¿Inmortal? No, gracias

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana lo primero que pensé al abrir los ojos fue que a la eternidad se le antoja manifestarse de diferentes maneras, pero por muy breves momentos. Puede ser capturada en un inesperado suspiro, en el trinar de un pájaro dominguero, en el olor a tierra mojada e incluso en cosas que nada tienen que ver con el tiempo, porque si uno piensa en medidas temporales la sensación de continuidad ad perpetuam se descalabra y degenera en asunto de efímera existencia. No vaya a creerse, sin embargo, que las eternidades surgen cuando uno quiere. A veces ni siquiera nos damos cuenta. Suele ocurrir que un instante perpetuo se nos escurra de las manos cuando creíamos tenerlo de los pelos y no hay cosa más difícil que recuperarlo o que se repita con solo anhelarlo. Convertirse en cazadores de eternidades es lo más tenaz de este mundo. 

Estaba, pues, tumbado en mi cama, pensando en la perennidad de los instantes, cuando la idea de la eternidad vital de las personas provocó que intensificara mis reflexiones. Hay gente que ha vivido mucho, en ocasiones más de lo normal. Según la tradición pentateuca, Adán y Eva fueron inmortales antes que Dios los pusiera de patitas en la calle. Sin embargo, siendo ya castigados por desobediencia,  empezaron a envejecer hasta que murieron a una edad bastante avanzada: Adán de 903 años y su mujer, de 987, o sea que ésta vivió más tiempo que el mismísimo Matusalén.

Lo que me causa intriga, sin embargo, lo que realmente me inquieta, no es la edad del fallecimiento de ambos, sino los años que tenían cuando fueron creados por el Hacedor Universal. ¿Qué edad tendría Adán cuando Dios lo sacó del barro e insufló en él la vida? ¿Y cuántos Eva al salir de la costilla? ¿Dieciocho? ¿Veintidós? (Una versión inversa, es decir, Adán surgido de la costilla de una mujer, hubiese explicado muchos apegos edípicos o sensuales de difícil entendimiento).

Me resisto a creer que Eva, al momento de ser creada, tenía menos de cuarenta años. Una mujer de veinte o treinta que deambula desnuda en el Paraíso junto a un hombre, también en pelotas, en lo que menos pensaría sería en eternidades o en las consecuencias de morder el árbol prohibido. En cambio, una mujer madura, aunque también pensase en los placeres como medio auténtico para sobrellevar la vida, ocuparía su mente además en asuntos filosóficos, como la trascendencia, o en el ciclo de los astros en las noches sin luna. Así que lo más probable es que Eva tendría unos cuarenta y pico cuando se presentó hecha y derecha ante Adán.

Agradezco a Eva por haber ofrecido el fruto prohibido a su compañero, pues de no haber cometido la transgresión, todos seríamos inmortales, lo cual debe ser terrible para todos los efectos, así sea que estemos a gusto de vivir en el planeta Tierra o en el Jardín del Edén.

Cuando iba rumbo a mi oficina seguí dándole vuelta al asunto de la inmortalidad. Recordé que de niño jamás pasó por mi mente la posibilidad de que pudiera morirme, salvo cuando me dio diarrea en las playas de Jiquilillo después de haber comido dos docenas de hicacos crudos. Fue una experiencia cercana de muerte bastante traumática. Desde entonces no pruebo ese fruto, ni siquiera curado en miel.

De joven uno no se quiere morir, no tanto por el instinto de conservación como por egoísmo. Suena por todos lados aquello de que hay “mucho por vivir”, aunque no se sepa cómo ni para qué. Pero los años pasan y empezamos a reflexionar sobre estos temas que a las religiones y a la ciencia ficción les encanta acaparar.

No me gustaría ser inmortal. No morir nunca es como no dormir jamás, lo que sería sin lugar a dudas una soberana grosería. Fue suficiente el siguiente experimento mental para entrar en pavor. Supongamos que este fin de semana encuentro a una anti-Eva en un centro comercial y me ofrece un fruto que contenga la cualidad de la perpetuidad. Digamos que me convence. Al morder el fruto queda congelado el envejecimiento y no me matará jamás un rayo, ni estacas clavadas en el corazón, ni Kryptonita, ni nada. Con toda seguridad estaré contento por muchos años, estableceré nuevas amistadas y con gran dolor veré el cortejo fúnebre de mis seres queridos y amigos, hasta que me quede íngrimo generacionalmente hablando. Entonces tendré que emigrar a varios países para despistar mi origen y los años a cuesta.

Ya para el año 2061 ninguno de mis amigos de mi generación estará vivo. Sólo yo. Habré aprendido para entonces alemán y francés, pastelería y macroeconomía, y es muy probable que también técnicas de cirugía estética para vivir de eso. La única ventaja sería quizás que haya aprendido (por fin) a bailar. Luego de eso todo sería peligroso y aburrido. Pero, ¿qué pasaría si pierdo “el sentido de la vida” a los 359 años y se me antoja no seguir viviendo? ¡Estaría vivo en contra de mi voluntad! ¿Verdad que es aterrador?

No, definitivamente la inmortalidad no es ganga, pues, como dice Borges, dilatar la vida de los hombres es dilatar su agonía, o multiplicar el número de sus muertes. Y para muertes basta con una sola.

Eva, te debemos una.

O más bien: ¡Te la debemos todas!

adan

Adán y Eva expulsados del Paraíso, de  Charles-Joseph Natoire, 1740 (Museo de Arte Moderno, Nueva York)

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2 comentarios en “¿Inmortal? No, gracias

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