Los visitantes del planeta cuadrado

Por Edgard E. Murillo

En el tentáculo más sobresaliente de la última galaxia había un mundo cuadrado con dos lunas que giraban de forma desordenada. A veces las lunas amenazaban con desprenderse de la órbita porque cada vez que pasaban por las esquinas del astro sufrían alteraciones gravitacionales, ocasionando alejamientos y acercamientos repentinos.

Los únicos seres de ese singular planeta tenían las extremidades inferiores recubiertas de piel, sin pelaje y con un gonce a medio camino para facilitar la locomoción. Poseían además un aparato reproductor camaleónico, oblongo y retráctil, que parecía tener vida propia. El tórax estaba ocupado por una suerte de muralla con escamas, y los ojos, redondos e inexpresivos, jamás se cerraban, ni siquiera con la muerte.

Cuando los habitantes del planeta cuadrado visitaron la Tierra durante la cuarta glaciación, se maravillaron por las montañas y las cataratas, los equinoccios y el sabor dulzón de las aguas. Cierto día, Urghus, el jefe alienígeno, se adentró por los mares del sur en busca de una especie con la cual aparearse y generar descendencia, pues la suya daba muestras de agotamiento genético debido a los abruptos efectos gravitatorios de Orel, el planeta cuadrado. Mientras daba un rodeo a una isla de filosos acantilados, vio emerger cerca de la costa a unos seres que le subyugaron de inmediato. Se trataba de una entidad parecida a los habitantes del planeta cuadrado, solo que de forma inversa: un tórax terso engalanado de dos esferas rollizas y en lugar de piernas se alargaba una cola escamosa, áspera y tornasolada. Urghus ordenó a los de su raza que iniciaran sin demora los correspondientes rituales de apareamiento, mas no tardaron en darse cuenta que aquellos seres anfibios no contaban con receptores para la cópula, lo que dio lugar a reclamaciones que provocaron la marcha de los forasteros.

Tras la repentina partida de los visitantes del planeta cuadrado, las Nereidas, bellas y necesitadas de cariño, resintieron el apresuramiento de los oriundos de Orel, quienes de haber dedicado más tiempo y pericia en los preliminares amorosos, hubiesen encontrado el punto exacto de acoplamiento. Dicen que ellas lloraron tanto que salaron las aguas de los océanos y que de alguna forma el llanto fue cogiendo ritmo hasta convertirse en mustias melodías que desde entonces entonan por las noches de cielo estrellado para desesperación de los navegantes.

Los visitantes del planeta cuadrado fueron los primeros rompecorazones del Universo y los que crearon, fuera de toda duda, la musicalización de la nostalgia y el despecho.

El resto de la historia la contó Homero.

Ulises y las sirenas, óleo de Herbert J. Draper (1909)

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