Alfredo, el viajero

caminante

Por Edgard E. Murillo

Sin repensarlo Alfredo se dio cuenta que estaba muerto desde que abrió los ojos. Habitaba en él una sensación similar al abandono, carente de centro de gravedad, diferente al sueño o al éxtasis sensual. Siempre le había perturbado la idea de cómo sería la muerte y ahora estaba ahí, ávido y solo, sin más cuestionamientos que la propia perplejidad. Lo cegó un resplandor, pero en lugar de caminar hacia él como dispone la leyenda urbana, hizo un rodeo para adentrarse en una escena cada vez más espaciosa, blanquísima, donde apenas se dejaba ver el piso para no perder el paso.

Después de andar por un rato Alfredo avistó un hombre que estaba sentado sobre el horizonte. A medida que se acercaba a él recordó un relato de Jean Paul que había leído de adolescente, en el cual un hombre se había quedado dormido en el campo y soñó que despertaba en un cementerio. Las tumbas estaban abiertas y los portones de hierro del camposanto se abatían por manos invisibles, reinando en el lugar sombras y quejumbres que emanaban de las entrañas de la Tierra. En el relato el hombre encuentra a Jesús, ante el cual todos los muertos claman: “¡Cristo! ¿Hay Dios?”, y el Nazareno responde compungido: “No, no existe”.

A pesar que Jean Paul no tuvo por propósito que se dudara de la fe, sino todo lo contrario, a Alfredo siempre le impresionó el relato, no por la posibilidad aterrante de que Dios no existiera, sino porque imaginaba la suprema desolación de Jesús por haber predicado en vano.

Pero no; aquél hombre que esperaba sobre una plataforma luminosa no era Jesús. Pensó que era alguien que, como él, se había perdido. Alfredo notó que el hombre no llevaba calzado, por lo que supuso que había dejado de andar por esa causa, así que decidió entablar conversación.

— Amigo ¿Para dónde se dirige?

— No lo sé — contestó el extraño —. La verdad no sé si vengo o voy.

La respuesta inquietó a Alfredo porque él mismo empezaba a confundir las cosas. Sabía que se llamaba Alfredo pero los eventos que había visto justo antes de morir se le presentaban de forma arbitraria e incoherente.

— ¿Hace cuánto murió usted? — preguntó nuevamente Alfredo.

— El tiempo aquí es una ilusión — suspiró el hombre, quien sin levantar la vista añadió—: Por tanto no hay medidas, sólo imploraciones de vida y muerte, que viene siendo casi lo mismo.

Aquél hombre taciturno y huraño le resultó molesto a Alfredo; no se podía fiar en alguien que ya muerto estaba empecinado en negar indicaciones precisas, por lo que decidió continuar la andadura sin preguntar nada a quienes pudiese encontrar.

Durante el viaje se maravilló de cosas extrañas. Vio una mujer con alas algodonadas en estado de embarazo que lloraba aparentemente de felicidad; vio un río que se elevaba en diagonal el cual jamás se perdía de vista porque allí el fenómeno de la perspectiva carece de prevalencia, y vio tres soles ciegos que se entrecruzaban como átomos caprichosos. Le pareció que la gente erraba en círculos, pues se encontró con las mismas personas una y otra vez, sorprendiéndose que en algunas ocasiones se le mostraran viejas y en otras muy jóvenes. Ante la imposibilidad de ver su propio rostro, Alfredo supuso que él también envejecía y rejuvenecía con idéntica suerte, cosa que no le gustó para nada.

Quien sabe cuánto tiempo después Alfredo llegó al borde de un precipicio. Abajo, un mar en movimiento, de fríos y opacos colores, parecía tener vida propia. Una corriente arrastraba a otras más pequeñas y las hacía girar en círculos que luego se dispersaban raudas para reiniciar el ciclo. Para la vista aquello no era agradable, pero había en ese fluir algo cercano a la música. Y fue esa música la que remontó a Alfredo a sus más primitivos recuerdos, incluso a aquellos que nunca logró asir cuando estaba con vida puesto que habían sido sepultados por miles de capas que suelen llamarse experiencias cotidianas. No sintió nostalgia por lo que fue su vida ni por la vida misma. Los recuerdos le hicieron creer que la muerte puede hacernos recordar todo, pero en seguida sospechó que talvez no se trataba únicamente de sus propios recuerdos, sino también los de otras personas.

¿Y si ese mar se trata del cerebro de Dios y nosotros no somos más que sus neuronas?, se preguntó.

Atribulado y más confundido que cuando llegó a ese lugar, Alfredo aspiró profundamente y empujó su cuerpo hacia adelante. Un poderoso escalofrío invadió su estómago. Conforme caía boca abajo los recuerdos empezaron a descalabrarse; algunos se aferraban a su ser primitivo, otros se desprendían como la escarcha en las superficies secas. Las vestimentas que llevaba encima habían desaparecido y su piel adquirió un aspecto traslucido y delicado. No supo en qué momento entró en un canal estrecho en cuyo extremo habían luces que variaban de intensidad.

Escuchó voces.

— ¡Ahí viene! ¡Puje! ¡Puje!

Alfredo, desprovisto casi totalmente de recuerdos de su vida anterior, los que terminaría de olvidar en pocos años, volvía a nacer en este mundo, desamparado, íngrimo y demasiado humano, como tantas veces lo había hecho. Solo que esta vez se llamaría María.

(Fotografía del Salar de Uyuni, Bolivia)

 

 

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