Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va.

Hildebrando entró a la habitación donde yacía su abuelo con la boca abierta y las manos rígidas en los costados; asistió a su madre en lo que debía de asistirla y después de un baño apresurado, sin jabón y sin paste de baño, corrió hacia la escuela para avisarle al profesor que esa tarde no recibiría clases. Sus inseparables amigos, Marvin y Benito, pidieron permiso para acompañarlo como muestra de amistad verdadera.

Tuvo que caer en coma don Salomón para que se tomaran en serio los preparativos de su funeral. La caja, las rezadoras, el lote del cementerio, las bujías encajadas en los postes de madera de cedro, los mazos de naipes, todo, absolutamente todo se arregló en cuestión de horas. Por el café y el pan no habría de qué preocuparse porque los vecinos ofrecieron la colaboración tan pronto supieron del estado calamitoso del enfermo. Listo el avituallamiento, solo hacía falta que el anciano expirara.

Esa noche llegaron algunos parientes más que todo para opinar acerca del momento en que podría morirse don Salomón. Unos decían que no llegaría a la medianoche y otros, los más entendidos en asuntos de enfermedades, declararon que la parca cobraría el alma veinticuatro horas después, con el levantamiento de la luna, siempre que el sufriente aceptara con resignación su destino, pues de lo contrario podría aguantar un poquito más.

Pasaron tres días y don Salomón seguía exánime en su habitación; desde una esquina giraba un ventilador que a ratos parecía desprendérsele una de sus aspas. El aparato servía tanto para ahuyentar los mosquitos como para mantener fresca una garrafa de agua que estaba debajo del catre, aunque existía la creencia inconfesada de que el ruido ayudaba a mantener con vida al comatoso.

El sábado por la tarde, Marvin y Benito llegaron a casa de la familia Ocaña a indagar por la salud de don Salomón. Está duro mi abuelo, dijo Hildebrando. “Lo mantienen con suero pero el doctor dice que la neumonía no recula”.

Benito llevó una botella de ron escondida entre las flojeras del pantalón y pidió a Hildebrando tres vasos con hielo raspado, y los tres bebieron celebrando las hazañas alcohólicas y mujeriles del abuelo de Hildebrando, especulando acerca del gentío que seguramente llegaría a darle el último adiós. Cuando se despidieron del anfitrión, éste prometió que el siguiente día compraría la correspondiente botella para agradecer el acompañamiento desinteresado de ambos, con los cuales compartía aula en el colegio vespertino del barrio.

El domingo amaneció radiante. Las campanas de la iglesia La Merced tañeron más de lo usual, como que clamasen la salud de don Salomón.  El párroco mencionó tres veces el nombre del infortunado, invocando la intercesión de la Virgen, en medio de una humareda de incienso que subía al techo en remolinos.

A las diez con quince minutos Doris Leonor envió a Hildebrando a comprar más pan y azúcar. La noche anterior el consumo había sido un ensayo de lo que sería el velorio. El muchacho a duras penas ajustó para comprar la botella de Extra Lite y la guardó dentro del canasto de la ropa sucia, pues sabía que a nadie se le ocurriría lavar ropa un domingo y menos con un abuelo en condición de partida.

A las once llegó Marvin, al ratito Benito en compañía del Buitre Salitre, otro condiscípulo, quien tenía estampa de bebedor consuetudinario a pesar de sus diecisiete años.

Después del almuerzo que consistió invariablemente en arroz a la valenciana con petit pois, Benito, Hildebrando, El Buitre Salitre y Marvin se dieron a la tarea de mezclar ron con coca cola y esperar la muerte del viejo.

Ojalá hoy se muera, mañana vamos a clases, dijo El Buitre, apesarado.

Desde que había entrado en agonía, el comportamiento de don Salomón variaba de un día para otro. A veces su pecho se hinchaba y dejaba escapar el aire como una llanta imponchable; en otras ocasiones había ausencia de respiración, lo que amontonaba a la parentela a su alrededor, para luego exhalar entrecortadamente o en resuellos que parecían ronquidos de gato. Cuando los pulmones de don Salomón quedaban quietos, la madre de Hildebrando lo llamaba para que pusiera la oreja en el pecho de su abuelo. Está vivo, decía, y regresaba donde sus amigos, negando con la cabeza.

