Pequeños relatos coyunturales

Por Edgard E. Murillo

ENGAÑOS

Alfonso Ruiz iba conduciendo su Hyundai Accent cuando le salieron al paso cuatro estudiantes encapuchados. Uno de ellos, mortero en mano, le dijo que para dónde se dirigía. A la Upoli, contestó. Alfonso estiró los cachetes dibujando una sonrisa, de esas que dicen tranquilo que no soy peligroso. Los encapuchados le indicaron que continuara su rumbo por una callejuela y que luego girara a la derecha. Pero Alfonso Ruiz desde pequeño había tenido dificultades para diferenciar la derecha de la izquierda, a menos que se viera las manos y se repitiera “Esta es la izquierda y esta la derecha”, algo que por vergüenza no hizo delante de los que le habían señalado la ruta a seguir. Alfonso giró a la izquierda creyendo que era la derecha, donde se encontró con una barricada desde la cual le arrojaron piedras de variado calibre. Con el parabrisas roto y abolladuras en el capó, Alfonso Ruiz, al ser preguntado por el infortunio, contestó entre lágrimas: “De ahora en adelante, a mí la derecha no me engaña”.

 

CARAS VEMOS

Complejo Judicial Central de Managua. Las nueve y veintidós minutos de la mañana. Un abogado camina pegadito, o sea, que no separa sus piernas; tiene un andado vertical, casi marcial, como si tuviera las vértebras clavadas. Avanza con la quijada haciendo un ángulo que le permite ver el techo y el rodapié. El abogado viste impecable. Camisa manga larga color azul, pantalón gris, con el ruedo a ras del tacón de sus abrillantados mocasines, ¡Oh, calcetines café! ¡Algo falla en este hombre, algo oculta! ¿Será un drogadicto? ¿Un pedófilo?

Una mujer ancha de espaldas y caderas. Lo único delgado de ella son los antebrazos y la nariz. Tiene la piel cetrina. Lleva sandalias y arriba del ojo del pie izquierdo expone un tatuaje de mariposa que se escurre por la pantorrilla. Travesea de cuando en cuando su celular. Bosteza. Sospecho que esa mujer mantiene relaciones íntimas con dos hombres. No porque lleve un tatuaje sugerente a la vista de todos, sino por la forma en que pasa el dedo por la pantalla de su móvil. Son posibles señales.

Más allá, una usuaria de la justicia, pasablemente maquillada, de blusa color rojo, zapatos de plataforma del mismo tono sangriento, camina apresurada por el pasillo en dirección a los ascensores frente a la entrada principal del mal llamado Complejo. La sigo con la vista. Se mezcla con los demás usuarios. ¿Qué se hizo? ¡Se ha perdido! Pienso en la impresión que me causó. A pesar de su andar descarado, pueda que se trate de una mentirosa compulsiva. Lo intuyo por una cana doblegada que le asomaba cerca de la oreja, como la que tienen los alcohólicos sin rehabilitarse. Es simplemente una corazonada, pero… ¿Y si es mentirosa en realidad?

Cerca de la puerta de vidrio de la oficina de archivo, se encuentra la ventanilla exclusiva para la policía y el ministerio público. Allí un hombre de civil espera ser atendido. Las botas altas de cuero delatan su condición. El hombre, chaparro y de ojos saltones, como un actor que repite una escena, sonríe a quien lo ve, dándose el tiempo suficiente para coquetear con la muchacha tras el buró. ¿Se habrá enfundado este hombre el uniforme de antimotín? ¿Sabrá quién dio la orden de abrir fuego contra los estudiantes? ¿Sería él mismo?

 

EL PASADO DEL FUTURO

Las buenas calificaciones que obtuvo Silverio en la secundaria se vieron retribuidas cuando la semana pasada su antiguo profesor de física le regaló una máquina del tiempo portátil. Siguiendo las instrucciones del palimpsesto que sirve de Manual, Silverio ajustó la máquina para viajar al primero de mayo de 1979. Llegó a la explanada de Tiscapa donde una multitud pedía a gritos a Somoza que no se fuera. Silverio le comentó al que estaba a su derecha: “Dentro de tres meses Somoza será historia”. El hombre lo quedó viendo feo, en una mezcla de miedo y repulsión. Silverio tuvo que activar la máquina del tiempo anticipadamente para evitar que dos agentes de gafas oscuras lo apresaran en las inmediaciones de El Redentor.

Puesto otra vez en mayo de 2018, Silverio fijó el viaje al 21 de febrero de 1990. Infiltrado en la plaza desde las cinco de la tarde, se perdió en una multitud de casi medio millón de almas que cantaban canciones de Chayanne. Una mujer agitaba una bandera y repetía: “¡La partimos, la partimos!” Silverio se le acercó y le susurró al oído: Vengo del futuro, Daniel va a perder las elecciones. La mujer empujó a Silverio con furia y le dijo que era un diversionista vendido al imperialismo. El viajero del tiempo salió de la plaza justo cuando empezaba a sonar El gallo ennavajado.

Silverio retornó a su año bio-cronológico. Meditó un buen rato y decidió esta vez ir hacia el futuro, poniendo la fecha de llegada a junio de 2028. Acomodó su cuerpo al ámbito de la máquina y pulsó el botón de desatomización. Nada. Intentó de nuevo. Tampoco. Al verse contrariado, Silverio revisó el Manual con mucho detenimiento. En una anotación marginal, escrita de puño y letra de su añorado profesor de física, se leía: “Por algunas razones que no he logrado descubrir, no puede irse al futuro en Nicaragua, solamente al pasado”.

Desde entonces Silverio está dándole vueltas al bendito Manual, para ver si de alguna forma Nicaragua pueda visitarse en el futuro, sin presenciar los ecos fugados de su pasado.

 

(Cristo crucificado en Nicaragua, obra del pintor primitivista José Ignacio Fletes Cruz)

 

 

 

 

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2 comentarios en “Pequeños relatos coyunturales

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