Del agua surge el amor

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Por Edgard E. Murillo

La mujer asienta sus pies con prudencia sobre la arena y los guijarros; el hombre avanza un paso atrás observando la rabadilla de su acompañante que se sumerge lentamente en la laguna. Cuando están cubiertos hasta el cuello, ambos se observan a los ojos manteniendo una sonrisa que dice más cosas que las que pudieran decir las palabras. Se acercan, rozan sus pies y se besan, primero lentamente, después con la intensidad palpitante de la cercanía. En una movida audaz, la mujer rodea con sus piernas al hombre y éste la empuja hacia arriba aprovechando la ligereza de los cuerpos bajo el agua. Y de nuevo las miradas cómplices y las piernas que se trenzan, como si se tratase de dos frentes de batalla: la fragua de los besos en la superficie y el ejercicio de las caderas en la privacidad subacuática. El amor, acuoso y confabulado, se abre paso sin pudor.

Puedo apostar que arrumacos tan vehementes como el relatado, de los cuales fui testigo visual muchas veces en las azufradas aguas de Xiloá, no se los prodigarían jamás en tierra firme las parejas involucradas. Como que el desparpajo de las hormonas encuentra comodidad en los procesos de apareamiento cuando estamos inmersos en el agua, sea salada, dulce, fría o tibia, en una piscina o en mar abierto. Debe haber alguna conexión entre el agua y el amor, pues lo uno no puede estar sin lo otro, al punto que en lugar de decir uña y mugre, debería de decirse agua y sexo.

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Fue durante la Semana Santa de 1983 donde confirmé la influencia del agua en los menesteres de la carne. Había llegado al centro turístico de Pochomil a las nueve de la noche del miércoles en compañía de Pancho y el Capi, amigos con los cuales no compartía absolutamente nada en común, salvo las ganas de vagar. Aunque el calor todavía no se había desprendido de la arena y el embaldosado, dispusimos recorrer las instalaciones para confirmar que lo que estábamos viendo no era un espejismo. Pochomil, que dos años antes era una raquítica población de pulperías y enramadas con roconolas, estrenaba malecón, chozas, puentes, plazoletas, restaurantes y áreas verdes, en medio de una irrefrenable algarabía, como se nos antojaba que fuese la playa de Copacabana. En el extremo sur del balneario, al pie de un cerro que caía abruptamente a la playa, había un bailongo que mostraba ser el más alegre de todos. Decidimos entrar allí, no tanto por la potencia del sonido como porque la disco-móvil ponía Billy Jean de Michael Jackson cada veinte minutos.

El local estaba atestado de jóvenes que bailaban con las mochilas puestas porque no había mesas ni sillas disponibles donde ponerlas. A falta de meseros uno tenía que pedir las cervezas en la barra y regresar las botellas vacías al mismo lugar para tener derecho a otra ronda. Gracias a una pareja que nos indicó que ya se retiraban, nos pudimos sentar en una mesa que estaba cerca de la puerta. De esa forma escapamos de morir asfixiados por el humo de los cigarrillos y el olor a pescado frito. Por lo demás, la pasamos bien, admirando los pases de baile y chocando las botellas para celebrar nuestra entrada triunfal a la juventud.

Hacia la media noche dije a mis amigos que quería caminar un rato para bajar el efecto de las tres cervezas que había tomado. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a tales ingestas, por mucho Billy Jean que hubiese bailado; así que salí del lugar y caminé por la playa con rumbo a Masachapa. Apenas hube dejado el jolgorio de Pochomil empecé a ver desparramadas sobre la arena a tres parejas que copulaban a diferentes ritmos. Una lo hacía de forma pendular, otra de manera trepidante y la última como caballito. Me causó sorpresa que ninguna tenía prenda de vestir encima. Creí que se trataba de alguna orgía entre amigos, pero al alzar la vista noté que la situación era más asombrosa de lo que suponía. La luz de la luna me ayudó a distinguir más cuerpos que se movían frenéticamente uno encima de otro tanto a mi izquierda como a mi derecha. No estaba seguro si en todo ese tramo de playa estaban siete, doce o más parejas realizando el mismo trajín. Mi corazón aceleró sus latidos cuando una mujer que estaba encima de un hombre gimió de tal forma que contagió a las demás, provocando un ulular que rompió el equilibrio de la noche. Por un momento pensé que todas esas personas habían salido del mar expresamente para sólo esos efectos, como lo hacen las tortugas para desovar. También pasó por mi cabeza la idea que se trataba de alienígenas que desfogaban sus instintos para quien sabe qué propósitos de colonización. Para un jovencito de dieciséis años aquello era muy revelador. Somos del agua, me dije. Y seguí caminando a través de la noche.

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Seis años atrás ya había sido testigo de un espectáculo que tenía que ver mucho con el mar y todo lo que le es anexo, conexo o dependiente.

Mi madrina Irma, más mexicana que José Alfredo Jiménez, como en otras ocasiones me había pedido prestado para pasar un fin de semana en Huehuete, que para entonces era una escondida playa en el litoral Pacífico. La tarde caía cuando nos adentramos en el camino pedregoso que separaba Casares de nuestro destino. Yo estaba ansioso por llegar porque me gustaba ver el rompimiento de las olas sobre un conjunto de rocas donde la gente se metía para ver las cortinas verduzcas de agua salada descender frente a sus ojos. Mientras transcurría el viaje yo apreciaba el efecto que el cielo color naranja hacía contra la vegetación y las piedras apenas cubiertas de zacate seco. A la vera del camino había algunas casas de recreo engalanadas de flores veraneras. Pero solamente una de ellas acaparó la mirada de los pasajeros que íbamos en la camioneta.

Tras un muro de piedras sobresalía una casa con terraza cortada por pequeñas torres que emulaba un castillo medieval. Sobre la explanada una pareja retozaba acostada entre sábanas blancas. La mujer estaba boca arriba acariciando con su pierna, bronceada y torneada, la espalda de su amante. El viento soplaba agitando levemente las sábanas sobre aquellos cuerpos que celebraban esa tarde la comunión idílica entre la brisa del mar y el placer. Las mujeres mayores que iban en el vehículo se sobresaltaron y gritaron como si hubiesen descubierto un tesoro. El conductor de la camioneta aminoró la velocidad sin percatarse que llevaba niños, algo que le agradeceré por siempre. Recuerdo perfectamente cada movimiento y hasta el color de las uñas de la mujer. Pero sobre todo recuerdo el espectáculo porque junto a ellos estaba una radio que sonaba a todo volumen una canción de Abba.

Ese encuentro íntimo tuvo que haber tenido consecuencias sucesorias, pues en ese lugar, hora y circunstancias, no podía salir nada por la tangente. Si como efectivamente creo hubo producto, en la actualidad ese producto tendrá unos cuarenta años. Me encantaría conocerlo y decirle: “¡Oye, yo vi tu concepción! ¿Verdad que el mar es precioso? ¿De casualidad te gusta Dancing Queen?”

Estoy que seguro que él o ella me dirá que sí.

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4 comentarios en “Del agua surge el amor

  1. Tremendos recuerdos, realmente no tengo nunguno de ese tipo, a los varones de mi tiempo los dejaban salir solos a las niñas no. Pero, me encantó tu relato, fresco,ameno,muy bonito. Gracias por compartirlo.

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