2142

Por Edgard E. Murillo

A las cuatro de la tarde del doce de enero del año dos mil ciento cuarenta y dos, usando una poderosísima máquina del tiempo cuya procedencia revelaré en otra ocasión, arribé a la ciudad donde nací. Como la gente empleaba una jerga de palabras cortadas, quizás por exceso de tecnología, opté por hablar únicamente en casos de extrema necesidad. Más que hablar, mi propósito era conocer, así que lo primero que hice fue recorrer la ciudad y sus alrededores, guiado por la excusa de la comparación. El lago en forma de ocho había sido transformado en un estanque artificial surcado por dieciséis autopistas que se superponían como telarañas, y a lo largo de la costa de medialuna los edificios de cristal que se erguían orondos por las noches se hundían durante el día para evadir el calor. Una mañana quise saber de mí mismo, o sea, visitar mi tumba y averiguar si habría algún descendiente que tuviera mis lunares o mi forma de caminar. En el primer caso no tuve éxito porque el cementerio donde yo había pagado un lotecito en abonos suaves, ya no existía, y nadie me pudo decir dónde habían trasladado los huesos de sus inquilinos. Sigue leyendo

Anuncios

La mujer del diablo

Por Edgard E. Murillo

La noticia tomó a Teresa por sorpresa. A pesar que poseía habilidades para captar la intención de las caricias antes que éstas fueran a posarse en sus manos, inicialmente pensó que aquél beso fugaz se trataba de un juego, de esos que los enamorados inventan para creerse que son la pareja más original del universo, mas nunca se imaginó que lo que quería Augusto era pedirle matrimonio. El día que lo hizo, ella inventarió mentalmente los gastos de la boda, la lista de los invitados y el diseño de su vestido. Cuatro años de noviazgo merecían la mejor  cereza de la cosecha sobre el pastel. Sigue leyendo

Creer o no creer, esa no es la cuestión

 

Por Edgard E. Murillo

La tradición procesional de las fiestas patronales de Managua, con todo lo que le es propio o subordinado, ajeno o intrínseco, como son los negritos embadurnados de aceite negro, las bandas chicheras y el guaro embrutecedor, me ponen a pensar acerca de la conveniencia de la existencia de Dios y el desenlace de esas prácticas de jolgorio y fe, no solo en Nicaragua, sino en todo el mundo cristiano. Tomo el ejemplo de Santo Domingo, no porque sea mejor o peor que otras celebraciones, sino porque nuestros temores y dudas existenciales, valga la perogrullada, se repiten de generación en generación, diluyéndose, transformándose o sustituyéndose por otras prácticas que tienen como propósito el alivio de nuestras penas por el paso en el tercer planeta del Sistema Solar. Entonces es cuando veo al Káiser, mi perro más joven, y me pregunto ¿Será dicha o tuerce que los animales no profesen alguna religión? ¿Será que ellos sí conocen la felicidad porque no se preguntan si hay vida después de la muerte? Me río de estas preguntas y encuentro el consuelo en mis pensamientos. Pienso, luego existo, como dijo el filósofo; en cambio el káiser, existe aunque no tenga capacidad de pensar. Sigue leyendo