La causa de los mártires

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Por Edgard E. Murillo

Los héroes mueren jóvenes, decían los griegos. Por eso los viejos podrán llegar a ser sabios, pero jamás héroes, no importa que en algún momento de sus vidas hayan realizado actos heroicos, pues la muerte prematura consagrada a una causa vale más que los infinitos méritos de los veteranos.

Ante la ruptura del ciclo natural de la vida, la humanidad desde tiempos homéricos ha entendido la sangre de los mártires como el sacrificio máximo respecto al cual debemos rendir el mayor de los honores. El mártir no dice: “voy a hacerme mártir”. Si el martirio acontece es porque su conducta, o más bien su decisión, exige una fidelidad más fuerte que el apego a la vida, como bien lo ha expresado Antonio M. Baggio, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

El concepto de mártir viene del cristianismo, habida cuenta que los cristianos de la iglesia primitiva tuvieron que dar testimonio de su fe para hacerla prevalecer (del griego Mártys, testigo). Esteban, el primer mártir cristiano, fue apedreado hasta morir por atreverse a cuestionar a las autoridades romanas, ante la vista y paciencia de Saulo de Tarso, quien más tarde se convertiría en el propagador universal de la fe del amor y el perdón. Pero también existen miles de mártires no cristianos, como William Wallace o Giordano Bruno, este último quemado en la hoguera por sus posturas anticristianas. Los mártires no cristianos son los más incomprendidos porque su sangre fue derramada por causas terrenales, a pesar que San Agustín había dicho en su Carta a Dulcitius que “no  es la pena lo que hace al mártir sino la causa”.

Pero hete aquí la cuestión: morir por una causa. ¿Qué se entiende por causa? Para el caso que nos ocupa, es el motivo o la razón para obrar; aquello que nos compromete en nuestra conducta, no importa las consecuencias. Excluimos las que son de orden privado, como el amor o el honor familiar, para fijarnos en las que tienen repercusiones sociales, como el bien común o la libertad. Así, tenemos mártires ambientalistas como Chico Mendes y Berta Cáceres; mártires de la fe como Ignacio Ellacuría y Oscar Arnulfo Romero, y mártires políticos como Tamara Bunke y Ernesto Che Guevara.

Las sacudidas sociales y políticas que ha tenido Nicaragua desde la Independencia, ha constelado su historia de muchísimos mártires. El más célebre ha sido A. C. Sandino, cuyo cadáver fue ocultado por sus asesinos para que no se convirtiera en sitio de culto su sepulcro. Tres decenios posteriores los colores de su bandera fueron rescatados, sirviendo de estandarte al levantamiento popular que tumbó a la dinastía somocista.

La agrupación guerrillera que venció al somocismo, el frente sandinista, dadas las circunstancias de la lucha clandestina, elaboró una especie de culto al martirio porque muchos de sus fundadores no lograron ver el triunfo de sus ideales. Este singular culto siguió desarrollándose durante la guerra de agresión, la que pronto adquirió ribetes de guerra civil: Si ves que avanzo, seguime; si me detengo, empujame, y si acaso retrocedo, allí mismo liquidame.

Vistas las cosas desde el presente, donde la frivolidad y la indiferencia ganan terreno todos los días, nos resulta insólito que alguien supedite el valor de su vida a una causa, pero hace treinta o cuarenta años era una actitud que arrancaba admiración. A las personas que arriesgaban sus vidas no les interesaba el después, porque sabían (o sentían) que lo que estaban haciendo era lo correcto: lo que realmente les importaba era cumplir con los dictados de su conciencia. Los jóvenes que murieron en San José de las Mulas son todos mártires, pues se habían movilizado en un batallón de manera voluntaria, cuando por entonces no había ley de servicio militar que los obligara a empuñar un fusil. Fue un martirio que conmocionó al país, todavía más dramático que el de Pedro Joaquín Chamorro, porque se trababa de veintitrés muchachos que no habían cumplido siquiera los veinte años de edad.

Pero en todos los tiempos y en todos los lugares se repite siempre la pregunta: ¿Vale la pena la sangre de los mártires? Diré algo que talvez suene atrevido: si la sangre de los mártires no importara, no los habría. Quiero decir que el mártir está plenamente convencido que su sacrificio valdrá la pena, por lo que su muerte no podrá ser jamás intrascendente. Recordemos que la acción del mártir, volviendo a Baggio, es que sufre por razones que otros también comparten, o por problemas que involucran a una comunidad, de tal manera que el mártir representa a un colectivo y por lo mismo su testimonio de sangre queda justificado para las generaciones futuras.

Vayamos ahora a la siguiente pregunta, también repetida tantas veces: ¿Quiénes deben honrar a los mártires? Deben tributo y agradecimiento en primer lugar los que creen o creyeron en las mismas causas por las cuales los mártires dieron sus vidas. Un gobierno puede crear decretos (o no crearlos) para honrar a los mártires, pero los gobiernos son entidades abstractas, por lo que corresponde a las personas, en su íntima soledad y convicción, darle el mérito, aceptación y continuidad a sus causas.

Los mártires no pueden hablar porque ya están muertos, ya dijeron todo lo que tenían que decir con su muerte. Su memoria nos ayuda a desentrañar significados y desbrozar los caminos de la vida que ellos no pudieron vivir.

Al final de la novela El Napoleón de Notting Hill, G.K. Chesterton, nos dice:

Solo un alma es dada a cada hombre, y a cada alma solo le es dado un poco de poder: el poder, en algunos momentos, de elevarse hasta las estrellas.

Los griegos creían que la Tierra estaba poblada por tres tipos de seres: los dioses, los héroes y los hombres. Ahora sabemos que los héroes y los mártires reúnen las tres cualidades, porque de ellos son las estrellas.

Seamos dignos de ellos.

 

(Cuadro San Sebastian, de Rick Herold)

 

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2 comentarios en “La causa de los mártires

  1. Que excelente enfoque sobre los mártires, para Nicaragua tiene un peso determinante en esta coyuntura de tanta indiferencia, porqué la repuesta que demos y la actitud que asumamos, en realidad va a determinar la ruta de nuestro desarrollo como sociedad.

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  2. “Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos.”
    Juan 15:13

    Sin duda alguna, dar la vida por otros, es la mayor expresión de amor y desapego. La mayor honra que se puede dar a estos mártires, es caminar con integridad y aplicar los principio elevados por los cuales dieron su vida, en el desempeño diario.

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