Pasajero de la ruta 109

Por Edgard E. Murillo

La mujer subió al bus y se sentó en el asiento delante del mío. Aprecié sus rizos castaños, húmedos y sueltos; a mi nariz llegó en remolinos el olor del champú y el perfume dulzón de los afeites; me acerqué y dibujé con la mirada los pliegues de sus orejas, perfectas en proporción y forma, verdaderas joyas griegas que sugerían deleites por encima de la estética o la comparación. Cogió suavemente el cabello con ambas manos, como si estuviese acuerpando una paloma y se hizo una trenza que ornamentó con un prensador en forma de mariposa, dejando a la intemperie el cuello sembrado de finísimos pelillos rubios. ¡Vaya sorpresa la que me llevé! Mientras medía mentalmente el ancho de su cuello, me percaté que las orejas estaban sucias por detrás. Seguramente creyó que nadie se fijaría desde ángulos complicados,  pero allí estaba yo, pasajero de la ruta 109, escrutando la tierra almibarada en las orejas más bonitas que jamás había visto. La mujer se bajó en la parada del cine Salinas, miró hacia el cielo y abrió una sombrilla que hacía juego con la falda color índigo que apenas superaba las rodillas. Era muy guapa en realidad, y para cerciorarme de ello cerré un ojo y después el otro, todo con el propósito de desafiar mi visión estereoscópica, sin embargo su guapura se mantuvo en armonía, a pesar del secreto que guardaban sus orejas. En la medida que el bus se alejaba, la vi caminar sobre la acera con taconeo ufano, casi altanero. Nada es perfecto en este mundo, me dije, en el preciso instante que dio vuelta en una esquina, sacudiendo las caderas.

Composición fotográfica de Otto Magus.

 

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