Hinchapelotas

hincha-2

Por Edgard E. Murillo

Me considero una persona solaz y tranquila. No tengo temperamento de montaña rusa ni de explosiones súbitas. Con el paso de los años creí que aprendería a desarrollar algún tipo de carácter volátil para infundir miedo o respeto del cual pudiese echar mano en algunas situaciones. Imposible, amigos. No soy Tom Cruise para que mis rabietas caigan en gracia ni tampoco me interesa serlo. Sin embargo, se me hace difícil resistir el comportamiento de algunas personas, no importa que éstas sean las encargadas de poner a prueba mi paciencia y ganarme el ticket al Cielo si logro superar las ganas de estrangularlas.

Aquí tres perlas de esos personajes hinchapelotas, que ojalá algún día obtengan la piedad de Dios.

I

Ayer me urgía hacer algunas impresiones a colores, salí de la oficina a las tres de la tarde y tomé la Avenida Universitaria por la parte Norte (exacto, allí por El Chamán); pronto advertí que enfrente del primer portón de la Universidad Nacional de Ingeniería estaban puestos unos conos anaranjados. Bajé la velocidad y giré hacia la orilla derecha. Un policía carabarrosa, moreno y requenete, en lugar de acercarse a la ventanilla y escuchar mis explicaciones me salió al paso como quien dice pasame encima y vas a ver; reduje aún más la velocidad, pero el agente bajó la mirada para ver si yo rozaba su policial pierna con el guardafango. Cuando al fin me detuve saqué la cabeza y le dije:

— Buenos días oficial, voy para…

— No hay pasada — contestó, cortando mis palabras.

— Mire, voy a retirar unas impresiones que ya dejé pagadas, es aquí cerca…

— ¡No hay pasada!

— Oiga ¿cómo sabe para dónde voy si ni siquiera me ha dejado hablar?

— ¡No hay pasada!

No seguí insistiendo. La mujer policía que acompañaba al malcriado, seguramente de reciente graduación si se toma en cuenta que llevaba los labios pintados, se mostraba apenada. Me quedé un rato estacionado para ver si el policía tenía la capacidad de articular otras expresiones, para salir de dudas si aquellas palabas que empecinaba en repetir eran las únicas que había aprendido en la Academia. Pero como no disponía de mucho tiempo, giré en U y dije dos palabras para aplacar mi impotencia:

— ¡Buenas tardes!

Entonces el policía irguió el pecho y espetó:

— ¡No hay pasada!

II

Existen conductores que en las bocacalles o en los semáforos se quedan dormidos por algunos segundos, de tal forma que uno tiene que darles una pitadita para que se despabilen y continúen la marcha. Sin embargo hay algunos que exageran, se toman el tiempo como si fueran dueños del nuestro y, peor aún, se arrechan si uno toca el claxon. El problema no es solamente que se molesten o se arrechen sino que estos dormilones del volante (taxistas en su mayoría) hacen algo que detesto y que creo no poder seguir soportándolo: sacan la mano para indicar que pasemos volando encima de ellos. Se creen los graciosos haciendo “el avioncito” cuando son ellos los irrespetuosos, boludos y frescos que atrasan a los demás conductores. Cuando alguien me hace ese gesto que para mí es una ofensa –peor que me hicieran la guatusa –, quisiera que mi carro fuera el de James Bond: que tuviera ametralladoras calibre .50 escondidas tras los focos delanteros. Yo gozaría despedazando los carros de esos degenerados que creen que el mío tiene propiedades voladoras.

III

Hace un par de años fui contento a un juzgado del interior del país. Había elegido hacer la visita un viernes para completar de esa manera el círculo de mi felicidad: Nada mejor que hacer lo que a uno le gusta en su día preferido. Las casas de la justicia en los municipios son obras calcadas de un mismo diseño, así que ya me las sé de memoria. Como la puerta principal estaba cerrada pasé directamente a la oficina lateral izquierda donde se encuentra el archivo y las secretarias.

