Creer o no creer, esa no es la cuestión

 

Por Edgard E. Murillo

La tradición procesional de las fiestas patronales de Managua, con todo lo que le es propio o subordinado, ajeno o intrínseco, como son los negritos embadurnados de aceite negro, las bandas chicheras y el guaro embrutecedor, me ponen a pensar acerca de la conveniencia de la existencia de Dios y el desenlace de esas prácticas de jolgorio y fe, no solo en Nicaragua, sino en todo el mundo cristiano. Tomo el ejemplo de Santo Domingo, no porque sea mejor o peor que otras celebraciones, sino porque nuestros temores y dudas existenciales, valga la perogrullada, se repiten de generación en generación, diluyéndose, transformándose o sustituyéndose por otras prácticas que tienen como propósito el alivio de nuestras penas por el paso en el tercer planeta del Sistema Solar. Entonces es cuando veo al Káiser, mi perro más joven, y me pregunto ¿Será dicha o tuerce que los animales no profesen alguna religión? ¿Será que ellos sí conocen la felicidad porque no se preguntan si hay vida después de la muerte? Me río de estas preguntas y encuentro el consuelo en mis pensamientos. Pienso, luego existo, como dijo el filósofo; en cambio el káiser, existe aunque no tenga capacidad de pensar.

¡Ah, pensar! ¡He ahí lo que nos distingue del resto de los animales! En la ruleta aleatoria de la vida, bien pude haber nacido una planta acuática o un jabalí, pero nací producto de dos células humanas, en el remolino del azar o la predestinación. En virtud de ello no solo pienso, sino que disfruto lo que la Humanidad ha creado antes de mi nacimiento, como es el arte, el lenguaje y las seguridades expresadas en normas y creencias. ¡Cuánto me duele que mi perro no pueda conmoverse por Mozart!

Pero el raciocinio desarrollado por los seres humanos también tiene su lado oscuro. A despecho de la actividad creadora, hacemos algo abominable que ninguna otra especie ejecuta: la guerra. Los animales solo pelean entre su misma clase en caso de disputas de alimentos o de pareja, no así el género humano que siempre está buscándose excusas para joderse la vida. Por eso se ha dicho, no sin razón, que lo mejor que ha hecho el homo sapiens fue haber creado las ideas, y que lo peor ha sido arrodillarse ante ellas. Sin embargo, lo inaudito ha sido matar “en nombre de Dios”, pues esas muertes se vuelven brutales, estúpidas y cínicas.

El mundo cristiano-occidental ha tenido sus perlas en materia de crímenes religiosos. No vamos a enumerarlas porque son muchas y, además, espeluznantes. Solo menciono que no tienen nada que envidiar a las barbaridades de los islamitas actuales. La ventaja de Occidente es que la Ilustración provocó que el cristianismo bajara las espadas y los cuchillos, en cambio la teología islámica todavía patina en la Edad Media, de ahí que la intolerancia musulmana sea anacrónica, como si dijéramos, “históricamente comprensible”, aunque no justificable.

Sin embargo, ya entrado el siglo veintiuno en esta parte del Urbe, todavía es difícil anunciar nuestras creencias porque a cada uno de nosotros se nos han enseñado (o hemos aprendido) ciertas posiciones que consideramos como verdades irrefutables, infalibles, únicas e indivisibles. Lástima que sea el tema de Dios el que más apuntale estas actitudes absurdas.

Como ya he expresado en otro post, el factor Dios y la vivencia de la fe es un asunto personal, el cual no tiene que contar con el visto bueno de los demás. A nadie debe importar, como para ser víctima de críticas o aversiones, si yo creo o no en Santo Domingo, si creo o no en la Concepción de María, porque se corre el riesgo que haya alguien que se crea el policía del fuero interno de las personas.

A propósito de las intolerancias y los extremos en que ha llegado el género humano, hay una anécdota que causaría risa sino fuera por su veracidad. Se trata de un escritor británico que pretendía entrar a Irlanda del Norte en plena guerra entre católicos y protestantes recrudecida en los años setenta y ochenta del siglo pasado. Sobre la carretera había un retén con soldados armados hasta los dientes. Los soldados hicieron alto al vehículo conducido por el escritor y le preguntaron: “¿Hacia dónde va?”. “A Belfast”, les contestó el otro. Un guardia revisa los papeles, agacha la cabeza y le pregunta: “Es usted católico o protestante?”. El escritor dice la verdad: “Soy ateo”. El guardia se sorprende, se retira un momento, consulta algo con su compañero y luego regresa para decirle: “¿Ateo católico o ateo protestante?”

A veces los seres humanos, parafraseando la canción, no somos tan civilizados como los animales.

Domingo de Guzmán, retablo en la ermita de San Miguel de Tamarite, Litera, España.

 

 

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2 comentarios en “Creer o no creer, esa no es la cuestión

  1. “La ventaja de Occidente es que la Ilustración provocó que el cristianismo bajara las espadas y los cuchillos”
    Los cuchillos y las espadas siguen alzadas y con más filo en Occidente, sólo que ahora el Cristianismo los esgrime con el pretexto de la democracia y la ayuda humanitaria.

    Saludos Edgard, disfruto mucho leyendo tus escritos. Muy amenos e interesantes. Este es sólo un comentario.
    Atentamente. J. Martin Paredes G.

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