Cuando la inmortalidad se vistió de sargento

Por Edgard E. Murillo

De vez en cuando, con la sola pretensión de brindarle regocijo a mi alma, imagino estar presente en algunos eventos de entretenimiento que me hubiesen gustado vivir, por ejemplo, estar en el Yankee Stadium la noche que Reggie Jackson le metió tres jonrones a los Dodgers, o presenciar la final de la Copa del Mundo en México, en la que Pelé y Rivelino le dijeron con permiso a los azzurri. Me he visto en Woodstook, salpicado de lodo, en aquellos tres días de música, paz y amor, y también he admirado, desde un engramado húmedo tras una baranda, el despegue épico del gigantesco cohete Saturno V llevando los hombres a la luna. Son momentos que si tuviese un carro como el de Marty McFly, viajaría al pasado, no una, sino varias veces para re-vivirlos con absoluta felicidad.

Pero hay un acontecimiento que siempre me ha dado nostalgia no haberlo vivido y que debió ser grandioso. Me refiero a algo que sucedió hace cincuenta años, un día tal cual hoy, con la salvedad que, a diferencia de los ejemplos anteriores, donde viajo al pasado sabiendo lo que voy a presenciar, en este caso me gustaría desconocer el contenido de la sorpresa.

La  sorpresa se llama: Sgt. Peppers´s Lonely Heart Club Band, (La Banda del Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta), el octavo álbum de los Beatles. Solo que en ese viaje al pasado pediría además que borren de mi memoria las trece canciones que componen el LP para una mayor expectación.

Desde hace un mes han anunciado por la radio que hoy saldrá a la venta el último disco de los fab four, quienes pocos meses antes nos han regalado un sencillo doble cara A como adelanto a lo que está por venir. Strawberry fields forever y Penny Lane han puesto los mojones para la verdadera transformación de la música popular.

Me veo haciendo fila desde tempranas horas en espera que abran la tienda de discos en una angosta calle de West End, en Londres. A las ocho con treinta minutos ya tengo el disco en las manos. De camino al lugar donde me hospedo me detengo para adivinar la multitud de caras que aparecen en la carátula del disco. Reconozco algunos: Edgar Allan Poe, El Gordo y El Flaco, Marilyn Monroe, Shirley Temple ¿Carlos Marx? También veo el aspecto de los músicos: llevan puestos uniformes de la corte eduardiana, se han dejado el bigote y John tiene puestos unos lentes de abuela. Me intriga el largo nombre del disco. Quito el plástico que lo cubre y lo abro de par en par. Las letras de todas las canciones están allí, también hay charreteras y calcomanías. Es un elepé de fantasía. Veamos de qué se trata.

Mi ritmo cardíaco se acelera cuando pongo el disco reluciente  sobre el tornamesa que gira a treinta y tres revoluciones por minuto.

La aguja cae. Son segundos eternos.

Se escucha un barullo, como si una orquesta afinara sus instrumentos, luego, acompañado de un ímpetu desaforado de tambores y guitarra líder, empieza a cantar Paul. Es la canción que da nombre al disco. Inmediatamente, sin compás de espera, empieza otra que es cantada por Ringo.

Hasta el momento no encuentro nada extraordinario. Me recuesto en el sofá y enciendo un cigarrillo (En Londres, en los años sesenta, sí fumo). Pero entonces el milagro comienza con Lucy in the sky with diamonds. Me gusta tanto que levanto la aguja y repito la canción. Digo para mis adentros que es la mejor rola de Lennon desde Girl.

Tres canciones seguidas de Paul, entre ellas la orquestal She´s leaving home, que narra la huida de una adolescente de su casa y que fue prohibida su reproducción radial en los EE.UU, dan paso a la alegre y fantástica Being for the benefit of Mr. Kite!, donde las experimentaciones logran bordes que dejan boquiabiertos a moros y cristianos.

Le doy vuelta al disco. Exhalo.

El lado B del álbum tiene un perfil melancólico y reflexivo. Harrison pone la nota hindú y el final de Good morning, good morning se enlaza, con ladridos de perros y cornetas incluidas, para repetir en pretérito pluscuamperfecto y con un ritmo más rápido, la pieza que abrió el disco. Luego, lo sublime: A day in the life, dos canciones empalmadas en una sola cuyo sinfónico desenlace cae como un telón, cerrando así la obra maestra, obra que tiene poco que ver con todos los discos anteriores del cuarteto.

Me levanto y busco una cerveza. Estos malditos la partieron, me repito una y otra vez.

Dicen los entendidos que el Sgt. Pepper es el mejor disco pop de todos los tiempos. Tiene muchos méritos: es el primer álbum conceptual, es inclasificable desde el punto de vista musical, las técnicas de grabación fueron innovadoras, se emplearon muchos instrumentos y músicos de orquesta, no hay silencio entre cada canción. Es una obra sin fisuras, sólida, completa. A falta de ella no pueden explicarse los años sesenta, ni los fenómenos sociales como la contracultura, la psicodelia o la revolución sexual (En A day in the life, se escucha por primera vez la palabra “excitarse”, turn on).

George Martin, el “quinto beatle”, dijo en una entrevista que con el Sargento Pimienta la banda había conseguido un cheque en blanco. Creo que no solo eso. Con ese fabuloso disco, los Beatles, sin morirse, entraron a la inmortalidad.

Así que, amigos míos, el día de hoy celebraré los cincuenta años del Pepper como Dios manda, escuchándolo a todo volumen, como la primera vez que lo hice en mi imaginaria mañana londinense de 1967.

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