La mujer del diablo

Por Edgard E. Murillo

La noticia tomó a Teresa por sorpresa. A pesar que poseía habilidades para captar la intención de las caricias antes que éstas fueran a posarse en sus manos, inicialmente pensó que aquél beso fugaz se trataba de un juego, de esos que los enamorados inventan para creerse que son la pareja más original del universo, mas nunca se imaginó que lo que quería Augusto era pedirle matrimonio. El día que lo hizo, ella inventarió mentalmente los gastos de la boda, la lista de los invitados y el diseño de su vestido. Cuatro años de noviazgo merecían la mejor  cereza de la cosecha sobre el pastel.

Por razones de conveniencia los novios decidieron casarse bajo los ritos católicos romanos. La iglesia, construida después del terremoto con mampostería reforzada, quedaba a tres cuadras de la casa de Teresa, por lo que, para alivio de las damas que caminarían estrenando zapatos, el cortejo nupcial sería breve. Además, el sacerdote de la parroquia había jugado hándbol con Augusto en el barrio y jamás le hubiera perdonado a su amigo de infancia que se enlazara en otra iglesia, no importa que fuese de la misma confesión religiosa.

Teresa compró el vestido perfecto en una tienda de Galería Santo Domingo, pero le hizo unos pequeños ajustes, especialmente en la parte de atrás, para que su espalda, sobria como una columna dórica, hiciera juego perfecto con las sucesivas uniones que semejaban nubes a ras del suelo. ¿Cómo pude haber hecho una hija tan bella?, se preguntaba su madre sin disimular orgullo. Augusto, por su parte, encargó los anillos en la mejor joyería poniendo atención esmerada en el diseño más que en el kilataje. Hizo además la reservación para la fiesta en un hotel de la capital, no tan lejos de la casa de Teresa ni tan cerca de las zonas nocturnas donde se producen embotellamientos después de la medianoche, pues no quería atrasarse en la ruta hacia la Luna de Miel. El fiancé se mostraba inquieto porque padecía de una alegría extraña y a la vez merecida, similar a la que sienten los muchachos al graduarse del bachillerato, quizás porque desde que inició el noviazgo intuía que el asunto terminaría en compromiso aunque no tan pronto. Quería a Teresa por dos únicas razones: por su carácter desaforado y por la manera que ella se peinaba. “Una mujer que tiene arte para peinarse puede enfrentar cualquier tribulación”, pensaba él cada vez que apreciaba cómo Teresa, desnuda frente a un espejo, atusaba su cabellera con una peineta de carey.

Si bien la pareja era muy activa en sus celebraciones íntimas, setenta y dos horas antes de la ceremonia Teresa se negó a tener relaciones con Augusto argumentando acumular expectación para la noche nupcial. El novio aceptó con resignación y sustituyeron la cama por la mesa de un restaurante italiano en la carretera Sur.

Las siete de la noche. Corría un viento cálido y la luna hacía menguante rojizo sobre la palizada que subía hasta El Crucero cuando la pareja escogió una mesa que daba a un jardín sembrado de bambúes y tinajas  de barro.

— Ya está todo listo, solamente nos hace falta asegurar la decoración del salón — dijo Teresa, sorbiendo un jugo de naranja—. Creo que será la boda del año ¿Verdad?

Augusto sonrió y pidió un antipasto de pollo.

— Pero tengo dudas respecto al color de los Recuerdos — continuó Teresa—. Me parece que debieron ser color beige con cintas doradas ¿No te parece?

El novio estaba absorto viendo a través una cerveza sin alcohol.

— ¿Amor? ¿Me estás poniendo atención? ¿Aló?

Augusto contrajo los labios, apartó el vaso de cerveza insípida y quedó viendo a los ojos de su novia.

— Tengo que decirte algo— dijo—. Algo muy importante.

— ¿De qué se trata? Te veo preocupado.

— No es preocupación. Es que…

Teresa trató de adivinar cualquier posibilidad, una enfermedad, una deuda inconfesable, otra mujer, un hijo. Pero la mirada de su prometido se volvió inescrutable y fría.

Cuando Teresa conoció a Augusto quiso saber todo acerca de él, que dónde trabajaba, que si le gustaba Green Day, que si acostumbraba soñar despierto, que si tenía algún fetiche. Y su prometido le contó todo.

O casi todo.

Esa noche en el restaurante italiano, Teresa por primera vez sintió desconfianza y temor.

Una ligera lluvia empezó a caer y los meseros se apresuraron a bajar las cortinas plastificadas que colgaban sobre los ventanales.

—- ¿Qué cosa? ¿De qué se trata?— preguntó nuevamente la novia.

