Saraví

Por Edgard E. Murillo

Sara Villareal era una mujer regordeta que por su altura disimulaba los kilos que le superaban. Apreciada a mediana distancia todo en ella parecía proporcional, pero si uno se acercaba lo suficiente se daba cuenta que las partes individuales de su cuerpo tenían ventaja dimensional respecto al prójimo. Sus manos, con las uñas perennemente pintadas de azul marino, podían comprimir una pelota de tenis sin esfuerzo, poseyendo, por otro lado, la habilidad de ocultar sus bostezos con donaire de princesa árabe. A mí me gustaba estrecharle aquellas manos inmensas, porque hacía de cuenta que un oso desdentado me mordía hasta la muñeca.

Fue Sara Villareal, o Saraví como le decíamos, la que adornó el panorama para que me decantara por la carrera de leyes. Sus consejos estaban a la altura de las clases de derecho romano: “Dedicate a la investigación, en este país nadie investiga”, “Aquí los abogados son los únicos profesionales que no caen mal cuando son borrachos”, “Los jueces comen pruebas y cagan sentencias”. En la facultad, siendo ya una cuasi abogada y bebedora consumada, me alertaba acerca de la malvada voluntad de los profesores. No por cortesía era amiga de casi todo el personal docente, incluyendo el decano que tenía fama de mujeriego.

Cierto jueves Saraví invitó al profesor de sociología a tomar cervezas en el negocio de pupusas que quedaba sobre la cuneta de la Escuela de Danza. El profesor quedó dormido en su silla frente a doce cervezas vacías, en cambio Saraví, aparte de su media docena ingerida, rellenaba su hermosura con cuatro pupusas de chicharrón con queso. Sin que mediase alguna ráfaga de viento o temblor terráqueo, una lámpara fluorescente se desprendió del techo y cayó justamente sobre la mesa donde comía nuestra amiga con el profesor dormido, pero ni él despertó ni ella dejó de comer. Después del susto, con mucho cuidado Saraví apartó con sus manotas los diminutos vidrios y limpió su blusa de una especie de talco que quedó flotando sobre ambos. Por varias semanas el incidente fue la comidilla de la facultad, incrementándose en consecuencia los ingresos de la pupusería.

No recuerdo el año, pero fue en el mes de enero porque hacía un viento terrible, cuando Saraví me dijo que ya no le apetecía consumir cervezas, que la resaca no le agradaba y que a partir de entonces bebería ron blanco, sin coca cola, solamente con agua y limón, cada quince días y después de comer. Sepan ustedes que el cariño por Saraví era tan grande que su círculo de amigos dejó la cerveza por el ron blanco. Ron viernes, ron sábado, ron días feriados. Ante tales muestras de fidelidad, Saraví recitaba a los varones: Amigos contados, putas por todos lados, y las amigas gozaban de lo lindo cuando brindaba: En Nicaragua las mujeres tienen sangre caliente y paren buenos queridos.

Pero como no hay mal que por bien no venga, la etapa alcohólica de Saraví empezó a tener fisuras la mañana que notó que estaba perdiendo peso.

— Esta mierda no me gusta. He sido gorda toda mi vida— me dijo angustiada por teléfono.

— No te preocupés— le dije—. Ya vas a recuperar tus libritas.

Las libritas quedaron en los recuerdos porque se fue volviendo espigada, como si una maldición gitana hubiese recaído sobre ella. Toda su belleza carnuda, lechona y saludable, fue claudicando para dar paso a una mujer del montón, según sus palabras. La cintura se le puso flácida, aparecieron pecas en la alta espalda y los zapatos empezaron a quedarle flojos. Cada vez, al verse al espejo, advertía razones por las cuales ponerse a llorar a moco tendido.

Espantada, Saraví se hizo exámenes de glucosa, triglicéridos y otros recomendados, pero todos concluían que a sus veintisiete años estaba escandalosamente saludable, como una bailarina divorciada.

Sin embargo, Saraví no quería estar flaca, quería recuperarse a sí misma en toda su grandeza y voluptuosidad, quería que le volvieran a llamar gordita linda preciosa.

Asuntos de trabajo hicieron que perdiera de vista a mi amiga por algún tiempo. Luego supe que había viajado a un país sudamericano para tratarse la enfermedad de los flaquetosas, como ella afirmaba para reivindicar la seguridad de una mujer de más de doscientas libras.

El día que volví a ver a Saraví me llené de inmensa felicidad. A pesar de no abrazarla por casi veinte años, estaba casi igual de grande y rellena que cuando la conocí en la facultad. Sus manos, con las uñas pintadas de azul marino, tenían la misma forma y espesor, como guantes de receptor de beisbol, y su nuca, curva y delicada, mostraba inequívocamente que gozaba de buena salud. No encontraba yo las palabras para preguntarle cómo había recuperado su esbelta figura, pero ella debió escrutar mis pensamientos.

— Fue el maldito ron blanco— me dijo—. El ron blanco me puso flaca. Apenas regresé a las cervezas mi peso se ajustó nuevamente a mi personalidad.

Le dije que no sabía que el ron blanco tuviese propiedades adelgazadoras.

— No es que te haga bajar de peso— observó ella inmediatamente —. Lo que sucede es que con las cervezas logro comer lo necesario para mantener mi figura. Y si no me ves tan hermosa como antes, algo que lamento mucho, es porque ya no hacen las pupusas tan sabrosas como las que hacían por la Escuela de Danza.

¡Cómo me encanta ver felices a mis amigos, entendida la felicidad, en primer lugar, como el estado de estar a gusto consigo mismo, así seamos gordos, flacos, negros zambos o pálidos como una mazorca de maíz chinandegana! Por eso me encantó que Saraví haya podido volver a ser gordita, aunque yo no compartiera la hipótesis que el ron blanco quite el hambre o que las cervezas sean amigables con el sobrepeso, independientemente de la calidad de las pupusas de chicharrón con queso. Más bien creo que el bajón de kilos de Saraví se debió a su disparatada vida amorosa que fue refrenando hasta bien entrada la treintena. Ella tenía razón: era más atractiva con carne de sobra y eso le trajo muchos desvelos y desvaríos.

Sara Villareal, la Saraví de mi juventud, enseña derecho, tiene dos hijas preciosas, gorditas como ella, habla inglés, pero sobre todas las cosas es inmensamente feliz, lo que de carambola hace feliz a quienes la queremos.

Cuadro del pintor y escultor colombiano Fernando Botero (n. 1932)

 

 

 

 

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