta el café, bebo pinolillo con grumos, pues no hay agua tibia que permita una buena batida. El desayuno consiste en una porción grande, humeante y sopeada de frijoles en bala y una tortilla de maíz tamaño Long Play. Las mesas pronto son ocupadas y empiezan los intercambios de trozos de queso. Los fogones nos proporcionan calor, a pesar que los ojos lagrimean y que casi no hay lugar donde sentarse. Salgo al engramado que separa las covachas de la cocina. Al oriente, la negrura del cielo se descorre, poniendo verde lo que es verde y azul lo que es azul. Un nuevo día se asoma. Son poco más de las cinco de la mañana del 10 de enero de 1989.

No la pensé dos veces para apuntarme en los batallones de producción de la universidad, en realidad lo hice de forma compulsiva; necesitaba los aires frescos de los cafetales para asimilar los recientes acontecimientos de mi existir. Estoy convencido que el calor de Managua entorpece el proceso de pensamiento reflexivo, provocando que no pueda sacar lo mejor de mí, de tal suerte que cuando bajé del camión, hace exactamente un mes, tuve la certeza que también a la felicidad le importa la geografía.

Antes de venir a la Isla de Peñas Blancas nos hicieron pasar por un breve entrenamiento militar en una escuela de campaña a orillas del río Malacatoya. Fue solamente una semana, pero la sentimos de hule. Dos situaciones nos salvaron del hastío por esos días. La primera fue la noche que a Giovana, estudiante de sociología, nos despertó con unos gemidos bastante inusuales. Pocos cargaban con sus hamacas, la mayoría dormíamos en el suelo, varones a un lado, mujeres por el otro. Pasada la media noche, justo cuando las lechuzas cruzan el cielo batiendo las alas como aves prehistóricas, unas punzadas sonoras se esparcieron por la oscuridad. Era gemidos cortos y queditos. Inicialmente pensamos que alguien estaba soñando pero de pronto el volumen de los lamentos subió al punto que la sorpresa dio paso a risitas y a conjeturas asociativas. Había una penumbra total y un silencio de antología. Los gemidos precedieron a una especie de llanto, un llanto que lindaba entre el gozo y la desesperación, lo que puso en alerta a todo el mundo. Una de sus amigas habló por fin: “Giovana, Giovana, ¿qué tenés?”. Pero Giovana estaba tan cansada que no pronunció palabra y se volvió a quedar dormida. Media hora después se reiniciaron aquellos ruidos extraños, esta vez con características de dolor, hasta que fue la misma Giovana la que dijo que un bicho se le había metido al oído.

El otro incidente ocurrió en el río. A los varones se nos había indicado que teníamos que bañarnos en un sitio arenoso frente a una empalizada, y a las mujeres que debían de hacerlo sobre la misma margen, solo que a unos cuarenta metros río arriba, detrás de un promontorio de tierra que se metía en el Malacatoya como península, de forma tal que era imposible que  ellas nos vieran ni que nosotros las viéramos a ellas. La idea de la privacidad era buena, pero los genios que la crearon obviaron un factor importante: el arrojo patriótico de la juventud.

Una tarde que me bañaba con tres amigos, a uno de ellos se le ocurrió nadar hasta el centro del río para ver si desde allí se podía vencer el promontorio que estorbaba tener contacto visual con las bañistas femeninas. Así lo hizo y luchando contra la corriente, desde el centro del río, nos dijo a gritos que sí, que las estaba viendo y que a ellas no les importaba. Me lancé al agua como era de esperarse y empecé a nadar. Cuando calculé que estaba a unos quince metros de la orilla me detuve y giré la vista hacia mi izquierda. Cinco muchachas se bañaban con los pechos al aire, lavaban ropa y hablaban en voz alta. Al verme ellas hicieron algazara, invitándome a que nadara hasta donde se encontraban. Ellas se carcajeaban y hacían movimientos seductores con sus torsos pelados y sus caderas. La corriente me venció y no tuve más remedio que regresar. “¿Quiénes son?” me preguntaban los que se habían quedado en la orilla. No sé, les dije, creo que son las de Periodismo, aunque tengo mis reservas fundadas que son las de Psicología.

