Antiaforismos (III parte)

Por Edgard E. Murillo

Yo soy yo y mis acreedores.

El olvido nada tiene que ver con el tiempo, solo con lo que no nos conviene.

Ser Dios debe ser terriblemente difícil: desconoce la sorpresa, carece de divinidades, no recibe un beso, y por si fuera poco, no le da tregua el diablo.

Hay dos tipos de hombres felices: los que lo son y yo.

De niño, la primera regla gramatical que aprendí fue que los nombres propios se escriben en mayúsculas; y la segunda que los hijueputas no son hijos de puta alguna, sino simplemente hijueputas, no importa el oficio de su progenitora. Sigue leyendo

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Ciclos

Por Edgard E. Murillo

El tiempo, esa quimera que el ser humano se ha inventado para darle sentido de finitud a las cosas, también nos seduce para crear ciclos, no importa las veces que estos se repitan. Cada inicio de año relanzamos el arsenal de promesas que, de manera consciente o displicente, no pudimos cumplir el año anterior, jurando que el año que empieza verá coronar nuestros esfuerzos. Gracias a ese artificio burlamos el aburrimiento y nos permite corregir el rumbo, según nosotros, pero sobre todo nos hace sentir nuevecitos y dueños de las mejores intenciones con la creencia que podemos subir cualquier montaña no importa el tamaño. Es tan agradable esa sensación que aun sabiendo que no podrá mantenerse por mucho tiempo, nos damos a la tarea de inventariar, presupuestar, renovar y proyectar incluso los detalles más intrascendentes. Es un sentimiento parecido al que experimentábamos de pequeños cuando asistíamos a la escuela la primera semana de clases y escribíamos con primor, con letra grande y clara, más bonita que la que hacía la profesora de gramática; o cuando empezábamos los noviazgos y dábamos la mejor versión de nosotros mismos hasta que desistíamos de la perfección para no caer en la cursilería. Sigue leyendo