El secreto de Simonetta

simonetta

Por Edgard E. Murillo

Así como todos tenemos secretos más o menos inconfesables, no porque sean desvergonzados sino porque su revelación doblegaría nuestra imagen pública, contamos además con algunas virtudes escondidas que por alguna razón preferimos dejar en el anonimato. El balance entre lo que aparentamos y ocultamos arroja nuestra personalidad exacta, la que tenemos que matizar para ver si engañamos a San Pedro el día que nos vayamos al otro barrio.

Estuve tentado a narrar mis secretos, pero esta faena se la dejo a mis biógrafos, caso que lleguen a existir; en cambio, el único secreto de Simonetta, ese sí, ese sí merece ser contado, y si lo hago ahora es porque es tan insólito que nadie lo creería, y por la misma razón ella ni siquiera ha intentado censurar mi lengua para que no lo divulgue.

Sin ánimos de entrar en detalles inoportunos, diré que Simonetta es alta, delicada de maneras y amigable con el medio ambiente, pues ella ornamenta el lugar donde esté. Le gusta caminar descalza sobre la playa, también leer las líneas de las manos y tomar café sin azúcar siempre a la misma hora. En otra vida, según me dijo, había sido coleccionista de mariposas y marchante de arte; de ahí su afición por pintar amplios espacios azules con aleteos monocromáticos.

Simonetta es pródiga en contar historias, todas ciertas, pero cuyos desenlaces son aderezados por su fecunda imaginación. Una mañana llamó para decirme que la fiesta de quince años de su sobrina fue cancelada porque la muchacha había salido embarazada.

— El problema es que ahora los padres de los chambelanes están demandando a mi hermana por daños y perjuicios ocasionados por haberlos hecho comprar innecesariamente trajes satinados. ¿Entendés eso? Necesito dinero.— dijo con tono de aflicción.

Otro día me contó que cuando tenía seis años la mordió un vampiro en la oreja derecha y que desde entonces había aprovechado los agujeros para ensartar los aretes que llevan sus iniciales. En realidad, los agujeros parecen dos conos invertidos, mas dudo mucho que el vampiro haya colaborado para acrecentar su galanteo.

 
Pero no son las historias arregladas de Simonetta lo que me gusta de ella, sino su obsesión de aprender a volar. A pesar que levita desde que tiene cinco años, no puede sostenerse por más de seis segundos. Yo le digo que es cuestión de práctica, pero su impotencia la hunde en depresiones constantes. A veces se suspende del piso sin querer, como cuando estalla en carcajadas o ve una película que la hace llorar. Aunque le gusta el flotamiento –como ella prefiere llamar a su virtud–, se ha llevado varios sustos cuando lo experimenta dormida. Una noche despertó y estaba a dos metros de altura, cayó y se fracturó una clavícula.

 
Me contó su secreto cuando le pregunté sobre lo que más le encantaría hacer. “Volar”, dijo. “De hecho vuelo un poco cuando me río bastante”. Después de esa confesión iniciamos un contagio mutuo de risas y carcajadas por veinte minutos, hasta que ella flotó diez centímetros a ras del suelo. Fue maravilloso ver a Simonetta suspenderse en el aire; a veces se inclinaba hacia adelante demasiado y tenía que arquear la espalda, como hacen los bebés cuando quieren recuperar el equilibrio. Recuerdo que me dijo que se sentía más bella que Nadia Comaneci. Yo le di la total razón.

El domingo pasado la acompañé a la playa para intentar volar más alto y más rápido. Llevaba un vestido blanco y los labios pintados de rojo fucsia. Corrió sobre la arena dando brincos y fue a sentarse cerca de las lenguas espumosas de la marea. Se había descalzado porque le parecía que eso facilitaría la levitación.

— Hoy es un buen día para volar— le dije.

— Sólo quiero relajarme lo más que pueda— contestó, y acto seguido cerró los ojos.

Ella buscaba sus maneras para conseguir su propósito. Primero cantó, luego se hizo cosquillas en los pies y recordó todos sus momentos felices, desde que botó su primer diente de leche hasta la tarde que le mariposeó el vientre por las caricias que se propició de adolescente. Pero no logró alzar vuelo.

— ¿Y si nos besamos?— le dije, buscando cómo sacar provecho de la situación.

— No, qué va— contestó—. Lo he intentado con mis novios y nada.

Desilusionada, Simonetta empezó a andar por la playa. Caminaba suave, dejando apenas la marca de sus pies sobre la arena húmeda.

Y de pronto se elevó. Vi cómo sus tobillos se despegaban lentamente de la superficie, como aupada por una ráfaga de suspiros. Apresuré el paso y yo gozaba tanto como ella. Subió un metro, luego dos…

Cuando Simonetta logró superar los cinco metros de altura extendió sus brazos y empezó a cantar. Creo que voló unos dos o tres minutos cuando emprendió un descenso en contra de su voluntad. Al pisar el suelo no podía disminuir su felicidad.

— ¿Cómo lo hiciste? — le pregunté.

— No lo sé— respondió—. Creo que pude volar porque sabía que estabas abajo para atraparme en caso que cayera.

Después de ese día, Simonetta ha persistido en sus intentos de aprender a volar. Por mi parte he brindado toda la asistencia posible, pero debo confesar que no deseo que ella vuele demasiado. No la quiero verse perder en los cielos, aun sabiendo que está fuera de mis alcances mundanos.

 

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