Quise decir verbal

Por Edgard E. Murillo

En el enmarañado mundo de las relaciones interpersonales no son pocos los que confunden los goces sensuales con el amor. A mí me sucedió una vez lo contrario y fue suficiente para que desde entonces repensara las palabras antes de pronunciarlas, más si se está frente a un público con escasa voluntad analítica. La equivocación tuvo lugar la noche que embrollé la palabra verbal con oral. Como saben, los límites entre esas dos palabras son muy tenues, casi como la que existe entre cielo y arriba. Pero mejor leamos lo que sucedió, así ustedes me darán la razón o me expondrán en el paredón de los reproches.

Mi amiga Susana fue la protagonista de la historia. De ella solo diré su nombre; no me pidan detalles escabrosos, por ejemplo sus apellidos y dirección domiciliar, pues el noviazgo que tuve con ella duró una noche, o más bien una media noche, de tal suerte que jamás salimos a ningún lado y tampoco nos regalamos nada. Cuando uno cursa el tercer año de la adolescencia suelen pasar esos extraños percances.

Tenía Susana — o Susy, como yo le decía – una cara muy graciosa, encuadrada por su pelo castaño que no necesitaba peinarlo y que caía alegre sobre sus hombros. Susy nunca quiso llevar el pelo largo porque tenía la sospecha que la hacía ver más delgada de lo que era, excusa que le ofrecía la facultad de acallar cualquier sugerencia contraria a su creer. A pesar de ser extrovertida tenía pocos amigos, yo entre los afortunados. Y digo afortunado porque fui favorecido en más de una ocasión por su comprensión y liberalidad. Una vez fue a mi casa porque yo estaba enfermo, se sentó junto a mí en el sofá y me puso unos paños de agua fría en la frente para bajar la fiebre. En un arrebato de osadía le pedí un beso. Ella me dijo que si supiera que un beso me quitaría la maluquencia me lo daría sin reparos. Se quedó pensativa unos segundos y me dio un beso apresurado y trémulo, como el que podría dar una monja o una enfermera cuyo novio trabaja en el mismo hospital.

En diciembre de ese año fui a cortar café a Jinotega. Susy también fue a cortar café con su colegio pero quedamos en sitios distantes. Cierto día, Adrián, un amigo que estaba en la misma finca que yo, fue hasta donde estaban las muchachas del colegio de Susy, y a su regreso me dijo: “Edgard, la Susana no te escribió pero te traigo una carta hablada de ella”. Mi amigo, que era un actor en potencia, abrió los brazos, cerró los ojos y empezó a repetir todo lo que Susy le había dicho que me dijera. Cuando creí que el mensaje había terminado, Adrián añadió: “Ah, y también me dijo que te dijera que te quiere mucho”. En toda la finca el saludo hablado causó sensación, lo que me adjudicó jactancia por varias semanas.

A mediados de enero visité a Susy. Esa fue la noche en que nuestro noviazgo empezó y terminó. Recuerdo que hablamos por tanto tiempo tomados de la mano que pronto caímos a la cuenta que jamás seríamos novios de verdad (Las manos pueden entenderse y anticiparse a los fracasos más que cualquier otro argumento). Yo creo que Susy estaba enamorada de otro y yo de ninguna otra, incluyéndola a ella; talvez esa haya sido la razón de aquel temprano descalabro, eso sin contar con la ausencia de tópicos en común, más que la de contar con la misma edad y participar en las intrépidas y revolucionarias campañas rurales propias de esos tiempos.

Mucha alegría me dio cuando en los años noventa encontré a Susy en Los Tacos Charros de Bello Horizonte. Ella conversaba con dos amigas en común, Marjorie y Luisa, con quienes yo coincidía los días lunes en ese mismo lugar. Supongo que éstas frecuentaban la taquería por las mismas razones que yo: para que la semana se sintiera más corta. Cuando Susy me vio gritó mi nombre como si estuviera descubriendo un continente, corrió hacia mí y me hizo girar con un abrazo. Entre cervezas, chilaquiles y frijolitos rancheros, Marjorie y Luisa supieron por boca de Susy que ella y yo habíamos sido novios por una noche en la Unidad de Producción Estatal “La Parranda”. Ellas reían de buena gana y alzaban continuamente los vasos para brindar por el amor y la amistad. Yo le pregunté a Susy si recordaba el mensaje que Adrián me había declamado y ella contestó que claro que sí pero que no pensaba repetirlo.

La plática transcurrió con sobrada amenidad hasta que el lunes fue quedándose sin ruidos. Mis amigas se levantaron y las encaminé a la puerta de salida. Allí estaba mi primo Manuel, el administrador del lugar. Por cortesía no quise que Susy se fuera sin que le presentara a mi primo.

— Manolín, te quiero presentar a alguien. Ella es Susana.

Se dieron la mano y dijeron mucho gusto. Quise resumir todo el cuento del amor platónico en una frase, una frase que no dejara dudas que lo que había tenido con ella había sido algo bonito aunque etéreo e inocente. Fue en ese momento cuando confundí el amor con el sexo. Tan pronto Susy y Manolo se soltaron de las manos, disparé:

“Susana fue mi primera experiencia sexual.”

Marjorie murmuró un diosmíomilindo, Luisa hizo como si no escuchó, Manuel congeló su sonrisa y Susy me lanzó una mirada asesina. Al darme cuenta de la confusión quise enmendar las cosas, tenía que explicar que la “experiencia sexual” con Susy no había pasado de las palabras, de ser algo verbal si se tenía en cuenta que una vez ella me había enviado un mensaje pregonado por un amigo. De manera inmediata me vi compelido a hacer la siguiente aclaración:

“Susana fue mi primera experiencia sexual… oral.”

¡Santa confusión! Susy rompió abruptamente el círculo y salió como perseguida por los demonios. Luisa y Marjorie salieron tras ella mientras mi primo se jalaba los cuatro pelos que aún tenía en la cabeza.

—- ¡¿Qué hice Manolín?! — dije — Lo que quise decir fue que ella me había querido con las palabras.

Cuando alcancé a comprender que debía seguirla y pedirle disculpas, ella se había ido en un taxi. Fue así cómo unas palabras mal comprendidas terminaron una bonita amistad.

A partir de esa noche jarocha me he hecho esta pregunta a guisa de justificación: ¿Qué culpa tengo yo que el sexo se emparente tanto con el amor y que verbal sea sinónimo de oral?

Espero que algún día Susy comprenda mis razones, de la misma manera que yo acepté el mensaje hablado que una vez me envió y que ya olvidé.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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