Los recuerdos no siempre recuerdan

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Por Edgard E. Murillo

En materia de confidencias no siempre recuerdo con quién y hasta dónde suelto la cuerda, por eso son muchos los que saben de mí y poco lo que sé de los demás, algo que no me inquieta demasiado, pues espero que estos tengan mala memoria o que la vida les haya arrugado la cabeza de tantas visiones y sueños logrados o truncados hasta confundir mi persona con un lejano pariente o alguien repasado en alguna conversación casual. Sin embargo, como explican los siguientes ejemplos, el tiempo produce efectos caprichosos que pueden desembocar en olvidos inexactos o recuerdos insospechados.

Siendo jovencito tuve dos novias simultáneas, no por prurito machista, sino por razones eminentemente académicas. Cierta tarde de noviembre, que es el mes cuando el sol se acuesta temprano, Ernesto me encontró con Marlene en el parque Las Piedrecitas; le dije que andábamos buscando helados Frets y él se lo creyó. La semana siguiente Ernesto, que volvía a pasar por el mismo lugar porque estudiaba en el colegio nocturno colindante con el parque, me encontró con Susana. Le dije que yo era fanático de los helados y él, como buen amigo, se lo creyó. Ernesto era un muchacho serio y formal, católico y de una sola novia, con quien se casaría por predestinación. Varios años me persiguió el remordimiento de haber mostrado una falsa imagen frente a mi amigo. Hace poco no pude eludirlo cuando lo encontré de paseo en el puerto Salvador Allende; lo saludé y me preguntó si aun me gustaban los Frets; le contesté que cómo se acordaba de eso y exclamó con los brazos abiertos: “Jamás podría olvidarlo”, para luego rematar: “¡Fuiste mi héroe!”. Como ven, nada se olvida ni se recuerda de la misma manera, pues las personas llevan los recuerdos a como les conviene, no solo los propios sino también los ajenos.

Mi profesora de inglés técnico me confesó la tormentosa relación que sostuvo con un farmacéutico llamado José Armando durante los últimos años de la guerra. Después de adentrarse en las aguas navegables y no navegables del amor, se enfrascaron sin querer en discusiones y mediciones de fuerza que terminaron en desbarajustar lo que las caricias habían construido con esmero. La ruptura duró tres meses y en ese período se ofendieron con todo. Mi profesora creyó que así como habían estirado el amor para probar su consistencia, se podían apuntalar adrede las desavenencias para ver si estas se tornaban en odio, hasta que un día, después de infames insultos recíprocos, la pareja tomó caminos que prometieron no volver a cruzar jamás. “No quería saber nada de José Armando” dijo mi profesora. “Pero el odio reculó cuando conversamos la semana pasada”.

Sucede que José Armando se topó a mi profe en el segundo intento de aprobar el examen TOEFL. Cuando empezaron a sacar el inventario de los agravios que cada uno recordaba, se dieron cuenta que las versiones diferían. El rencor, contumaz y perverso, se había alimentado de sus propios desperdicios. No se trataba de recuerdos alternativos, que algunos llaman antimemoria, sino de algo distorsionante que amplificaba o ninguneaba los hechos aprovechándose del egoísmo atrincherado. Antes que compartieran versiones, José Armando y mi profesora de inglés habían escrito cada quien su historia en la medida de su rencor. Estoy seguro que ahora reescribirían las cosas desde otro ángulo.

Con la percepción de los hechos colectivos ocurre algo semejante: cada persona los experimenta dependiendo de su grado de sensibilidad, del lugar donde los aprecie o de otros factores, como la cantidad de ventajas o desventajas que obtuvo del hecho vivido o analizado. Cada quien tiene su “verdad”, la que habrá de acomodar con las verdades de los demás para configurar una verdad más o menos total.

Pero a veces ni siquiera una verdad “total” puede ser enteramente cierta. ¿Quién garantiza que lo escrito en un texto de Historia fue lo que realmente pasó en la misma intensidad como sucedió? ¿Cuántas zanganadas las tomamos como actos heroicos? Me abstendré de ejemplos para no blasfemar, pero es posible que la mitad de las historias religiosas que conocemos tuvieran una motivación más prosaica que espiritual. Ténganse en cuenta que no estoy dudando de la existencia de un hecho, sólo insinúo que pudo haber acontecido por causas ajenas a las consabidas, en el mejor de los casos, porque del mismo modo que muchas parejas jamás tendrán la oportunidad de sentarse para ajustar sus recuerdos, así también la Historia se ve limitada, a propósito o no, de mostrar las verdaderas motivaciones de los acontecimientos que hemos aceptados como históricamente verídicos.

Por mi parte seguiré repartiendo confidencias, cada vez más discretas, con la esperanza que las demás personas me ayuden a recordar mejor mis recuerdos para goce y tranquilidad mía.

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