No soy rápido para cortar café. Por más que me esfuerzo no supero los cuatro medios. A veces me pongo en el plan, llego concentrado y desgrano con velocidad. Lleno una canasta, y al saco. Lleno otra, y al saco. Cuando voy por la tercera me entran las ganas de hablar o alguien me interrumpe, entonces allí se jode la cosa.  Si el otro día hice siete medios fue porque la Porfiria me regaló lo que llevaba cortado al mediodía. Sucedió así: Íbamos cantando en un plantío sombreado cuyo suelo estaba cubierto por varias capas de hojas cuando la Porfiria empezó a ponerse histérica. Se le había caído un arete que le había regalado su mamá.

— A quien lo encuentre le regalo mi café — dijo.

Nuestra escuadra se tiró al suelo en busca del arete, no por consideración a nuestra amiga, sino por ganar el estandarte de Cortador Vanguardia, que no es más que un varejón con una banderita que tiene pintada una “V”.

¿Dónde te detuviste? ¿Qué movimientos hiciste? ¿Te agachaste? Todo eso le preguntaba a la Porfiria, quien tenía la nariz hinchada de tanto llorar. Soy bueno para encontrar cosas pequeñas, sólo demoré unos diez minutos para encontrar algo dorado que brillaba en medio de unas ramitas podridas cerca del tallo de un cafeto maragojipe. La Porfiria me llenó de besos y sin más demora tomó el café que llevaba en su saco (que era bastante porque ella casi no habla cuando está cortando) y rellenó el mío. Todavía dio más para otro saco y para regalarle un puchito a César, quien amenazaba con aguar mi condecoración revelando el secreto. Ese día me dieron la bandera de Cortador Vanguardia por primera y única vez en mi vida de cortador voluntario.

Hoy creo que nos enviarán a un plantío lejano, cerca del peñón más grande, donde dicen hay una cascada. Como los peñones parecieran estar pintados de blanco, está claro lo de “Peñas Blancas”, pero lo de “Isla” no lo termino de entender. Tengo algunas conjeturas, pero las diré en otro momento.

Temprano llovió. Una nube se enrolló bajo los peñones aún después que terminó el aguaje, poniendo los cafetales grises, lodosos y fríos. Es triste cortar café con las manos mojadas. Si no cortás rápido se te pueden engarrotar los dedos o se te resbalan los granos maduros. Cando llueve nadie quiere marchar a los surcos, ni siquiera los cortadores tradicionales. El domingo pasado la María quiso que hiciéramos Domingo Rojinegro pero la lluvia nos salvó. Ojalá desista de semejantes barbaridades porque los domingos se hicieron para lavar ropa, escribir cartas y esperar los “barcos” de la capital. También es el día perfecto para leer. Cristina, de Ecología, me ha prestado Cien años de soledad, que espero terminar pasado mañana. ¡Me encanta el personaje de Pilar Ternera! Otros leen a Benedetti o a Mario Puzo; no sé de dónde salieron tantos libros de repente. Hay que aprovechar la luz del día para leer porque la que emana de las bombillas eléctricas es tan tenue que alumbra más el reflejo de los dientes.

Las noches son muy hermosas. Quiero decir las noches de cielo despejado, salpicadas por millones de puntitos que titilan en una sorda sinfonía. En algunos tramos, las estrellas se agrupan para formar manchas blanquecinas que atraviesan la bóveda celeste hasta difuminarse en el horizonte, en otros se muestran aisladas pero con carácter, dispuestas a suprimir nuestras palabras o hacernos sentir miserablemente sobrecogidos. Se me antoja que las hormigas y los grillos saben el secreto de las estrellas. Unas caminan siguiendo su curso y los otros cantan sus intensidades.

Viendo las estrellas estaba el viernes pasado cuando se me acercó una estudiante de Zootecnia.

— ¡Qué bello!— dijo.

— Sí, es impresionante — le contesté —. ¿Ves aquella constelación? ¿La ves? Es la Osa Mayor.

— ¿Las Siete Cabritas?