Augusto respiró profundo.

— Sucederá en la tercera noche de casados— dijo Augusto en tono grave.

— ¿Qué pasará en la tercera noche de casados?— inquirió ella. Aquello no le estaba gustando para nada.

El hombre no rehusó los rodeos y dijo:

— En la tercera noche de casados me convertiré en el diablo.

Teresa frunció el entrecejo, dibujó con sus labios una risilla nerviosa y soltó una carcajada más de alivio que de gozo. Augusto sonrió y encogió los hombros.

Lo dicho por Augusto no generó comentarios adicionales, aunque sí consecuencias. Al cabo de hora y media la pareja se dirigió a un motel donde terminaron de fijar los preparativos para la boda.

— Ahora hasta después de casada— dijo para sí Teresa mientras se peinaba contemplándose en un inmenso espejo del motel.

La boda estuvo perfecta, salvo que nadie llevó arroz crudo a la salida de la iglesia para arrojárselo a los novios, como indica esa tonta tradición. Hubo imprevistos menores, es verdad, pero no afectaron para nada el desarrollo de la fiesta, como la impresión que causó un primo de Teresa que apareció con otra mujer que no era su esposa, provocando murmullos que competían con las críticas de los vestidos de las invitadas; también hubo una interrupción de energía por quince minutos, el que sirvió para culpar a los novios de querer adelantar sus escarceos amorosos.

Al día siguiente los recién casados salieron para un hotel de playa en el Pacífico. Al firmar el libro de reservaciones el botones les entregó las llaves de la cabaña 148-B, lugar donde las expectativas de Teresa fueron cumplidas satisfactoriamente.

Por la noche, durante la cena, Augusto tomó las manos de Teresa y pellizcando la sortija matrimonial le recordó que dos noches después se convertiría en el mismísimo diablo. Teresa subió la copa de vino rosatto e hizo un guiño.

Así, entre caminatas bajo las palmeras y botellas de vino, la Luna de Miel siguió cumpliendo sus propios propósitos.

El tercer día de casados Teresa estaba peinándose cuando su marido la abrazó por detrás susurrándole al oído:

— Hoy serás la mujer del diablo.

A Teresa se le erizó la piel y amagando darle un golpe con el peine le dijo que no le siguiera dando esa broma.

Al acostarse, la mujer echó crema sobre sus hombros un tanto resecos por los días de sol, se tumbó en la cama y trató de conciliar el sueño. Augusto dormía plácidamente a su lado, boca abajo abrazando una almohada. Teresa se deslizó por la apacible estancia de los sueños, la que la sustrajo del mundo de los ruidos y las luces.

Un golpe acuoso sacudió a Teresa; como un pesado edredón que cayó de alguna parte, sintió una baba que le tapó la nariz y la boca, impidiéndole no solo respirar sino también expeler un grito o un gemido. Se dio cuenta que estaba boca arriba porque pudo levantar un poco las rodillas, talvez unos milímetros. Sintiéndose ahogada, empezó a contraer el abdomen para procurarse el poco aire que tenía en las entrañas; uno, dos, tres espasmos. Luego un dolor atenazó sus pantorrillas y subió al borde de las caderas. Un acre olor invadió sus pulmones y experimentó cómo se le comprimía el estómago, como un acordeón desgastado o picado.

Entonces pudo liberar un grito que arrancó desde su columna vertebral al tiempo que se incorporaba sentándose en el borde de la cama:

— ¡Augusto!

Buscó el interruptor y se hizo la luz. Sobre el piso había un charco negroverdeviscoso que cubría todas las esquinas, del cual subía un hedor a podredumbre inaguantable.

— ¡Augusto!

Quiso ponerse de pie pero sintió el vientre hinchado. Lo palpó y sintió que algo se movía entre sus vísceras. Entonces las piernas se le aflojaron como dos tiras de hule, los ojos claudicaron y el vértigo cayó como un rayo.

Teresa despertó tres días después sin lograr reconocer a nadie. Tenía hematomas en sus piernas y nauseas que le mortificaron durante ocho días. Cuando al fin recuperó la memoria y preguntó por su marido, su madre le dijo que desde la boda no lo habían visto de nuevo. “Es como si la tierra se lo hubiera tragado”.

Ella lloró de pavor. Lloró hasta que ya no pudo sacar más lágrimas, luego el llanto se extendió hasta que el alma se le escurrió de su cuerpo.  Murió una noche de agosto.

A veces las cosas suceden de la manera que tienen que suceder.

-FIN-

(Mujer peinándose, por Edgar Degás)

 

 

 

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