Mensajes navideños

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Por Edgard E. Murillo

La víspera de Navidad me dediqué un rato a poner mensajes de texto a varios de mis contactos que tengo en el celular. Los destinatarios fueron aquellos que no llamé ni me llamaron en todo el año, esos que por mero trámite me pidieron que guardara su número pero que por diversas razones (cualquiera que se imaginen) me había resistido a borrar, con la certeza casi absoluta que ellos ya me habían eliminado de sus contactos por razones que desconozco y que no quisiera saber. Pues bien, no se trataba de mensajes típicamente navideños, sino de bromillas para el precalentamiento de la Nochebuena. Encontré a Rosalina y le escribí: “Hola mi curvilínea colega, Feliz Navidad”. Estoy seguro que Rosalina no tiene mi número de celular; una vez me lo pidió, hizo el cuadro que lo grabó pero siempre me manda razones gremiales con otros colegas, así que no debió saber quién admiraba su sinuosa figura. Luego envié un mensaje a Danilo, un amigo que conocí en El Naranjo, en la época del verdeolivo. Danilo me abordó el año pasado en Metrocentro saludándome con mucha alegría, me presentó a su familia y también hizo la mueca que anotaba mi número; yo no recordaba su nombre, solamente su apodo (El Diablo); por supuesto que yo anoté en mi directorio: Danilo-Diablo; entonces yo le puse por mensaje: “Estimado Diablo, espero pasés una feliz noche de las buenas”. Seguí buscando y hallé a Torrentes, a quien de chavalo le decíamos Papel de Oficio debido a su extrema flacura. Como supondrán mandé muchas felicitaciones a Papel de Oficio. A esas alturas ya me estaba carcajeando. Pero aún faltaba el mejor: mi amigo Mamerto. Mamerto es chinandegano, lo conocí en la universidad, pero yo había perdido su rastro cuando decidió continuar sus estudios en León porque no aguantaba la jodedera. Hace dos años me invitaron a una parrillada y allí estaba mi amigo con su esposa; cuando lo vi me emocioné y le grité “¡Hola Mamerto!”, pero Mamerto hizo como que no era con él. Me sentí contrariado. Yo estaba seguro que era Mamerto. Un amigo en común que estaba en la fiesta me dijo al oído que Mamerto ya no se llamaba así, que nadie lo llamaba de esa forma porque el primer trabajo que hizo Mamerto al graduarse de abogado fue cambiarse el nombre por Gustavo Alberto. Ah, así es la cosa, me dije. Cuando lo saludé su esposa me preguntó que desde cuándo conocía a Gustavo Alberto. Yo me puse a reír pero Mamerto me decía que “no” con la cabeza. Imagino que su esposa no sabe que él antes era Mamerto. Pero algún día lo sabrá. Bueno, el asunto es que le puse un mensaje: “Hola Mamerto, desde que sos Gustavo Alberto te las das de culazo, feliz Navidad”. Y le di enviar. Tres días después ni Rosalina, ni El Diablo, ni Papel de Oficio, ni Mamerto han respondido mis mensajes navideños. Eso les pasa por haberme borrado de sus contactos.

 

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