Esta entrada es a propósito

Por Edgard E. Murillo

Cuando el calor del verano uniforma el cielo, y todo cuanto está debajo de él, pienso en cosas que no suelo pensar de ordinario: que si se detiene de repente la Tierra nos jodemos todos; que si las estrellas no sean más que luciérnagas gigantes que Dios utiliza para reírse de nosotros; que si a lo mejor ya he muerto varias veces, porque nadie sabe lo que es morirse. Cosas así. Son pensamientos fugaces pero recurrentes durante los meses de marzo y abril.

También en esos meses, todavía no sé porqué, veo más películas en mi casa que de costumbre. Anoche vi una acerca de un héroe soviético en el sitio de Stalingrado. Era Jude Law pero se hacía pasar por un francotirador con cara de yo no fui. El héroe tenía una novia, Tania, gatillera de precisión como él y bonita la condenada. Había un alemán con la Cruz de Hierro bastante parecido a Ed Harris que quería matar a Vasili Záitzev (así se llamaba Jude Law). Tania casi pierde la vida cuando desesperadamente, bajo una lluvia de balas y morteros, intenta cruzar el río Volga. Si hubiese muerto confieso que yo hubiera llorado, no por Záitzev o Law, sino por mí: no soporto ver morir a mujeres bonitas. Si la muerte es un error de Dios, la expiración de una mujer bonita es una canallada. Pero no quiero desviarme del punto. Lo que quiero contar es que se me ocurrió que a Vasili lo mataron varias veces en la guerra, pero por alguna razón siguió viviendo otras vidas en mundos paralelos de forma coetánea. A esa conclusión llegué cuando me puse a pensar en las posibles veces que yo haya podido morir y en las que no.  ¿Y si morí cuando tenía once años de aquella diarrea de antología? ¿O la vez que me quedé dormido a la orilla de un río? ¿Será que me caí y me ahogué? Aquí surge una paradoja. En caso que haya muerto por la diarrea ¿Qué Edgard murió ahogado años después? Puede que se trate de una cadena infinita de fallecimientos, o bien de muertes ajenas entre sí que se repiten a perpetuidad, como se repiten los amaneceres, la lluvia y los estornudos. Creo que si resuelvo esa intriga, despejaré el secreto de la Vida y la Muerte.

También pienso en extravíos existenciales, en conversaciones reveladoras y en sueños de anticipo. No me extrañaría en absoluto que alguno de ustedes, como buen observador introspectivo, se haya sentido alguna vez “otra persona”. Eso me ha estado ocurriendo últimamente cuando escucho una canción que ya ha dejado de hacerme cosquillas en el alma.

Y también padezco sueños que asumo con filosofía.

A las tres de la tarde del miércoles de la semana pasada vi a una mujer que bebía sola en un bar. Por pura casualidad yo estaba a tres metros de ella, íngrimo también, haciendo un poema que después me avergoncé de escribir.

Esta mujer me parece que la conozco, me dije; como si con decirlo recordaría su nombre y las circunstancias que la rodeaban. Di por descontado que había estudiado conmigo en la facultad por las maneras anticuadas de servirse el ron.

Un hombre de bigote bajó de un Mazda y mientras avanzaba hacia la mujer levantó un índice y movió los labios al mesero solicitando un vaso con hielo. Se dieron un beso en la mejilla.

Diez minutos bastaron para que adivinara de quien se trataba. No la había reconocido porque en la foto en el periódico lleva el pelo corto.

Me acomodé en mi silla para tener buen ángulo sin que ellos percibieran que yo estaba pesquisándolos. “Aquí tengo material para una buena historia”, pensé, mientras pedía mi segundo vaso de limonada, pues me encontraba en mi tercer intento de dejar la bebida.

La mujer se mostraba suelta y el hombre, quien podría pasar por gemelo de Mario Bros, se encargaba de servirle los tragos a la mujer con frecuencia de cantinero. Sin duda andaba bastante apurado. Para dar tiempo, pedí tostones con queso y me puse leer la sección de Páginas Amarillas de un periódico viejo que un cliente había dejado olvidado.

Ni el hombre intentó darle un beso a la mujer ni ella se emborrachó. Después de botella y media, se levantaron y se fueron en el Mazda por la carretera Norte, girando sobre la marginal, seguramente a cerrar algún negocio.

Esa noche soñé con esa mujer. La soñé con la misma ropa, pues no le conocía otra.

— Hola— le dije—. ¿Y el amigo?

— Se quedó en el trabajo. Es mi jefe.

— Entiendo.

— Noté que la semana pasada me quedabas viendo. ¿A quién me parezco?— me preguntó haciendo jarritas con los brazos.

— A la mujer del periódico. La articulista.

La mujer rió e hizo un gesto como diciendo esto es el colmo.

— Sí, soy yo. Pero no te confiés: en los sueños somos otras personas, somos desvergonzados, y, además tenemos otros nombres.

En un instante que no pude controlar, el subconsciente me traicionó y pedí dos cervezas.

Las cervezas tenían la virtud que nunca se terminaban, manteniéndose frías y escarchadas.

— Puede ser que no seamos más que una miserable gota en el océano de la eternidad— dijo ella, retomando la conversación.

— Como una gota en el océano— dije —. O como la espuma de esta cerveza.

Cuando desperté casi no recordaba nada, pero me gustó el planteamiento del sueño. En vista que la Navaja de Ockham o El Principio de Parsimonia  establece que “En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”; y siendo que no me convence mucho la idea de que uno pueda morirse varias veces y que siga existiendo en dimensiones paralelas, me quedo con la idea de que somos una miserable gota en el océano eterno de la vida. Porque una gota tiene la condición de pertenecer a un todo, y más si se trata de una gota azul, como el color del barco que está hoy de aniversario.

Me van a disculpar, pero no los traje hasta aquí para hablar del misterio de la muerte (otro día seguiremos haciendo el intento), ni para recomendarles la película sobre la batalla de Stalingrado donde Rachel Weisz acaricia las pudendas de Jude Law con los dedos sucios, ni para chismear sobre la desconocida del bar y su jefe que quería emborracharla.

¡No, amigos míos!

Los traje hasta aquí para agradecerles por estos DOS AÑOS que han permanecido fieles a los posts variados del Barco Azul, pues un día como hoy hace 730 días iniciamos la travesía.

Solo soy el capitán del barco; ustedes son mi tripulación, mi brújula y mi tierra firme.

¡Sigamos navegando!

¡Gracias!

 

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