Lo que cuenta la Historia

Por Edgard E. Murillo

Lo que cuenta la Historia, así con hache mayúscula, a lo mejor sucedió de otra manera. ¿Que la escriben los vencedores? No siempre. La pluma del historiador, además de ser mecida por el azar o la oportunidad, sigue los caminos del hígado o la fantasía. Pero también, en la otra orilla, estamos nosotros, los consumidores, quienes echamos mano de nuestra incredulidad. Cuando uno ya ha vivido bastantes vicisitudes, como que te vas volviendo mal pensado, entonces surge la duda, y con la duda, las versiones alternativas: Piensa mal y acertarás, decía mi profesor de economía. Entonces, la Historia empieza a conocerse como historia,  con hache minúscula.

Todos más o menos creemos lo que dicen los textos de Historia. Damos por cierto que el emperador Constantino vio una señal en el cielo antes de la batalla contra Majencio, que Napoleón huyó de la isla de Elba por un descuido de los guardias británicos y franceses, que Albino Luciani murió de infarto al miocardio una apacible mañana de septiembre. Pero, ¿Y si no fue así? La inquietud no obedece a una aventura estéril — a fin de cuentas lo que pasó quedó –, sino a un saludable ejercicio de realismo imaginativo. Este recurso es necesario porque ciertos hechos pueden ser pervertidos a falta de testigos fiables; en cambio otros son susceptibles de ser escondidos a conveniencia de quienes ostentan el poder económico, religioso o político. También habrá hechos históricos producto de la sed de mitos de algunos pueblos y otros descaradamente prefabricados para justificar un reinado o una ideología. El punto es que nadie puede verificar si algunos acontecimientos en verdad sucedieron, y en caso que así fuese, si ocurrieron en la forma que los conocemos. Solamente pudieron saberlo los protagonistas directos que sufrieron o gozaron de los eventos. No contamos con una máquina del tiempo para certificar si la virginal Juana de Arco efectivamente escuchaba la voz de Dios. O si Rodrigo de Triana fue quien gritó ¡Tierra, Tierra!

Sencillamente lo creemos y punto.

Para tranquilidad mía y por asuntos de sentido común, yo no acepto varias cosas. Me resisto a creer, por ejemplo, que Hitler, un político con tanto poder, con amigos en el Vaticano, artero y puntilloso, se haya suicidado junto con Eva Braun. No me convence que haya pedido que le prendieran fuego para que los soviéticos no colgaran patas arriba su cadáver como hicieron los italianos con el de Mussolini. Los rojos lo querían vivo. Pienso que Eva sí murió pero que los nazis pusieron a otro chamuscado en lugar del Führer, de manera tal que don Adolfo quizás murió de anciano en un lugar de la Patagonia, rodeado de algunos criados, sus perros y una televisión a colores para reírse del mundo. Lo siento por los cazanazis. Se les escapó el grande.

La inexactitud de la Historia también también proviene de las mentirillas de ciertos personajes, quienes las dicen para emperifollar su biografía. Quizás Constantino no escuchó en realidad la frase In hoc signo vinces. En otros casos, los biógrafos ponen palabras en boca de los biografiados que éstos nunca dijeron, como aquella versión que el general Sandino vio el cadáver de Benjamín Zeledón siendo conducido en carreta tirada por bueyes hacia el poblado de Catarina. Sandino dijo que escuchó el combate donde murió Zeledón, no que lo había visto expuesto sobre una carreta. Abro paréntesis: Cuenta mi mamá que siendo ella estudiante del bachillerato en los años sesenta, su profesor de historia decía a sus alumnos que en Nicaragua solamente había un héroe nacional. Que Rafaela Herrera no podría considerarse heroína de la nación, primero porque no era nicaragüense, y segundo porque lo mínimo que podía hacer, viendo a su padre muerto, era disparar contra los barcos ingleses que penetraban por el Río San Juan. Que tampoco fue heroica la pedrada de Andrés Castro en contra de un filibustero, porque lo que sobraba en la hacienda San Jacinto era precisamente eso, piedras, y que cualquier cristiano hubiera defendido su pellejo arrojando tenamastes mientras los atacantes recargaban sus armas. Que solamente Sandino se llevaba la gloria, pues no era extranjero ni apedreó a nadie en un valle de piedras. Cierro paréntesis.