Obviamente la gente ya estaba agotada. El café empezaba a escasear y los vecinos ya ni preguntaban por la salud del viejo como en los primeros días cuando cogió la neumonía.

Los amigos concurrían a clases de forma irregular, siempre en espera de la fatal noticia. La impaciencia se acentuaba porque Benito había comprado un juego de naipes con mujeres denudas y quería estrenarlo el día de la velación. Por otra parte, la mesada semanal de todos se había gastado en ron y cigarrillos Casino, por lo que empezaron a vender las calculadoras y lápices mecánicos para seguir la racha. Doña Doris Leonor no escatimaba elogios para con los amigos de su hijo, a quienes llamaba “mis otros hijos” por estar, supuestamente, siempre pendientes de la salud de don Salomón.

Una mañana, luego de ocho días de espera, Benito dijo a Hildebrando:  Ya no tenemos riales, si tu abuelo no se muere hoy… olvidate de los naipes y el guaro.

Hildebrando dijo a sus amigos que tuvieran paciencia, que ya habían esperado lo más, que seguramente los ángeles estaban pintando el cuarto de su abuelo en el cielo.

El Buitre escupió y vio para arriba escrutando las nubes.

Hacia el mediodía don Salomón tuvo un estertor y expelió unas palabras en forma atropellada. Era la primera vez que hablaba desde que encamó el día de San Jorge. Luego movió una mano y siguió su sueño como un niño después de ser amamantado.

Aquello no lo soportó el Buitre. Se levantó e invitó a los otros a acompañarlo.

Por favor no se vayan, imploró Hildebrando,  van a ver que hoy se muere.

Sus amigos le habían dado un voto de confianza y él no quería defraudarlos, así que los retuvo con la promesa de comprar una botella de Gran Reserva al caer la tarde.

Hildebrando se sentó a la par de su abuelo, le quedó viendo a la cara, recriminándole su tozudez. Se lamentaba por las incompatibilidades de la muerte, entre ellas el placer, pero sobre todo por el precio de la botella de ron, que valía un tercio del precio de un par de zapatos en el mercado negro.

Pero ni Marvin ni Benito ni el Buitre estaban dispuestos a soportar otro día. Los exámenes se acercaban y hacía mucho calor. Se levantaron y empezaron a caminar sobre la calle, abrazados, cantando una canción de Juan Gabriel.

Hildebrando salió del cuarto de su abuelo y fue a lavarse la cara. Dos minutos después los gritos de su madre le devolvieron el espíritu.

“¡Hildebrando, parece que ahora sí!”

El muchacho entró al cuarto y posó el oído izquierdo en el pecho de su abuelo. No escuchó nada, solo el eco sordo de las conversaciones y las carreras de los presentes. Este es el ruido de la muerte, pensó, y se le escapó una sonrisa.

Los demás se santiguaron.

Hildebrando salió a la calle y vio que sus amigos estaban a más de dos cuadras de distancia, les gritaba ahuecando las manos sobre la boca pero no le escuchaban. Por fin el Buitre volvió la cara y abrió los brazos para decir qué fue.

” ¡Ya! ¡Ya!”, gritaba Hildebrando.

Los muchachos encogían los hombros y levantaban los brazos.

Era inútil. Estaban demasiado lejos.

Entonces a Hildebrando se le ocurrió agitar el puño con el pulgar hacia abajo como lo hacían los emperadores romanos en el Coliseo e inmediatamente Benito, El Buitre y Marvin emprendieron la carrera de regreso sonriendo, no solo con las caras, sino que con las manos, la cintura y las piernas.

Hildebrando no cabía de regocijo.

Esa noche los cuatro amigos, más otros que llegaron después, lloraron la muerte de don Salomón con mucho ron, jugaron naipes con tetas de diferentes tamaños y comieron abundante arroz con petit pois.

Fue un velorio memorable.

 

 

 

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