— Esa misma. Y aquella es Casiopea.

La futura zootecnista dejó de ver el cielo y me dice llevándose las manos a la cintura:

— No lo puedo creer, no lo puedo creer. ¡Quién iba a decir que los abogados tienen sensibilidad por las estrellas!

Nos reímos y tomé el comentario como un cumplido.

La Navidad estuvo bien alegre, mataron una res e hicimos una fiesta en la cocina. La carne con papas quedó sabrosa, la sirvieron con bastante arroz y tortilla. Como hizo mucho frío tuve que prestar un suéter que me queda chingorete. Cuando salimos de la UCA la mamá de Ariel le entregó dos camisas lanudas “una para vos y otra para Edgard”; pero Ariel, sin que se lo pidieran, en un acto de pura liberalidad o de amor al prójimo, le dio mi suéter a la Porfiria, quien hasta el día de hoy le ha retribuido con atenciones que yo no le puedo proporcionar.

También la música estuvo buena. No sé cómo le hicieron para conseguir un equipo de sonido y casetes de La Sonora Dinamita y Las Chicas del Can. María, al verme solo, tuvo la gentileza de hacerme una preselección de candidatas a novias. No sé por qué insiste en emparejarme con las estudiantes de Derecho, quienes se bañan con todo y ropa en el riachuelo que lava la pulpa nauseabunda que sale del Beneficio.

Ninguna brigadista ha salido embarazada, ni creo que saldrá, porque Alcides todas las mañanas, durante la formación antes de partir a los surcos, pasa regalando condones a las parejas melosas o a quienes andan ojerosos. La verdad este contingente es bastante calmo en asuntos de relincho. Para ser sincero sólo una vez escuché los sofocos y bramidos de una pareja que hacía el amor en la caseta abandonada que queda detrás del Puesto Médico.

Una semana antes de Navidad decidí pasar la noche en el Puesto Médico porque me tocaba posta en la madrugada y no quería caminar los casi trescientos metros desde la covacha. Me acosté a las ocho y media en medio de un silencio apenas interrumpido por una brisa leve. Hacia las nueve escuché el oleaje in crescendo que salía de los pulmones de la mujer. El tono era alto y sostenido, de pronto caía, pero en seguida retomaba el ritmo. Al día siguiente traté de comparar los gemidos con las risas de las potenciales sospechosas pero fue imposible. Las cuerdas vocales también se alteran en los menesteres del amor, sabrá Dios por qué.

Así como hay orgasmos de origen desconocido, como el de aquella noche, en los cafetales también se descubren talentos artísticos. Hoy mismo, antes de la cena, los de Derecho seguirán ensayando su coreografía de Tú y yo somos uno mismo, de Timbiriche. Piensan hacer una función en el acto de despedida a inicios de febrero. Richard es un buen bailarín, sin duda.

Pero son los cantantes los que se llevan las palmas. Hay un estudiante de tercer año de Ecología que canta igualito a Sandro, pero nosotros tenemos a Ariel, que canta mejor que José José cuando José José no se echa un trago. En las mañanas de sol, los cantantes animan los plantíos como si de prender escenarios se tratase. Hasta el chinandegano y el Maestro Antonio se lanzan al ruedo. Escucharlos aliviana la carga de los canastos que se van llenando.

Por hoy ya he pensado demasiado. Necesito concentración. Casi es mediodía y pronto vendrá el almuerzo, o sea, la caliente ración de frijoles en bala, arroz y tortilla. No voy a padecer en la cena porque aunque sea otra vez arroz con frijoles en bala, con la paga de ayer he comprado una libra de queso seco y un frasco de cebolla encurtida. Pero antes le ayudaré a Tito a organizar el rol de guardia y jugaré un poco de desmoche, no importa que pierda. Luego talvez escriba todo lo que me ha pasado por la cabeza el día de hoy. Quién sabe si dentro de treinta años estas notas me sirvan para acomodar mis memorias.

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(El Peñón de Peñas Blancas, Matagalpa.  Fotografía que me regaló María Xavier Gutiérrez, autora del blog Mujer Urbana)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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