— Buenos días — dije sonriendo.

Silencio total. Talvez no me escucharon, pensé. Repetí el saludo.

— Buenos días — dijo entre dientes una secretaria peliteñida.

— ¿Se encuentra Naritza?

— Sí, pero está ocupada— contestó.

Quedé cinco segundos en perplejidad.

— ¿Será que alguien me puede recibir esto?— dije mostrando un documento. — Es un oficio del Juzgado Primero Civil de Distrito de Managua.

La secretaria, sin alzar la vista, con una vocecita burlona y señalando a tres personas que estaban sentadas cerca de la puerta, me respondió:

— Sí, pero antes tengo que atender a esas personas que vinieron antes de usted.

Asentí con la cabeza, aunque yo no le estaba obligando que me atendiera de primero.

Entonces la secretaria empezó hacer alarde de parsimonia que casi me desquicia. Se sentó frente a una máquina de escribir, corrió el carrete lentamente con su dedo índice, se ajustó el brasier, metió despacio, muy despacio, el papel y tecleó unas palabras; luego se levantó como impelida por un resorte, tomó un expediente y lo puso encima de otros que estaban apilados en el escritorio; indagó por la fecha y la hora, dijo gracias y en seguida le preguntó a una señora que estaba cargando un niño que cómo era su apellido, le dijo que se lo escribiera en un papelito; a continuación la secretaria sacó el papel sellado que tenía en la máquina y metió dos hojas previamente acomodadas a contraluz porque había un papel carbón entre ellas; se acordó entonces que estaba un señor esperándola, a quien inquirió por el número de su expediente (se lo había preguntado tres veces); abrió una gaveta de su escritorio, sacó de ella una bolsa que tenía un líquido negro y chupó de ella con frenesí por medio de una pajilla; cerró la gaveta, se prensó el anular y maldijo en voz baja; le dijo a la archivista que buscara el expediente del señor; entonces se acordó de las cédulas judiciales que recién había sacado de teypiar y se dispuso a firmarlas; era una firma dibujada, llena de círculos y trazos oblicuos; la archivista la interrumpió y le enseñó otro expediente que al parecer se había extraviado, ambas hicieron una mueca de alivio; la secretaria dijo en voz alta que le habían entrado ganas de orinar, se levantó y se fue al baño, regresó en tres minutos (menos mal); le dijo a otro señor que fuera al médico forense el lunes, que llevara su cédula, que cuidado se le olvidaba; luego subió el volumen del radio para contestar el celular. La plática, con muchas risas, demoró cuatro minutos. La secretaria peliteñida se tomaba el tiempo y se inventaba cosas solamente para no atenderme. Aquello era insufrible. Por fin, viéndose en la sin remedio, la mujer estiró la mano, tomó el documento y le puso la razón de presentado; me dijo que iba a ver la agenda para programar la notificación, se levantó y regresó a los cinco minutos con una manoseada agenda color verde; repasó las hojas como si estuviera viendo un álbum de fotografías antiguas y me dijo:

— Venga el lunes 9 a las 12 del día.

— Eso no será posible — le contesté —: Ese día es feriado por compensación.

La secretaria me quedó viendo como si le hubiera mentado a su hermana.
— El domingo 8 es el día de Nuestra Virgen Inmaculada Concepción de María — aclaré.

— ¿Quién dice?

— La ley — riposté con toda la satisfacción posible —. ¿No ha leído usted los artículos 66 y 68 del Código del Trabajo?

El rostro de la secretaria se puso morado; siguió buscando en la agenda y me dio otra fecha, luego guardó el Oficio con otras copias.

Cuando le pedí mi copia ella se negó alegando que faltaba una copia adicional, le dije que cómo iba a demostrar que yo le había entregado el documento, que mi copia era el soporte de mi gestión.

— ¿Y qué cree usted?— me dijo con cara de indignación—. En este juzgado somos gente seria. ¡Buenas tardes!

 

 

Anuncios

Un comentario en “Hinchapelotas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s