Por lo dicho, uno no puede fiarse de las biografías, esas pequeñas historias con hache minúscula, y mucho menos de las autobiografías, puesto que en éstas se omiten o se exageran detalles. Salvo las escritas por estrellas de rock y uno que otro intelectual ex comunista, son poquísimas las confesiones donde quien escribe su vida reconozca que de joven fue un tramposo, drogadicto, libertino y cualquier cosa que vaya en contra de la moral y las costumbres aceptadas, de lo que se colige que las autobiografías hay que leerlas entre líneas, porque las verdades, solo las verdades y nada más que las verdades, nunca son publicadas.

Hay que tener en cuenta además que los rumores bien sedimentados pueden servir para hacernos creer que algo sucedió en verdad. Es que si uno se descuida le pueden tomar el pelo. Hace varios años una persona que vino del extranjero me preguntó si era verdad que en Nicaragua en los años ochenta consumíamos aceite para vehículos porque no había aceite vegetal para cocinar. ¿Se imaginan si ese rumor fuese masivo? ¡Seríamos el primer país con dieta humana a base de hidrocarburos!

Chistes aparte, muchas pasadas de la Historia pueden ser exactas, pero nadie nos puede asegurar a pie juntillas de lo contrario. ¿Hubo algún testigo que vio encender la tea con la que Rafaela Herrera encendió la mecha del cañón? Talvez sí, talvez no ¿Dijo Julio César algo cuando cruzó el Rubicón? Posiblemente no dijo nada, o quizás murmuró una maldición contra Pompeyo, o pidió protección a su dios preferido. Pero es que suena más poético Alea jacta est ¿No les parece?

La Historia, con sus justas dosis de leyenda, como gusta decir a Nieves Concostrina, siempre da para más, de ahí que pueden ser más exactas las noveles históricas que la relación cronológica contada en los libros de texto. Y no es que los novelistas sean videntes retroactivos, solo que es más fiable el ajuste ficcional de los hechos a la voluble condición humana, que erguir a las personas en monumentos de virtud o valentía sin límites.

La Historia es bien escurridiza. Por eso hay que leerla situándonos en las circunstancias, en las simpatías del historiador, en cómo alternativamente pudo haber ocurrido una conversación, en la manera en que fue contada para que fuese repetida y a quién pudo haber beneficiado la versión que quedó como “verídica”. Y entonces, a lo mejor, podremos darnos una idea aproximada de lo que realmente sucedió.

(Vemos a César, calculando las consecuencias de cruzar el Rubicón, como queriendo decirse a sí mismo: tranquilo, el Senado te entenderá, ¿Y si no?)

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5 comentarios en “Lo que cuenta la Historia

  1. Es cierto lo que dice usted, la Historia como tal, no siempre es escrita apegado a la verdad historica, pues anteponen su propio punto de vista, distorcionando la verdad, hay algunos que hasta se atreven a decir que la verdad adsoluta no existe, que la verdad es solo un punto de vista desde varios angulo, que mi verdad cohexiste con la tuya y la de los demas, pero eso es falso de toda falsedad, la verdad no es una mera persepcion individual, sino que es una sola y adsoluta, por ejemplo: “Fidel Castro cometio atrocidades, ejecuciones, arbitrariedades, y como se excuso el? diciendo que la historia lo hiva a adsolver de todo eso, osea, que el sabia que la historia contada por sus seguidores, simpatizantes, fanaticos que se auto llamaban historiadores, lo iban a adsolver al serle escrita a su propia conveniencia, desde su propia persepcion retorcida,” Pero la verdad sobre esos hechos estan documentados e incluso existen videos de los afusilamientos y pasada de cuentas a todo el que hubiera sido parte del gobierno de Batista, que si ellos la niegan no la hace desapareser ni borrar, la verdad existe y punto, lo demas es pura persepcion no se le puede llamar verdad, o verdad relativa, es todo, pero menos verdad.

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