De muchacho a señor

elixir-juventud-3

Por Edgard E. Murillo

La vida pasa demasiado rápido, y adquiere velocidad, sabrá Dios por qué, en la medida que vamos acumulando años. Seguramente esto sea un asunto de perspectiva. Al ampliarse el horizonte vital como que el tiempo se dilata o difumina, superponiéndose nombres, eventos, lugares y personas. De ahí que los niños midan su tiempo en días y los adultos en años.

Cuando era impúber me preguntaba qué es lo que pensaba don José, el anciano carpintero del callejón, cuando sonreía sentado en una silla mecedora en el porche de su casa, cobijado por las hojas tricolores del almendro que infiltraban el resplandor de las tres de la tarde. Yo bromeaba: “Seguramente se está acordando de todas sus bandidencias”. No había otra cosa qué suponer porque loco no estaba. Entonces yo ni imaginaba que cumpliría los cuarenta años, eso era tan remoto como que algún día tendría un teléfono-computadora que alcanzara en la bolsa de mi camisa.

Hace dos años (talvez fueron tres) aproveché un espejo para confirmar algo que ya estaba sospechando desde hacía buen rato: que me estaba poniendo mayor. Adviértase que no empleo la palabra viejo porque no hay nada viejo, tan solo las cosas y las personas suceden en tiempos iguales y a la vez diferentes.

Es verdad sabida que no todas las personas arriban a la vejez de la misma manera. En mi caso los años llegaron de a poquito, como si hubiese estado subiendo cortos peldaños. 32, 33, 43, 46… Sin ningún tipo de sobresalto por una cana o una arruga impertinente. Pero una inquietud cosquilleó mi pecho cuando la gente repentinamente empezó a llamarme señor. Al principio lo atribuí a la edad de los que me lo decían, pero una vez dicha esa palabra, como propalada por una especie de contagio, todo el mundo empezó a dirigirse a mí de la misma manera. Señor, señor, señor…

No puedo precisar cuándo la gente dejó de decirme muchacho y empezó a llamarme señor. Antes yo era muchacho y ahora hasta los señores me dicen señor. Aclaro que me gusta que me digan señor, sólo que estoy preocupado por no haberme percatado exactamente de la transición de muchacho a señor. Cuando pasé de la infancia a la adolescencia fue un proceso lento, aburridísimo y expectante a la vez, pero de muchacho señor fue cuestión de meses.

Es posible que el espejo haya tenido algo de culpa en todo este desbarajuste. El punto es que yo casi no me veo la cara en el espejo. No necesito verme de continuo puesto que soy el mismo desde que nací. Solamente lo hago cuando me mido una camisa nueva y cuando me cepillo los dientes, sin embargo, en el primer caso veo solamente la camisa, y en el segundo, los dientes. Talvez si fuera mujer me viera con detenimiento la cara. O quién sabe.

Pero el espejo también nos puede jugar una mala pasada en el súbito brinco de muchacho a señor,  o de muchacha a señora, según sea. Hace unos días lo comprobé cuando hacía fila en un comedor que está cerca de la UCA. Delante de mí iba una mujer de treinta y algo; cuando la fila pasó por el espejo que está sobre el lavamanos me comparé con ella y, ¡sorpresa!, me vi “señor”. No es que la mujer me gustara, sino que ya me veo señor respecto a la gente de treinta. Pero enseguida me dije que talvez me veía señor por la camisa guayabera blanca que llevaba encima. Si hubiese llevado puesta una camisa casual verde, otro gallo hubiera cantado.

La escritora española Nativel Preciado inicia su libro Si yo tuviera 100,000 seguidores con esta frase: “Por mucho que llegue a vivir, mi pasado es más largo que mi futuro y ya he visto más de lo que me queda por ver.” Hice cuentas y es verdad: no hay manera posible que viva el doble de mi edad actual, pero como no he viajado ni he leído tanto como Nativel, no estoy de acuerdo que me quede poco por ver, y mucho menos por aprender. La vida no se trata solamente de longitudes temporales, sino de experiencias y de apreciaciones, de intensidades y de aprovechamientos. Ya no podré conocer los fiordos noruegos, pero sí los conoceré por medio de las novelas. Jamás escalaré el Kilimanjaro, pero he tenido la dicha de amanecer junto a la persona a quien amo.

He aprendido además que todo es cuestión de vivir momentos diferentes. Me miro señor respecto a los de treinta pero muchacho en comparación con los de sesenta. Como fuera, de ahora en adelante prometo estar pendiente de mis cambios faciales. No vaya a ser que de repente vuelva a ser muchacho sin darme cuenta, aunque sea un sábado por la noche.

 

 

 

 

 

 

 

 

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